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No hacer barricadas con la libertad


“El amor de Dios es celoso; no se satisface si se acude a su cita con condiciones: espera con impaciencia que nos demos del todo, que no guardemos en el corazón recovecos oscuros, a los que no logra llegar el gozo y la alegría de la gracia y de los dones sobrenaturales. Quizá pensaréis: responder que sí a ese Amor exclusivo, ¿no es acaso perder la libertad?

Con la ayuda del Señor que preside este rato de oración, con su luz, espero que para vosotros y para mí quede todavía más definido este tema. Cada uno de nosotros ha experimentado alguna vez que servir a Cristo Señor Nuestro comporta dolor y fatiga. Negar esta realidad, supondría no haberse encontrado con Dios.

El alma enamorada conoce que, cuando viene ese dolor, se trata de una impresión pasajera y pronto descubre que el peso es ligero y la carga suave, porque lo lleva El sobre sus hombros, como se abrazó al madero cuando estaba en juego nuestra felicidad eterna (Cfr. Mt XI, 30.). Pero hay hombres que no entienden, que se rebelan contra el Creador –una rebelión impotente, mezquina, triste–, que repiten ciegamente la queja inútil que recoge el Salmo: rompamos sus ataduras y sacudamos lejos de nosotros su dominio (Ps II, 3.). Se resisten a cumplir, con heroico silencio, con naturalidad, sin lucimiento y sin lamentos, la tarea dura de cada día. No comprenden que la Voluntad divina, también cuando se presenta con matices de dolor, de exigencia que hiere, coincide exactamente con la libertad, que sólo reside en Dios y en sus designios.

Son almas que hacen barricadas con la libertad. ¡Mi libertad, mi libertad! La tienen, y no la siguen; la miran, la ponen como un ídolo de barro dentro de su entendimiento mezquino. ¿Es eso libertad? ¿Qué aprovechan de esa riqueza sin un compromiso serio, que oriente toda la existencia? Un comportamiento así se opone a la categoría propia, a la nobleza, de la persona humana. Falta la ruta, el camino claro que informe los pasos sobre la tierra: esas almas –las habéis encontrado, como yo– se dejarán arrastrar luego por la vanidad pueril, por el engreimiento egoísta, por la sensualidad.

Su libertad se demuestra estéril, o produce frutos ridículos, también humanamente. El que no escoge –¡con plena libertad!– una norma recta de conducta, tarde o temprano se verá manejado por otros, vivirá en la indolencia –como un parásito–, sujeto a lo que determinen los demás. Se prestará a ser zarandeado por cualquier viento, y otros resolverán siempre por él. Estos son nubes sin agua, llevadas de aquí para allá por los vientos, árboles otoñales, infructuosos, dos veces muertos, sin raíces (Iudae, 12.), aunque se encubran en un continuo parloteo, en paliativos con lo que intentan difuminar la ausencia de carácter, de valentía y de honradez.

¡Pero nadie me coacciona!, repiten obstinadamente. ¿Nadie? Todos coaccionan esa ilusoria libertad, que no se arriesga a aceptar responsablemente las consecuencias de actuaciones libres, personales. Donde no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio de la propia libertad: allí –no obstante las apariencias– todo es coacción. El indeciso, el irresoluto, es como materia plástica a merced de las circunstancias; cualquiera lo moldea a su antojo y, antes que nada, las pasiones y las peores tendencias de la naturaleza herida por el pecado.

Recordad la parábola de los talentos. Aquel Siervo que recibió uno, podía –como sus compañeros– emplearlo bien, ocuparse de que rindiera, aplicando la cualidades que poseía. ¿Y qué delibera? Le preocupa el miedo a perderlo. Bien. Pero, ¿después? ¡Lo entierra! (Cfr. Mt XXV, 18.). Y aquello no da fruto.

No olvidemos este caso de temor enfermizo a aprovechar honradamente la capacidad de trabajo, la inteligencia, la voluntad, todo el hombre. ¡Lo entierro –parece afirmar ese desgraciado–, pero mi libertad queda a salvo! No. La libertad se ha inclinado hacia algo muy concreto, hacia la sequedad más pobre y árida. ha tomado partido, porque no tenía más remedio que elegir: pero ha elegido mal.

Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad. Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad.

Pero, me preguntaréis, cuando alcanzamos lo que amamos con toda el alma ya no seguiremos buscando: ¿ha desaparecido la libertad? Os aseguro que entonces es más operativa que nunca, porque el amor no se contenta con un cumplimiento rutinario, ni se compagina con el hastío o con la apatía. Amar significa recomenzar cada día a servir, con obras de cariño.

