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Unidad de vocación y diversidad de condiciones

En la Obra no hay grados o categorías de miembros. Lo que hay es una multiplicidad de situaciones personales -la situación que cada uno tiene en el mundo- a la que se acomoda la misma y única vocación específica y divina: la llamada a entregarse, a empeñarse personalmente, libre y responsablemente, en el cumplimiento de la voluntad de Dios manifestada para cada uno de nosotros.

En el Opus Dei hay una gran variedad de fieles cristianos: laicos y sacerdotes, hombres y mujeres, célibes y casados, de cualquier profesión y situación social. Esta multiforme diversidad, reflejo de la que existe en el entero Pueblo de Dios, lleva consigo una diversidad de modos de ser miembro del Opus Dei; modos, sin embargo, que no son grados de mayor o menor pertenencia a la Obra, ni comportan diversidad de vocación peculiar.

Netamente lo afirmó siempre el Fundador: «En la Obra no hay grados o categorías de miembros. Lo que hay es una multiplicidad de situaciones personales –la situación que cada uno tiene en el mundo– a la que se acomoda la misma y única vocación específica y divina: la llamada a entregarse, a empeñarse personalmente, libremente y responsablemente, en el cumplimiento de la voluntad de Dios manifestada para cada uno de nosotros» (San Josemaría, Conversaciones, n. 62).

Naturalmente, la unidad de vocación peculiar no excluye que cada miembro del Opus Dei, como toda persona humana, tenga una vocación personal propia e irrepetible, en cuanto es único e irrepetible el designio divino para cada hombre y cada mujer; designio que abarca la totalidad de la existencia personal. Análogamente a como no hay en la Iglesia dos vocaciones personales idénticas, siendo todas sin embargo determinaciones de la única y misma vocación cristiana, las diversas vocaciones personales de los miembros del Opus Dei son, a su vez, determinaciones de una misma peculiar determinación de la vocación cristiana, que es la vocación al Opus Dei.

8. Conclusión

Para terminar, quiero destacar una vez más: el celibato es un camino que lleva a la vida plena que Cristo nos ha prometido.

El celibato exige – tal como el matrimonio – mucha vitalidad, pues requiere que la motivación original, con que se inició la entrega personal, siga viva durante toda la vida.

Ello solamente es posible con una auténtica vida de oración.

Sólo en el diálogo con Dios mismo, se puede comprender el verdadero sentido del celibato. Únicamente el trato con Jesucristo puede llenar el vacío del corazón.

Sólo cuando se experimenta la cruz, el Señor puede curar nuestra naturaleza herida.

En la medida en que el hombre se entregue más a Dios, más se entregará a las demás personas, será más capaz de amar. El celibato “por el reino de los Cielos” – precisamente porque se funda en la negación de sí mismo, porque es una entrega generosa – forja una personalidad con una capacidad muy grande de dar, de brindar amistad. El grado de su entrega y de su cari–o dependen de cuán vivo sea el amor de Dios. La cercanía a Cristo, la confianza absoluta con El, hacen de la persona un “master” en amor, también en amor matrimonial, pues la persona realiza, en su vida, aquello de lo que el matrimonio es sólo un símbolo: el amor esponsal con Cristo.

Sólo una palabra antes de acabar. La más perfecta unión con Cristo no está unida, por naturaleza, a ninguna forma de vida. Es un rasgo característico, propio de los santos y, como tal, asequible tanto a los casados, como a los solteros. En definitiva, lo único que importa es que cada uno descubra cuál es su camino y lo siga fielmente, teniendo la seguridad que Dios lo ha llamado personalmente por ese camino, desde toda la eternidad.

Jutta Burggraf