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La entrega de un hijo a Dios es un regalo para los padres

Los padres suelen ser protagonistas decisivos de la respuesta a la llamada de sus hijos.

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1887. Una chica joven, algo nerviosa, pero decidida, en el solemne despacho del Obispo de la diócesis. Lleva un vestido claro y un sombrero blanco. Para aparentar más edad, se ha peinado con un moño alto, que contrasta, en su severidad, con su rostro joven de quince años. Le acompaña su padre, un hombre de porte grave, vestido según los cánones de la pequeña burguesía francesa de fin de siglo. Entra el Obispo. Lo saludan reverentemente, y tras las obligadas presentaciones y cumplidos, el padre expone su petición: quiere una dispensa para que su hija pueda entrar en el Carmelo antes de la edad.

“¿Lo deseas desde hace mucho tiempo?” -pregunta el Obispo. La chica, semihundida en un inmenso sillón del despacho, contesta vivamente: “¡Sí, Monseñor, hace mucho tiempo! “Pero vamos a ver -dice sonriendo-, no irás a decir que hace quince años que tienes ese deseo…” “Desde luego -contesta- pero no hay que quitar muchos años, porque deseé hacerme religiosa desde el primer despertar de la razón…”.

Sigue el forcejeo, angustioso para la joven, que juega nerviosamente con su sombrero blanco entre las manos. Años más tarde escribirá en su autobiografía que el Obispo, “creyendo agradar a papá, trató de hacerme permanecer todavía unos años cerca de él. Por eso, no quedó poco sorprendido y edificado al verle abogar por mí, intercediendo para que yo obtuviera el permiso de volar a los quince años”. A la salida comentó el secretario asombrado: “¡Un padre tan impaciente por entregar a su hija a Dios como ésta por ofrecerse ella misma!”

Todavía hoy se produce en numerosos ambientes el asombro del secretario del Obispo ante la actitud de hombres como Luís Martin, padre de Teresa de Lisieux. Sin embargo, ésa la actitud habitual entre los padres cristianos. Y resulta comprensible. Cada llamada es un don, un regalo de Dios, una razón de agradecimiento y un orgullo para los padres que han contribuido con su desvelo de años a que esa llamada germine y crezca.

“No es un sacrificio, para los padres -se lee en el punto 18 de Forja, que Dios les pida sus hijos; ni, para los que llama el Señor, es un sacrificio seguirle. Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad”

En su viaje a Irlanda Juan Pablo II recordaba a los padres que debían seguir pidiendo al Señor este privilegio: “Vuestro primer deber y vuestro mayor privilegio como padres -decía el Papa- es el de transmitir a vuestros hijos la fe que vosotros recibisteis de vuestros padres. El hogar debería ser la primera escuela de religión, así como la primera escuela de oración. La gran influencia espiritual de Irlanda en la historia del mundo se debió en gran parte a la religión de los hogares de Irlanda, porque aquí es donde comienza la evangelización, aquí es donde se nutren las vocaciones. Dirijo por tanto un llamamiento a los padres irlandeses para que continúen fomentando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en sus hogares, entre sus hijos e hijas. A lo largo de muchas generaciones, el mayor deseo de un padre irlandés era el de tener un hijo sacerdote o una hija consagrada a Dios. Que continúe siendo éste vuestro deseo y vuestra plegaria”,

Cuando los padres entienden que cada llamada es un privilegio, una prueba de confianza y de amor del Señor con esa persona y con su familia, aceptan con alegría, aunque les cueste tanto humanamente, esa nueva misión: la de ayudar a su hijos, mientras están en la tierra, a corresponder a su vocación y a perseverar en ella. Porque en un sentido amplio, la llamada de sus hijos también les compromete a ellos: Dios les llama a ser padres de un alma entregada a Dios.