Insisto, querría grabarlo a fuego en cada uno: la libertad y la entrega no se contradicen; se sostienen mutuamente. La libertad sólo puede entregarse por amor; otra clase de desprendimiento no la concibo. No es un juego de palabras, más o menos acertado. En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios. Recuerdo que me llevé una alegría cuando me enteré de que en portugués llaman a los jóvenes os novos. Y eso son. Os cuento esta anécdota porque he cumplido ya bastantes años, pero al rezar al pie del altar al Dios que llena de alegría mi juventud (Ps XLII, 4.), me siento muy joven y sé que nunca llegaré a considerarme viejo; porque, si permanezco fiel a mi Dios, el Amor me vivificará continuamente: se renovará, como la del águila, mi juventud (Cfr. Ps CII, 5.).

Por amor a la libertad, nos atamos. Unicamente la soberbia atribuye a esas ataduras el peso de una cadena. La verdadera humildad, que nos enseña Aquel que es manso y humilde de corazón, nos muestra que su yugo es suave y su carga ligera (Cfr. Mt XI, 29–30.): el yugo es la libertad, el yugo es el amor, el yugo es la unidad, el yugo es la vida, que El nos ganó en la Cruz.

San Josemaría, Amigos de Dios, números28 a 31

¿Jóvenes captados?

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Esas murmuraciones recurren con frecuencia a lugares comunes y uno de ellos es que la Iglesia o sus instituciones “captan jóvenes”. Estas acusaciones se oyeron ya en los albores del Cristianismo contra los primeros cristianos, a los que se acusaba de pertenecer a una secta que atentaba contra los intereses del Estado. Las Actas de los Mártires recogen testimonios emocionantes de la fidelidad de esos jóvenes y de esos niños. Entre los mártires de Lyon sobresalen una joven, Blandina, que soportó horribles tormentos y un chico de quince años, Póntice.

Y como estos hay muchos otros. En la persecución de Septimio Severo murieron tres jóvenes, Saturo, Saturnino y Revocato.

-“No te obstines, joven, sacrifica”, increpaba el Magistrado a Saturo.

-No lo haré.

-Y tú, muchacho -decía dirigiéndose a Saturnino-, sacrifica si quieres vivir.

-No me está permitido: soy cristiano.

-Tú -dijo entonces a Revocato-, veo que me vas a decir lo mismo.

-Lo mismo -respondió- por el amor de Dios”

El gobernador que interrogaba a Andrónico, un joven “de las mejores familias de Éfeso”, que murió mártir durante la persecución de Diocleciano, intentó covencerle de mil maneras, pero todo fue vano. Al fin estalló:

-Tu juventud cree que podrá desafiarme; pero te prevengo que te esperan grandes tormentos.

-Te parezco joven en años -contestó Andrónico- pero mi alma está madura y dispuesta a todo.”

Acusaciones similares se han seguido escuchando a lo largo de la historia: “En los siglos pasados -declaraba el Cardenal Hoeffner- se atacó duramente a los jesuitas, prácticamente con las mismas armas que se emplean ahora contra el Opus Dei. Como ejemplo, puedo citar algunas acusaciones publicadas por H. Meurer en 1881 que dicen “que los niños y jóvenes son ‘amaestrados’ en las instituciones educativas de los jesuitas; que los Estatutos ‘mantenidos secretos inicialmente’ de la Compañía de Jesús exigen una obediencia ciega… Y se pregunta: ‘¿Cómo es posible que la Compañía de Jesús encuentre el número suficiente de novicios, que estén dispuestos a someterse a denigraciones de ese tipo…?'”

Sin embargo, a pesar de su virulencia, todos estos juegos de artificio de la denigración suelen tener escaso eco entre la juventud. Los jóvenes entienden que si no experimentan algún ataque, si no vencen alguna dificultad en su entrega, si no sufren la calumnia, aquello no puede ser de Dios, que había dicho: “Como a mí me han perseguido, así también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20).

La respuesta, cuando se les propone un ideal alto, aunque sea duro y exigente, es generosa. La beata Teresa de Calcuta hablaba así de la vocación a sus jóvenes monjas, a las que pedía un régimen de vida muy sacrificado y generoso: “Jesús dijo: te he elegido, te he llamado por tu nombre. Eres mía. Es preciso decir sí cada día. Entregarse totalmente. Estar donde El quiera que estés.

