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Las virtudes teologales

La existencia de las virtudes teologales solo nos es conocida por la Revelación. En la Sagrada Escritura, además de los textos en los que se habla de cada una de ellas, hay otros que unen las tres en un conjunto armónico: «Como hijos de la luz vivamos sobriamente, vestidos de la cota de la fe y la caridad, y el yelmo de la esperanza» (1 Ts 5, 8); «Ahora permanecen estas tres virtudes: fe, esperanza y caridad; y de las tres la más excelente es la caridad» (1 Co 13, 3)[i].

De acuerdo con estas enseñanzas bíblicas, el Concilio de Trento enseña que «en la misma justificación, juntamente con la remisión de los pecados, recibe el hombre las siguientes cosas, que se le infunden por Jesucristo, en quien es injertado: la fe, la esperanza y la caridad»[ii].

Las virtudes teológicas o teologales son dones de Dios por los que el hombre se une a Él en su vida íntima. Pero son verdaderas virtudes, es decir, disposiciones permanentes del cristiano que le permiten vivir como hijo de Dios, como otro Cristo, en todas las circunstancias. No se puede entender, por tanto, la caridad como el mismo Espíritu Santo que obra en el hombre, al modo de Pedro Lombardo[iii]. Ni se puede decir –como afirma Nygren- que el sujeto del amor cristiano no es el hombre, sino el mismo Dios. El hombre no sería más que «el canal, el conducto que transporta el amor de Dios»[iv]. Por ser virtudes, el sujeto de las acciones de creer, esperar y amar es la persona humana.

Ahora bien, las virtudes teologales no solo perfeccionan las potencias, sino que elevan al hombre a un nuevo nivel (sobrenatural) de conocimiento y amor, porque son una participación del conocimiento y amor divinos. No solo llevan hacia Dios, como las demás virtudes, sino que tienen por objeto a Dios, a quien se adhieren: tocan a Dios, alcanzan a Dios, es decir, elevan la capacidad humana de conocer y amar hasta hacer participe al hombre del conocer y amar divinos[v]. Además, Dios es su origen y su fin, porque, a través de la acción del Espíritu Santo, las infunde en el alma, las activa internamente y hace que las acciones humanas de creer, esperar y amar acaben en el mismo Dios. Las virtudes teologales se pueden definir, por tanto, como aquellas que tienen al mismo Dios por objeto, origen y fin[vi].

—Por la fe, «creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma»[vii]; por tanto, por la fe, se conoce la intimidad de Dios.

—Por la esperanza «aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo»[viii].

—Por la caridad, Dios nos ama y nos da el amor con que podemos libremente amarle a Él «sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios»[ix].

Las virtudes teologales son necesarias para saber que el destino del hombre es la contemplación amorosa de Dios, cara a cara; y para poder vivir como hijos de Dios y merecer la vida eterna: por la fe, el hombre puede saber, asintiendo a lo que Dios le ha revelado, que la vida con la Santísima Trinidad es el fin al que está llamado; la esperanza refuerza su voluntad para que confíe plenamente en que, con la ayuda divina, puede alcanzar su destino; y la caridad le confiere el amor efectivo por su fin sobrenatural.

La luz natural del entendimiento y la rectitud natural de la voluntad, que tiende naturalmente al bien de la razón, no son suficientes para alcanzar la bienaventuranza sobrenatural. La inteligencia necesita los principios sobrenaturales: las verdades de fe que son aceptadas y creídas. Y la voluntad debe ser dirigida hacia el mismo fin de dos modos: en cuanto al «movimiento de intención que tiende a ese fin como a algo que es posible conseguir» (la esperanza); y en cuanto a una «cierta unión espiritual, por la que la voluntad se transforma de algún modo en aquel fin» (la caridad)[x].

Gracias a las virtudes teologales –que «son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano»[xi]-, la persona crece en intimidad con las Persona divinas y se va identificando cada vez más con el modo de pensar y amar de Cristo. Perfeccionadas por los dones del Espíritu Santo, proporcionan la sabiduría o visión sobrenatural, por la que el hombre, en cierto modo, ve las cosas como las ve Dios, pues participa de la mente de Cristo (cf. 1Co 2,16).

