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El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas, aunque no necesariamente.

Se sirve, muchas veces, de un afán bueno: del afán de mies de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares adonde ellos habían soñado llegar. Será un motivo particular de gozo para esos padres ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de su respuesta generosa.

Gracias a esa respuesta generosa —de los padres y de los hijos— se hace realidad la nueva evangelización: la Iglesia está presente en nuevos países, se revitaliza la vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores, como el florecimiento de seminarios diocesanos, etc.

Muchos padres de familia se quejan de tantos males como aquejan al mundo: de la falta de recursos morales en la sociedad; de la falta de personas que puedan regenerar determinados ambientes; de la falta de ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes; etc. La solución a esas faltas está, en gran medida, en la mano de los padres cristianos con verdadero afán misionero y apostólico, que se esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana; por sembrar en su alma ideales de santidad; por ensanchar su corazón con las obras de misericordia, creando en torno a sí un ambiente de sobriedad y de trabajo. Las grandes crisis son crisis de santos: faltan padres e hijos santos.

Dios tiene sus tiempos,

que no siempre coinciden con los nuestros. Y hay ideales que si no prenden en la primera juventud, se pierden para siempre. Es algo que sucede en el noviazgo, en la entrega a Dios y en muchos otros ámbitos. Hay proyectos que sólo pueden emprenderse en la juventud. Es en la juventud cuando surgen los grandes ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de cambiar el mundo, de mejorarlo. Por esa razón, cuando una persona joven se plantea grandes ideales de santidad y de apostolado, las familias cristianas lo reciben con un orgullo santo.

Dios concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración. Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación cristiana. La familia cristiana se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia.

El noventa por ciento


Es natural que los hijos sean un tema constante en la oración de los padres. Desde la primitiva cristiandad, los padres sueñan con que sus hijos respondan generosamente al querer de Dios.

Aunque los padres cristianos deseen que no haya nada en su hogar que separe a sus hijos de Dios, no siempre lo logran plenamente, porque sus hijos, además de ser hijos de sus padres, son también hijos de su tiempo, de su formación escolar, de su ambiente cultural, de su entorno de amistades, etc.; y sobre todo, son hijos de su propia libertad. Por eso hay padres que sufren la cruz —como Santa Mónica durante tantos años— de ver como sus hijos, a los que han procurado educar cristianamente, están lejos de Dios.

Hay estilos de vida que facilitan el encuentro de los hijos con Dios, y otros que lo dificultan. Es lógico que los padres cristianos procuren que sus hijos tengan una cabeza y un corazón cristianos, y pongan los medios para que su familia sea una escuela de virtudes donde sus hijos —uno a uno— puedan tomar sus propias decisiones con madurez humana y espiritual, de forma adecuada a su edad.

Por eso san Josemaría decía que el noventa por ciento de la vocación de los hijos se debe a los padres, porque una respuesta generosa germina habitualmente sólo en un ambiente de libertad y de virtud.

Algunos padres se encuentran hoy con que sus hijos retrasan durante años determinadas decisiones (por ejemplo, casarse y formar una familia, abrirse camino en lo profesional, etc.). Otros padres se lamentan de que sus hijos ya mayores se resisten a dejar el hogar paterno porque encuentran allí todas las comodidades sin apenas responsabilidad.

Una buena formación cristiana se orienta hacia la decisión y el compromiso, y logra que los hijos sean capaces de administrar rectamente su libertad y asumir pronto responsabilidades y compromisos que suponen esfuerzo. Eso es siempre una muestra de madurez.

Los buenos padres desean ideales altos para sus hijos: en lo profesional, en lo cultural, etc. Se comprende que los padres cristianos deseen, además, que sus hijos aspiren a la santidad y no se queden en la mediocridad espiritual. En ese sentido, desean que sus hijos respondan plenamente a lo que Dios espera de ellos. Recordaba Juan Pablo II:

“Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad” (Juan Pablo II, Nagasaki, Japón, 25.II.1981).