”Si te arrojan a la calle, si te quitan todo y de repente te encuentras en la calle, has de aceptar tu situación en ese momento. No debes ir voluntariamente a la calle, sino aceptar que te pongan allí: es muy distinto. Si Dios quiere que estés en un palacio, bien: has de aceptar el hecho de estar en un palacio, mientras no elijas estar en el palacio: ésa es la diferencia. Esa es la gran diferencia: la sumisión total: aceptar lo que El quiera dar y lo que El quiera llevarse con una gran sonrisa.

”Esa es la entrega a Dios: aceptar que te corten en trocitos y que cada trocito le siga perteneciendo únicamente a El. Esa es la entrega: aceptar a la gente que venga a ti y el trabajo que te surja hacer. Puede que hoy comas bien y mañana no tengas qué comer. No hay agua en la bomba y lo aceptamos. Hay que dar todo lo que El nos pida.

”Si se lleva tu buen nombre, tu salud, lo que quiera, : ésa es la entrega. Y entonces serás libre”.

Tres años en el Opus Dei

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Juan Carlos Menéndez Cubillo
Dependiente de una tienda de tejidos en Oviedo

(León, 24.XI. 1945- Oviedo, 11.XI.1964)

Una noche de insomnio

“Son las doce y media y no puedo dormir. Me levanto para escribir un poco…”

Intento imaginar, antes de continuar leyendo, qué sucedió aquella noche del 10 de noviembre. Juan Carlos lleva rato largo en la cama sin poder dormir. Reza. Piensa en sus diecinueve años de vida: su infancia en León; su trabajo actual en Oviedo como dependiente en una tienda de tejidos, donde pasa horas y horas atendiendo a los clientes tras el mostrador…

Piensa en los amigos del club de Avilés; en los partidos de fútbol;en su primera carta al Fundador solicitando la admisión en el Opus Dei…

“Padre: me he dado cuenta de que en mi vida había una fuerza que me llamaba hacia Dios, y aquí me tiene, dispuesto a luchar como el que más… le ruego que pida mucho por mí”.

Desde entonces han pasado ya tres años. Durante ese tiempo muchos amigos suyos se han acercado a Dios. Entre ellos, uno, Luís Ángel tiene especiales deseos de entrega a Dios en el Opus Dei, pero no acaba de decidirse. La próxima vez que se vean le gustaría decirle… Pasan los minutos. Intenta dormir de nuevo. Mira el reloj: las doce y cuarto.

Piensa en la conversación pendiente con Luís Ángel. Los dos tienen un carácter parecido, directo, claro. A los dos les gusta hablar a corazón abierto.

El sueño no acude. Las doce y media. Se levanta. Toma una cuartilla y un lápiz. Quizá escribiendo, podrá ordenar las ideas de esa conversación… Comienza:


“Son las doce y media y no puedo dormir. Me levanto para escribir un poco… ¿No te das cuenta de las maravillas que tenemos delante?

¿O es que estás tan sordo que no oyes la voz del Señor, tu Padre? Porque es tuyo, y mío y muy Padre…

¿O es que acaso no sientes en tus oídos esa llamada fuerte del Señor que te pide que seas generoso, que te des sin miedo, con generosidad, como Él lo dio todo, sin mirar atrás…?

Con el ejemplo y con el corazón en la mano, no con trozos… El Señor no quiere medias tintas: o todo, con caídas y victorias; o nada, porque Él es así.

Y tus ojos… ¿es que están tan espesos… que no ves las maravillas que el Señor nos está dando?

…Vale la pena abrir los ojos, porque al final de ese camino vas a encontrar la Vida llena de felicidad, llena de gloria y de dicha. ¿Te das cuenta como tienes que abrir los ojos y hacer que los demás los abran? Aunque sea a golpes, no te importe, pero lucha, lucha, que al final la victoria será tuya…

…Y tú, y yo, que nos creemos tan listos, ¿dónde tenemos la inteligencia, que pensamos nada más en lo humano todos los días y no vemos lo sobrenatural, la cantidad de milagros que se hacen todos los días?

Sí, ¡milagros!, porque milagros son el que un alma generosa, que un alma limpia -¡o sucia! no te importe- se entregue al Señor en cuerpo y alma, con todo lo que tiene o con nada, pero, eso sí, con un corazón muy grande, lleno de amor, lleno de cariño y lleno de juventud. ¿No es maravilloso? ¿No es para volverse loco? ¡Sí, loco! Bendita locura, ¿te das cuenta?