Si las virtudes humanas potencian la libertad, con las virtudes teologales y los dones, la persona adquiere la «libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Rm 8,21). El dominio sobre uno mismo ya no es solo el que se alcanza por las propias fuerzas, sino también el que se adquiere por participar del señorío de Dios, pues el Espíritu Santo es el principio vital de todo el obrar.

Las virtudes teologales constituyen la esencia y el fundamento de toda la moral cristiana. Las tres virtudes deben estar presentes en todas las acciones del cristiano: la fe, como luz que permite percibir el sentido divino de los acontecimientos; la caridad, como principio que empuja a amar siempre con el amor de Dios; y la esperanza, como seguridad y optimismo fundados en la confianza en Dios[xii].

A diferencia de las virtudes humanas, las virtudes teologales no están regidas por la regla del término medio entre dos extremos. Como la medida de la virtud teologal es el mismo Dios, «nuestra fe se regula según la verdad divina; nuestra caridad, según la bondad de Dios; y nuestra esperanza, según la inmensidad de su omnipotencia y misericordia. Es esta una medida que excede a toda facultad humana, de manera que el hombre nunca puede amar a Dios todo lo que debe ser amado, ni creer o esperar en Él tanto como se debe; luego mucho menos llegará al exceso en tales acciones»[xiii].


[i] Cf. también: 1Ts 1, 3; Rm 5, 1-15; Col 1, 3-5; Hb 10, 22-24.

[ii] CONC. DE TRENTO, sess. VI, c.7, DS 800/1530.

[iii] Cf. PEDRO LOMBARDO, Libri Sententiarum I, d. 17, c. 1, 2, Grottaferratta, II, Romae 1971, 141.

[iv] A. NYGREN, Eros und Agape, II, 557 (citado por J. PIEPER, Las virtudes fundamentales, o.c., 487).

[v] Cf. S.Th., II-II, q. 17, a. 6c.; I-II, q. 62, a. 1. Como han puesto de relieve algunos autores, «hay que destacar la importancia de “tocar el fin último” porque es un concepto de medida moral absolutamente nuevo que permite comprender la renovación que aportan las virtudes teologales a los dinamismos humanos» (L. MELINA-J. NORIEGA-J.J. PÉREZ-SOBA, Caminar a la luz del Amor. Los fundamentos de la moral cristiana, Palabra, Madrid 2007, 367).

[vi] Cf. S.Th., I-II, q. 62, a. 1.

[vii] CEC, n. 1418.

[viii] CEC, n. 1817.

[ix] CEC, n. 1822.

[x] S.Th., I-II, q. 62, a. 3.

[xi] CEC, n. 1813.

[xii] Cf. R. GARCÍA DE HARO, L’agire morale e le virtù, o.c., 148-49.

[xiii] S.Th., I-II, q. 64, a. 4.

Egoísmo y corazón

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La soberbia y el egoísmo humano –como fruto del pecado- se oponen a esa entrega del corazón, y empequeñecen el corazón y la capacidad de amar.

  • El hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, es la única criatura que Dios ha amado por si misma. Dios crea cada alma dándole un alma inmortal, capaz de recibir las gracias y dones de Dios.
  • Además, Dios le ha concedido al hombre un don que lo diviniza: el don de la filiación divina, por el que recibe la mayor dignidad imaginable: la dignidad de ser hijo de Dios.

  • Pero nuestros primeros padres rechazaron ese don, con el pecado original. Ese pecado, libremente cometido, generó nuestro sufrimiento y nuestra miseria.
  • Dios se compadeció de nuestra miseria y su Hijo se hizo hombre para redimirnos y salvarnos. La redención por Cristo nos da una gracia que cura las consecuencias del pecado y nos devuelve la dignidad de los hijos de Dios.

  • Es decir: Dios, que se hizo verdadero hombre sin dejar de ser Dios, nos quiere divinizar, sin que dejemos de ser hombres.

    Dice Santo Tomás: “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” (Opusc. 57 in festo Corporis Christi).

  • Debemos alegrarnos por la dignidad que Dios nos ha dado y disponernos a morir a nosotros mismos para vivir en Dios. Cristo debe entrar dentro de nuestro yo para liberarnos de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo y de nuestra soberbia.