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La unión con Cristo por la gracia. Gracia, virtudes y dones

La vida nueva en Cristo está llamada a crecer y fortalecerse, y a dar fruto para la vida eterna: «Los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad»[i].

Para poder vivir como hijo de Dios, el cristiano recibe, con la gracia, las virtudes sobrenaturales y los dones. La gracia de la justificación que la Santísima Trinidad otorga al bautizado, lo capacita, mediante las virtudes teologales, para creer en Dios, esperar en Él y amarlo; mediante los dones del Espíritu Santo, le concede poder vivir y obrar bajo sus mociones e inspiraciones; y mediante las virtudes morales, le permite crecer en el bien. El bautizado es así un hombre nuevo, dotado de un organismo sobrenatural gracias al cual puede vivir una nueva vida: la vida divina, la vida de hijo de Dios[ii].


[i] PABLO VI, Const. apost. Divinae consortium naturae: AAS 63 (1971) 657.

[ii] Cf. CEC, n. 1266.

6.3. El Concilio Vaticano II

Las líneas maestras trazadas por el Concilio Vaticano II, que señala como objeto de la teología moral «mostrar la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en la caridad para la vida del mundo», apuntan a un enfoque en el que las virtudes y los dones vuelvan a ocupar el lugar que les corresponde en la vida cristiana.

La Const. Lumen gentium recuerda que la vocación de los fieles en Cristo es vocación a la santidad, y ésta supone vivir las virtudes humanas y sobrenaturales. De modo especial, muestra que la caridad es la nota distintiva de la praxis cristiana: «El don principal y más necesario es el amor con el que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo a causa de Él». Para que este amor pueda crecer y dar fruto, el cristiano debe escuchar la palabra de Dios, obedecer a su voluntad, participar en los sacramentos… y dedicarse «a la práctica de todas las virtudes».

Estas y otras orientaciones del Concilio impulsaban una fecunda perspectiva: la del desarrollo armónico del sujeto moral, enriquecido por las virtudes y los dones que le permiten realizar el propio proyecto de hijos de Dios en Cristo. Sin embargo, durante los años posteriores se avanzó poco en esta línea, debido, en parte, a que la atención se desvió hacia diversas polémicas teológicas centradas en torno a la autonomía moral, la existencia o no de normas específicamente cristianas en el ámbito de las relaciones intramundanas, y a la autoridad, en dicho ámbito, del magisterio de la Iglesia.