Y sin embargo, dejamos correr nuestra imaginación: si yo tuviera esto, si yo fuera lo otro… Porquería, todo basura que no sirve nada más que para manchar el corazón. Cosas mundanas, egoísmos, ambiciones… ¡Tíralo todo por la borda sin quedarte con nada!

Quédate muy pegado a la cepa, a esa cepa que es la cruz, es la cruz de cada día, la que pesa, la que cuesta llevar, la que te resulta molesta. Y llévala con generosidad, con la cabeza muy alta, con orgullo, como loco, porque es de locos, muy locos, el ser hijos de Dios.

Pero… ¡que buena es esa locura cuando es de amor, cuando es de gozo, porque se inunda el corazón, porque ya no puede más, porque notas que el pecho se hincha, que te va a estallar, y notas pena, y ganas de llorar, y ganas de reír, y de cantar, y de dar voces y gritos, y salir a las calles y decírselo a las gentes muy fuerte, con el alma en la mano!

Cuando sientas estas cosas dentro de ti es señal cierta de que has encontrado el camino: ese camino de santidad, ese camino de amor, y entonces, te vuelvo a decir: serás feliz.

Por eso te digo… que tenemos que quitar esas capas de nuestros ojos para poder ver, oír y pensar en la luz. Porque es luz en el camino, porque es cierto, el seguro; y en la vida, porque es la vida, tu vida; y tuya, porque sólo tienes esa, no la puedes cambiar como el que se cambia de camisa los domingos: es una para siempre.

Por eso te digo que la cuides y no la manches, que no la rompas, porque si la conservas, al final te pagarán bien: te la pagarán con santidad. Y no te marees pensando: es que yo tengo problemas, es que yo… es que yo… ¡siempre ese yo!

Tus preocupaciones se deben a que te preocupas mucho de ti mismo y te olvidas de los demás. Date a los demás. El darse a los demás es de tal eficacia que el Señor lo premia con una fe llena de humildad y de alegría…

“¿Acaso lo pensó Él cuando nos lo dio todo? Porque lo dio todo: no se quedó con nada, no pensó si tú o yo éramos merecedores de ello. Sólo pensó que éramos sus hijos, que nos quiere –pero ¡cómo nos quiere!- con calor, con fuego que quema en el pecho, con ese fuego que es el que se siente cuando lo tienes dentro, cuando lo llevas en el pecho. Piensa un poco a ver si no vale la pena el dar el Sí.

Pero un sí fuerte, un ¡quiero, Señor!

¡Quiero, porque no tengo miedo y porque no me importa morir, ya que para mí no será muerte, será cambio de casa; que aunque no soy nada, aunque soy como un cadáver, te quiero Señor, y no me importa seguir adelante, sin mirar atrás, con la vista en Ti, que lo eres todo!

Díselo tú también; díselo fuerte, que te oiga, que te ayude; y luego, perseverancia: que perseverar es de santos”.

En la tarde del día siguiente, 11 de noviembre de 1964, Juan Carlos falleció de improviso a causa de una trombosis que le sobrevino cuando estaba trabajando en la tienda. “Sacadme por la puerta de atrás”, dijo a los que acudieron a socorrerle. Era un buen cristiano y un buen profesional: quería evitarle ese mal trago a los clientes. Poco después entregó su alma a Dios.

Luís Ángel

Tiempo más tarde, su amigo, Luís Ángel García Rodríguez tuvo conocimiento de esta carta. Pidió que se la enseñasen, y tras rezarlo y meditarlo mucho, decidió entregarse a Dios en el Opus Dei. La gracia de Dios se sirvió de aquellas líneas para remover su corazón.

Fue poco el tiempo en que Luís vivió esa llamada a la plenitud de la vida cristiana en medio del trabajo: sólo nueve meses. Dios se lo llevó –de forma repentina, igual que a su amigo Juan Carlos-, el 13 de agosto de 1965.

Durante esos nueve meses, meditó con frecuencia las palabras de su amigo: “Pero un sí fuerte, un ¡quiero, Señor! ¡Quiero, porque no tengo miedo y porque no me importa morir, ya que para mí no será muerte, será cambio de casa; que aunque no soy nada, aunque soy como un cadáver, te quiero Señor, y no me importa seguir adelante, sin mirar atrás, con la vista en Ti, que lo eres todo!