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El camino hacia la sabiduría: necesidad de las virtudes morales

Por medio de la razón, a partir de los seres creados, el hombre puede llegar a conocer con certeza la existencia de Dios «porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de lo creado» (Rm 1,20)[i]. No se trata, por tanto, de una verdad que pertenezca propiamente al ámbito de la fe, sino al de la razón. El que sabe que Dios existe, no necesita creer esa verdad.

La ignorancia de la existencia de Dios no es el término natural del proceso intelectual. Cuando se interrumpe la búsqueda suele ser porque la persona se niega voluntariamente a seguir el dictado de su razón, algo que puede suceder por motivos de índole moral más que de índole intelectual.

En efecto, el camino hacia la sabiduría no es un proceso sólo intelectual sino también volitivo, moral. Quien conoce es la persona, que es razón, voluntad, afectos. No se busca a Dios sólo con la razón (que tiene capacidad para conocer la verdad, pero también cierta dificultad), sino también con el corazón. Y éste puede abrirse al amor del bien o replegarse sobre sí mismo por la soberbia y el egoísmo. De hecho, es la voluntad la que mueve a la inteligencia a buscar la verdad. «El entendimiento, en su función especulativa –afirma Santo Tomás-, no mueve». Es la voluntad la que aplica todas las energías de la persona a un acto, «pues entendemos porque queremos, imaginamos porque queremos, y así en las otras facultades»[ii].

En la adquisición de la sabiduría, la libertad o la esclavitud de la voluntad respecto a las pasiones, tiene un papel de primer orden. Para que la voluntad mande al entendimiento indagar sobre la Verdad última, basta con que esté rectamente inclinada al bien. Por eso afirma San Agustín que el principio de la sabiduría es la bona voluntas, la buena voluntad[iii]. Y está tanto más inclinada al bien cuanto más arraigadas estén en ella las virtudes. En caso contrario, trata de conseguir que el entendimiento cese en su búsqueda de la Verdad.

De todas las virtudes, tal vez sea la humildad la más necesaria para alcanzar la sabiduría, porque implica, por una parte, reconocer la propia ignorancia y, por otra, considerar la verdad como algo que se alcanza y descubre, y no como producto creado por la propia razón autónoma.

En segundo lugar, son necesarias las virtudes que se refieren más directamente a la limpieza del corazón (el desprendimiento de las cosas, la castidad, la sobriedad, etc.), porque capacitan a la persona para elevarse a los intereses del espíritu. Pueden entenderse también en este sentido las palabras del Señor: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,8).

La buena disposición de la voluntad es condición imprescindible para alcanzar la sabiduría, pero no suficiente: es preciso dedicar tiempo al estudio, a la reflexión y al aprendizaje, es decir, desarrollar la virtud de la studiositas, de la que se tratará en el tema dedicado a la templanza[iv].

Por último, además de las condiciones interiores, la persona necesita ciertas condiciones exteriores que le faciliten la búsqueda de la sabiduría. En este sentido, es preciso reconocer que el ambiente intelectual y moral en el que la persona nace y se educa puede ser una gran ayuda para encontrar a Dios o, por el contrario, un gran obstáculo; puede proporcionar un concepto adecuado de Dios o puede imbuir al hombre, desde la infancia, de una imagen deformada de la divinidad.


[i] Cf. CONCILIO VATICANO I, Const. Dei Filius, c. 2. Este tema se trata en Metafísica y en Teología Fundamental.

[ii] S. TOMÁS DE AQUINO, Summa contra gentes, I, c. 72.

[iii] S. AGUSTÍN, De libero arbitrio, I, 12.

[iv] Un estudio más amplio de esta cuestión se encuentra en A. SARMIENTO-T. TRIGO-E. MOLINA,  Moral de la persona, EUNSA, Pamplona 2006, 313-319.

Algunas ideas sobre la Doctrina social de la Iglesia

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  • ¿Qué es?

La doctrina social de la Iglesia nace del encuentro entre el plan que Dios tiene para redimir a todos los hombres y la situación histórica concreta. Nace del Anuncio divino, del Evangelio. No es una ideología ni una tercera vía.

En el centro de la Doctrina Cocial de la Iglesia está el hombre, que tiene que vivir su verdad de Hijo de Dios en este mundo con justicia y libertad, sabedor de que el hombre es la única criatura querida por Dios por sí misma, llamada por Dios a participar de su misma vida divina, tras su cooperación libre con el plan de Dios.

  • ¿De qué consta la doctrina social de la Iglesia?

    • de unos contenidos permanentes (por ejemplo, los del mandato divino: no matarás).
    • de unos contenidos contingentes que dependen de las diversas situaciones sociales que se producen en la sociedad, que van cambiando y mejorando (aunque desgraciadamente subsisten millares de injusticias y hay aspectos de la antigua encíclica Rerum Novarum que siguen siendo válidos en algunos países).
  • El Antiguo Testamento

En él se encuentran muchas normas de contenido social y económico, como proteger a las viudas, cuidar de los huérfanos, etc.

  • Jesucristo.

Jesucristo, al encarnarse y hacerse hombre, se une a cada hombre, redimiéndole; y con la Encarnación el hombre comprende que debe cambiar las estructuras injustas del mundo antiguo:

  • Las castas, las grandes divisiones sociales.
  • La discriminación de la mujer por razón de su sexo (esto supuso una revolución en el mundo pagano.
  • La esclavitud (ya en el siglo II hay un esclavo, Calixto, que llega a Papa)
  • La Iglesia

La Iglesia ha ido humanizando la sociedad a lo largo de la historia, desde el siglo I, un siglo inmisericorde con los niños y los débiles.

La historia de la Iglesia ha sido durante veinte siglos una larga historia de caridad: basta pensar en la multitud de cristianos que han ejercido tareas caritativas y en las instituciones que han nacido en el seno de la Iglesia. Además, l a Iglesia ha ido influyendo en las leyes sociales de todas las épocas, a pesar de los errores humanos. Un ejemplo entre miles son las Leyes de Indias.

La Iglesia se preocupa por transmitir en primer lugar el mensaje de Cristo, porque si Cristo no cambia el corazón del hombre todo el mensaje social se queda en pura teoría.

Para cambiar el mundo, el hombre necesita en primer lugar, esforzarse por cambiarse a sí mismo y mejorar. Sólo cuando se da ese cambio personal, es capaz de emprender proyectos generosos de justicia y solidaridad.

El amor de Cristo debe llevar al cristiano a comprometerse para hacer un mundo más justo y más solidario.

La solidaridad, recuerda el Compendio del Catecismo, 414, “que emana de la fraternidad humana y cristiana, se expresa ante todo en la justa distribución de bienes, en la equitativa renumeración del trabajo y en el esfuerzo en favor de un orden social más justo. La virtud de la solidaridad se realiza también en la comunicación de los bienes espirituales de la fe, aún más importantes que los materiales”.