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Santificar todas las realidades terrenas


San Josemaría recuerda:

n. 295. Tu vocación de cristiano te pide estar en Dios y, a la vez, ocuparte de las cosas de la tierra, empleándolas objetivamente tal como son: para devolverlas a El.

n. 296. ¡Parece mentira que se pueda ser tan feliz en este mundo donde muchos se empeñan en vivir tristes, porque corren tras su egoísmo, como si todo se acabara aquí abajo!

–No me seas tú de ésos…, ¡rectifica en cada instante!

n. 300. Es difícil gritar al oído de cada uno con un trabajo silencioso, a través del buen cumplimiento de nuestras obligaciones de ciudadanos, para luego exigir nuestros derechos y ponerlos al servicio de la Iglesia y de la sociedad.

Es difícil…, pero es muy eficaz.

El católico y la sociedad civil

n. 301. No es verdad que haya oposición entre ser buen católico y servir fielmente a la sociedad civil. Como no tienen por qué chocar la Iglesia y el Estado, en el ejercicio legítimo de su autoridad respectiva, cara a la misión que Dios les ha con fiado.

Mienten –¡así: mienten!– los que afirman lo contrario. Son los mismos que, en aras de una falsa libertad, querrían “amablemente” que los católicos volviéramos a las catacumbas.

n. 302. Esta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social.

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Ante el clasismo: sólo hay una raza: la de los hijos de Dios

n. 303. Un hijo de Dios no puede ser clasista, porque le interesan los problemas de todos los hombres… Y trata de ayudar a resolverlos con la justicia y la caridad de nuestro Redentor.

Ya lo señaló el Apóstol, cuando nos escribía que para el Señor no hay acepción de personas, y que no he dudado en traducir de este modo: ¡no hay más que una raza, la raza de los hijos de Dios! (Camino)

Foto: M.Hasson

n. 307. Un error fundamental del que debes guardarte: pensar que las costumbres y exigencias –nobles y legítimas–, de tu tiempo o de tu ambiente, no pueden ser ordenadas y ajustadas a la santidad de la doctrina moral de Jesucristo.

Fíjate que he precisado: las nobles y legítimas. Las otras carecen de derecho de ciudadanía.

2. La Iglesia no puede permanecer indiferente ante semejante confusión de los espíritus y relajación de las costumbres.

Se trata, en efecto, de una cuestión de máxima importancia para la vida personal de los cristianos y para la vida social de nuestro tiempo1.

Los obispos tienen que constatar cada día las dificultades crecientes que, particularmente en materia sexual, experimentan los fieles para adquirir conciencia de la sana doctrina moral, y los pastores para exponerla con eficiencia.

Son conscientes de que, por su cargo pastoral, están llamados a responder a las necesidades de sus fieles sobre este punto tan grave. Ya algunos de entre ellos, e incluso enteras Conferencias Episcopales, han publicado importantes documentos sobre este tema.

Sin embargo, como las opiniones erróneas y las desviaciones que de ellas se siguen continúan difundiéndose en todas partes, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en virtud de su función respecto de la Iglesia universal 2, y por mandato del Soberano Pontífice, ha juzgado necesario publicar la siguiente declaración:

13. La llamada a la responsabilidad

Corresponde a los obispos enseñar a los fieles la doctrina moral que se refiere a la sexualidad, cualesquiera que sean las dificultades que el cumplimiento de este deber encuentre en las ideas y en las costumbres que hoy se hallan extendidas.

Esta doctrina tradicional debe ser profundizada, expresada de manera apta para esclarecer las conciencias de cara a las nuevas situaciones creadas, enriquecida con el discernimiento de lo que de verdadero y útil se puede decir sobre el sentido y el valor de la sexualidad humana. Pero los principios y las normas de vida moral reafirmadas en la presente declaración se deben mantener y enseñar fielmente.

Se tratará en particular de hacer comprender a los fieles que la Iglesia los mantiene no como inveteradas tradiciones que se mantienen supersticiosamente (tabúes), ni en virtud de prejuicios maniqueos, según se repite con frecuencia, sino porque sabe con certeza que corresponden al orden divino de la creación y al espíritu de Cristo; y, por consiguiente también a la dignidad humana.

Misión de los obispos es, asimismo, la de velar para que en las Facultades de teología y en los seminarios sea expuesta una doctrina sana a la luz de la fe y bajo la dirección del Magisterio de la Iglesia. Deben igualmente cuidar de que los confesores iluminen las conciencias, y de que la enseñanza catequética se dé en perfecta fidelidad a la doctrina católica.

A los obispos, a los sacerdotes y a sus colaboradores, corresponde poner en guardia a los fieles contra las opiniones erróneas frecuentemente propuestas en libros, revistas y conferencias públicas.

Los padres en primer lugar, pero también los educadores de la juventud, se esforzarán por conducir a sus hijos y alumnos a la madurez psicológica, afectiva y moral por medio de una educación integral. Para ello les impartirán una información prudente y adaptada a su edad, y formarán asiduamente su voluntad para las costumbres cristianas; no sólo con los consejos, sino sobre todo, con el ejemplo de su propia vida, mediante la ayuda de Dios, que les obtendrá la oración. