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Si buscan sinceramente la felicidad del hijo, todo es más fácil.

“Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre —nos dice la Escritura— en manos de su albedrío (Eccli 15, 14).” (Conversaciones, n. 104).

Se trata, en definitiva, de actuar como buenos padres cristianos:

“Unas palabras más, para referirme expresamente al último de los casos concretos planteados: la decisión de emplearse en el servicio de la Iglesia y de las almas. Cuando unos padres católicos no comprenden esa vocación, pienso que han fracasado en su misión de formar una familia cristiana, que ni siquiera son conscientes de la dignidad que el Cristianismo da a su propia vocación matrimonial. Por lo demás, la experiencia que tengo en el Opus Dei es muy positiva. Suelo decir, a los socios de la Obra, que deben el noventa por ciento de su vocación a sus padres: porque les han sabido educar y les han enseñado a ser generosos. Puedo asegurar que en la inmensa mayoría de los casos —prácticamente en la totalidad— los padres no sólo respetan sino que aman esa decisión de sus hijos, y que ven en seguida la Obra como una ampliación de la propia familia. Es una de mis grandes alegrías, y una comprobación más de que, para ser muy divinos, hay que ser también muy humanos” (Conversaciones, n. 104).

Una solicitud que no acaba nunca

Cuando un hijo se entrega a Dios, los padres tienen por delante una tarea que no acaba nunca. No deben desentenderse de su educación, pensando que en otras instancias ya se ocupan de él, sino al revés: tienen la responsabilidad bendita de afianzar y sostener su entrega, especialmente cuando es aún joven. Han de seguir exigiéndole y ayudándole a desarrollar las virtudes humanas, a obtener buenas calificaciones, a ser ejemplares, etc. Deben acoger con una estima grande esa actitud generosa de su hijo, y apoyarle con su oración y su cariño, esté cerca o lejos.

Decía San Josemaría: “Algunos de vosotros tenéis a los hijos lejos. Han ido lejos a coger la mies de Dios. Yo os digo que os quiero con toda mi alma. Y os doy la enhorabuena, porque Jesús ha tomado esos pedazos de vuestro corazón –enteros– para El sólo… ¡para Él sólo! Padres y madres de estos hijos que también son míos: ¡no habéis terminado vuestra misión en la tierra! Ellos –ellas– han venido a entregarse a Dios, a servir a la Iglesia (…) y los tenéis metidos en tantos rincones del mundo, en África, en Asia, en toda Europa, en toda América, desde Canadá hasta la Tierra del Fuego; pronto, el año que viene, en Australia. Bien. No habéis acabado la misión: tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos; una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos. —Padre, ¡que estoy muy lejos! —¡Con tu oración! —Padre, ¡que estoy lejos! —¡En la vida profesional, poniendo en cada momento la última piedra, haciendo las cosas bien y por amor, y con el pensamiento en esos hijos!” (Un mar sin orillas)

La Iglesia y la cultura, la vida pública, etc.


  • San Josemaría

n. 310. No podemos cruzarnos de brazos, cuando una sutil persecución condena a la Iglesia a morir de inedia, relegándola fuera de la vida pública y, sobre todo, impidiéndole intervenir en la educación, en la cultura, en la vida familiar.

No son derechos nuestros: son de Dios, y a nosotros, los católicos, El los ha confiado…, ¡para que los ejercitemos!

n. 311. Muchas realidades materiales, técnicas, económicas, sociales, políticas, culturales…, abandonadas a sí mismas, o en manos de quienes carecen de la luz de nuestra fe, se convierten en obstáculos formidables para la vida sobrenatural: forman como un coto cerrado y hostil a la Iglesia.

Tú, por cristiano –investigador, literato, científico, político, trabajador…–, tienes el deber de santificar esas realidades. Recuerda que el universo entero –escribe el Apóstol– está gimiendo como en dolores de parto, esperando la liberación de los hijos de Dios.

n. 313. Qué triste cosa es tener una mentalidad cesarista, y no comprender la libertad de los demás ciudadanos, en las cosas que Dios ha dejado al juicio de los hombres.

n. 315. Ama a tu patria: el patriotismo es una virtud cristiana. Pero si el patriotismo se convierte en un nacionalismo que lleva a mirar con desapego, con desprecio –sin caridad cristiana ni justicia– a otros pueblos, a otras naciones, es un pecado.