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24. Ponderación:

Lleva a juzgar sólo cuando se poseen los elementos de juicio necesarios, después de haber oído a las “dos campanas”; y a tener paciencia con las cosas que marchan mal, sin la tentación de querer “ reformarlo todo y enseguida”.

La persona ponderada no da demasiada importancia a lo que no la tiene; asume los riesgos de la vida, afronta las dificultades a su tiempo; evalúa bien sus propios logros personales y no agranda ni sus éxitos ni sus fracasos.

La persona ponderada evita los extremismos; las hipersensibilidades; las reacciones desorbitadas ante los fallos, agravios y ofensas; la agresividad desbocada; las manifestaciones desmedidas de afecto, de enfado, de alegría, de ira, de entusiasmo.

Confundir el trato con Dios con la afectividad.


La madurez cristiana lleva a seguir la voluntad de Dios en los periodos en que los sentimientos (el entusiasmo, la ilusión) parecen desaparecer. No se trata de caer en un voluntarismo frío, sino de amar a Dios siempre, con la cabeza y con el corazón:en los periodos en los que Dios concede afectos y sentimientos, y en los periodos que no los concede.

Reducir el trato con Dios a un conjunto de fenómenos afectivos reduciría la vida cristiana al nivel de las sensaciones, y llevaría a un posible alejamiento de Dios cuando “no se siente nada”.

La alegría cristiana y la esperanza del Cielo

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Casiano: Si tenemos fija la mirada en las cosas de la eternidad, y estamos persuadidos de que todo lo de este mundo pasa y termina, viviremos siempre contentos y permaneceremos inquebrantables en nuestro entusiasmo hasta el fin. Ni nos abatirá el infortunio, ni nos llenará de soberbia la prosperidad, porque consideraremos ambas cosas como caducas y transitorias (Instituciones, 9).

San Agustín: en el Cielo “será la alegría plena y perfecta, entonces el gozo completo, cuando ya no tendremos por alimento la leche de la esperanza, sino el manjar sólido de la posesión. Con todo, también ahora, antes de que esta posesión llegue a nosotros, antes de que nosotros lleguemos a esta posesión, podemos alegrarnos ya con el Señor. Pues no es poca la alegría de la esperanza, que ha de convertirse luego en posesión (Sermón 21).