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Aspirante al Opus Dei


es un joven menor de edad que ha decidido, en la intimidad de su alma y de su corazón, entregarse espiritualmente a Dios, y que se encuentra en una etapa de discernimiento.

— El aspirante no tiene obligaciones ni vínculo jurídico de ningún tipo con el Opus Dei.

—Se encuentra en un periodo de santidad, de búsqueda del querer de Dios en su vida, donde quizá se presente la incertidumbre interior, por la que han pasado algunos santos.

Ya está entregado a Dios, pero debe confirmar, con sus hechos, durante estos años, que Dios le pide que realice esa entrega durante su vida en esta partecica de la Iglesia que es el Opus Dei.

—Si al finalizar este periodo de discernimiento, tanto el aspirante como los directores del Opus Dei ven que ésa es la Voluntad de Dios para su alma, puede pedir la admisión en el Opus Dei y luego, comprometerse jurídicamente cuando cumpla la mayoría de edad.

—Los directores tienen la obligación de valorar si el aspirante posee las cualidades indispensables para cumplir las obligaciones que comporta la vocación al Opus Dei, y si se está esforzando por buscar la santidad personal, según el espíritu y la ascética propios de la Obra.

— Tras la petición de admisión (“pitar”) se abre un largo periodo en el que deberá reafirmar su entrega y renovar su compromiso jurídico, año tras año, cada 19 de Marzo, hasta que se le conceda la admisión jurídica definitiva, al cabo de siete años, en una etapa en la que la muchos jóvenes responsables están acabando su carrera y planeando su matrimonio.

5º) Toda vocación involucra la entera existencia personal.-

La vocación divina involucra la entera existencia de una persona, la totalidad de su vida: Yo te he redimido y llamado por tu nombre: tú eres mío (Is 43,1). Por consiguiente, la respuesta a la vocación exige perseverancia, fidelidad, comprometerse con Dios de manera definitiva y total: «la entrega a Dios no es un estado de ánimo, una situación de paso, sino que es –en la intimidad de la conciencia de cada uno– un estado definitivo para buscar la perfección en medio del mundo» (San Josemaría, Instrucción, 1-IV-1934, n. 20, cit en AA.VV. El Opus dei en la Iglesia, p. 166).

Como determinaciones de la vocación común o general cristiana (nunca se da, por supuesto, en su pura y simple generalidad, sino siempre personalizada), la teología espiritual reconoce la existencia de «vocaciones peculiares» que implican no tanto una acción de la Providencia ordinaria de Dios, sino una iniciativa divina previa a toda reflexión y decisión de la persona llamada. Es, por tanto, obvio que Dios puede llamar así a alguien para hacer algo –una misión particular, incluso limitada en el tiempo–, de modo que esa vocación no afecte a la totalidad de su vida o la afecte sólo durante un periodo circunscrito de tiempo. Y también es evidente que Dios puede llamar con una vocación peculiar a asumir un modo de ser que afecte a la totalidad de la existencia; es por ejemplo, el caso de la vocación sacerdotal. La vocación divina es «permanente» en cuanto que es una iniciativa divina y por afectar en plenitud a la totalidad de la vida.

Las «vocaciones peculiares» suelen comportar –aunque, en principio, no necesariamente– una dimensional institucional; es decir, suelen ser llamadas de Dios a emprender un camino o cauce peculiar dentro de la Iglesia al servicio de esa espiritualidad y de esa misión específicas, y que corresponde a la Autoridad de la Iglesia misma reconocer su autenticidad cristiana y eclesial, pues es la Iglesia el lugar donde toda auténtica vocación cristiana acontece.

La entrega a Dios es buena, verdadera, hermosa: la carrera, la aventura vital más apasionante que se pueda soñar

  • La entrega a Dios es buena, porque une con el Sumo Bien.
  • Es verdadera, porque lleva a identificarse con la Verdad, que es Cristo.
  • Es hermosa, porque Dios es la suprema Belleza, y entregarse a Dios es lo más bello del mundo: enamorarse