Por esa razón, en gran medida, los hijos deben la vocación a sus padres: “El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara –escribe Teresa de Ávila- si yo no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favoreció para ser buena”

Hijos para el cielo

A lo largo de la historia de la Iglesia se han sucedido ejemplos de padres cristianos que han ayudado a recorrer con su abnegación personal, los primeros pasos de la entrega de sus hijos. Son hombres y mujeres que han entendido con profundidad la grandeza de su misión: tener hijos para el cielo. Su paternidad se ha abierto hacia horizontes insospechados y han buscado “lo mejor para Dios”, lo mejor para sus hijos, aunque fuese lo más duro para ellosy tuviera que estar amasado con su sacrificio personal. La actitud de la madre de los apóstoles Santiago y Juan constituye su mejor ejemplo: “dispón -pide al Señor- que estos dos hijos míos tengan asiento en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Jesucristo no rechaza esa audacia de madre, nacida del amor: sólo le aclara que eso lo concede su Padre celestial.

No hay que remontarse a la madre de los Macabeos, ni a los primeros siglos del cristianismo, cuando la entereza con que los padres cristianos afrontaban el martirio era el mayor acicate para sus hijos: los testimonios de padres que han preparado con generosidad la entrega de sus hijos recorren todo el arco de la historia, en la que se suceden testimonios emocionantes de desprendimiento y generosidad. Te aseguro -escribía Tomás Moro a su hija Margarita- que antes que por descuido mío se echen a perder mis hijos, capaz soy de gastar toda mi fortuna y despedirme de negocios y ocupaciones para dedicarme por entero a vosotros…”

Esta realidad se observa de modo especialmente patente en la vida de los santos. La historia presenta una galería magnífica -y desconocida- de padres de santos, que con su ejemplo y su entrega silenciosa en favor de sus hijos hicieron, sin saberlo, un servicio inconmensurable a la Iglesia universal.

Sus figuras permanecen humildemente y eficazmente detrás en las biografías de sus hijos. Pero ninguno de ellos protestaría por esto: su vida fue, en gran medida, la vida de sus hijos; su vivir fue des-vivirse por ellos: vivir para Dios y para ellos; la gloria de sus hijos es su mejor gloria. En la actualidad, la luminaria de santidad de la vida de los santos nos deslumbra y casi nos impide ver a sus padres: pero fueron ellos en multitud de ocasiones los que cuidaron que esa luz, encendida en el alma de sus hijos por el Espíritu Santo, no se apagara.

Resulta difícil elegir un ejemplo sobresaliente entre todos ellos. Hay emperatrices, reinas y madres de reyes, como Blanca de Castilla, madre de san Luís, Rey de Francia, o su hermana Berenguela, madre de Fernando III el Santo. Y también humildes padres de familia que no llegaron a conocer en la tierra la gloria de sus hijos, como aquel pobre alguacil de Riese, un pueblecito del Norte de Italia, Juan Bautista Sarto.

Juan Bautista vivía de lo que podía: de su trabajo en el Ayuntamiento -75 céntimos al día-, de los frutos de un pequeño huerto, y de lo que le proporcionaba el cuidado de una vaca. Era un hombre humilde y su casa se le iba llenando de hijos: Giuseppe, Angelo, Rosa, Teresa, María, Antonia, Lucia, Ana, Pedro Cayetano… Su mujer, Margarita Sanson, trabajaba día y noche de costurera. El mayor, Beppino, parecía un chico despierto. Era una pena que esa inteligencia se perdiera, pero él no tenía dinero para darle estudios. Hasta que un día vino el coadjutor a verle: había que enviar a aquel chico, que prometía tanto, a estudiar a Castelfranco, a siete kilómetros de Riese. Beppi quería ser sacerdote.

Juan Baustista se angustió: ¿qué podía hacer él, sin más recursos que su huerto y su vaca, con siete hijos a la mesa? El esperaba, además, que Beppi empezara a ayudarle a sostener a la familia y…; pero estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para que su hijo pudiera ser sacerdote, y, aunque fuera muy doloroso para él y para su hijo, no se le ocurrió otra solución que ésta: redoblaría su trabajo; y Beppino iría y volvería todos los días de Riese a Castelfranco… caminando.

Beppi salía de madrugada y volvía de noche. Castelfranco estaba a siete kilómetros. Venía con los pies ensangrentados: se quitaba las sandalias para no gastarlas. A su madre se le partía el corazón al verle así. Pero no había más remedio. Pasó el tiempo; Beppi terminó sus estudios en Castelfranco, y tenía que seguir estudiando. Acudió al párroco:

él quería sacar adelante la vocación de su hijo, pero ¿qué podía hacer? Don Fito tuvo una idea: escribirían al Patriarca de Venecia, que era de Riese y procedía también de una familia pobre, como él. ¡Mamma mía! ¡El Patriarca de Venecia! Aquellas palabras sonaban imponentes, casi inaccesibles en los oídos del pobre alguacil. ¡El Patriarca de Venecia! Pero la escribió: ¿qué cosa hay que un padre no haga por un hijo que quiere ser sacerdote?

Pasaron las semanas. Cuando llegó la carta no se atrevió a abrirla. Le temblaba el pulso; fue corriendo a buscar al cura. Don Fito leyó: ¡el Cardenal de Venecia había concedido una beca para que su hijo estudiara en Padua! Aquello era un portillo de luz en medio de su pobreza, que seguía siendo agobiante: para hacerle la sotana, Margarita tuvo que llevar un viejo colchón al Monte de Piedad de Castelfranco.

Juan Bautista murió poco tiempo después. El joven Beppi vio, con el corazón destrozado, cómo su madre tuvo que trabajar aún más, de día y noche, para sacar adelante a la numerosa familia sin contar con su ayuda. Pero ella lo hizo gustosa por sacar adelante la vocación de su hijo. Un hijo que un día llegaría a ser cardenal de Venecia; Papa, con el nombre de Pío X; y santo.

La historia de los padres de san Pío X no es un caso aislado. Como ésta, podrían relatarse miles de historias en la que los padres cristianos han escrito, con sencillez, páginas admirables de callado heroísmo y de abnegación. Una abnegación que ha dado frutos de santidad en toda la Iglesia: en el amplio cuadro de renovación y de impulso espiritual que supuso el Pontificado de Pío X se recorta en la lejanía, con toda la grandeza de su humildad, la sencilla figura del alguacil de Riese.

He perdido un hijo

“He perdido un hijo”, suelen decir algunos padres. La expresión no es de hoy. San Bernardo consolaba en una de sus cartas a los padres de un joven del siglo XII, Godofredo, que había decidido entregarse a Dios en Claraval, diciéndoles:

“Si a vuestro hijo Dios se lo hace suyo, ¿qué perdéis vosotros en ello y qué pierde él mismo?… Si le amáis, habéis de alegraros de que vaya al Padre, y a tal Padre. Cierto, se va a Dios; mas no por eso creáis perderlo; antes bien, por él adquirís muchos otros hijos. Cuantos somos aquí en Claraval, y cuantos somos de Claraval, al recibirle a él como hermano, os tomamos a vosotros como padres.

Pero quizá teméis que le perjudique el rigor de nuestra vida… Confiad, consolaos: yo le serviré de padre y le tendré por hijo, hasta que de mis manos lo reciba el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación. No lloréis, no os lamentéis, que vuestro Godofredo al gozo corre, no al llanto”.

“Es que no nos quieres”, suelen argumentar algunos padres, ante el dolor de la separación. Saben que no es verdad: nadie que se entrega a Dios por amor, puede dejar de amar a los más próximos en el corazón. La llamada divina fortalece los lazos del cariño, aunque en ocasiones se agranden las distancias. Santa Teresa ofrece el testimonio de su propia vida: “Cuando salí de casa de mi padre -cuenta-, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra” (Libro de la Vida, cap. 4, 1).

Sucede al contrario: en la hija, en el hijo que se entrega a Dios, ese amor filial se hace más hondo y recio, más limpio y profundo, más verdadero. Basta pensar en las razones que pueden mover a un hijo para abandonar lo que más quiere en el mundo. Sólo hay una: un amor más fuerte que ese amor: el Amor de Cristo. Pero Cristo no separa las almas, no establece oposiciones, no enfrenta el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas) contra el cuarto mandamiento (amar a los padres).

Dios establece sólo una jerarquía: el amor a Dios debe ser lo primero en el corazón; y alienta, cuando surge un conflicto entre estos dos amores (dos amores, no hay que olvidarlo, para un mismo corazón), a poner en primer lugar el amor de Dios. “Los padres han de ser honrados -escribe San Agustín-, pero Dios debe ser obedecido” (Sermo 100, 2).

“Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10, 37). Estas palabras de Jesucristo pueden aplicarse conjuntamente a los padres y a los hijos: la vocación supone un acto de entrega y de confianza en Dios por parte de unos y otros. Por eso, como ya se ha dicho, cada crisis vocacional supone un “test” espiritual para toda la familia: padres, familiares, hermanos…

Y no es verdadera piedad filial la que lleva a desoír la vocación, la llamada de Dios. “Dad a cada uno lo suyo -recuerda San Agustín- conforme a una escala de obligaciones; no subordinéis lo anterior a lo posterior. Amad a los padres, mas poned a Dios por delante de los padres” (Sermo, 100, 2).

No es fácil ese trance. Tampoco lo fue para María y José: ellos no entendieron que Jesús hubiese permanecido en el Templo mientras lo buscaban angustiados por Jerusalén. Guillén de Castro pone en labios de María un planto sobrecogedor:

“Hijas de Jerusalén:

¿habeis visto, habéis sabido

de un Niño que yo he perdido

que es mi Hijo, que es mi bien?”

Recordemos la escena. Cuando María y José llegaron al templo, tras días de angustia y desconsuelo “su Madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, llenos de aflicción, te hemos andado buscando”.

Jesús les dio una respuesta que parece dura y desconcertante: “El les respondió: ¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?” (Luc II, 48-49).

A primera vista parece incomprensible que un Hijo como Aquel hubiera consentido ese dolor en una Madre como Aquella. Jesús quiso dejar grabada esta enseñanza con su propia vida para dar fortaleza a los que deberían seguirle en el futuro y mostrar un ejemplo a los padres, inspirado en María y José. Porque María y José no protestaron. Buscaron humildemente en todo, aun en lo más incomprensible y doloroso, la Voluntad de Dios: “María guardaba todas estas cosas en su corazón”.

De todos modos, al margen de estas consideraciones espirituales, conviene no dramatizar: la separación de padres e hijos es ley de vida: “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne” (Marc. X. 7-8). Y los que se casan no suelen seguir tampoco el parecer de sus padres a pies juntillas. Escribe Addison que “la mujer pide raras veces consejo antes de comprarse el traje de boda”.

Algunas oposiciones violentas a la vocación de los hijos, con llantos y amenazas, revelan a veces, junto con la falta de aceptación de la Voluntad de Dios, cierto afán posesivo que se cree con derecho a dirigir la vida de sus hijos a su capricho, como si fueran eternos adolescentes. Contra ese atropello clamaba doña Juana, un personaje de una comedia de Moreto:

“Obedecer es muy justo

a mi padre, pero no

cuando la elección erró;

que un casamiento forzado

lleva el honor arriesgado

y soy muy honrada yo”.

Ese afán posesivo lleva con frecuencia, en el caso de que el hijo decida entregarse a Dios, a murmuraciones y acusaciones contra instituciones de la Iglesia; y en el caso de que el hijo tome matrimonio se concreta en entrometimientos en su vida familiar,murmuración de nueras, etc. Muchas veces este afán se reviste de preocupación por el futuro. Pero, ¡cuántas madres aceptan sin más problema que su hija joven se case y se vaya a otra ciudad -en el matrimonio, que tantas veces recoge frutos amargos de infidelidad- con una persona casi desconocida… y ponen el grito en el cielo si decide entregarse a Dios, que nunca traiciona!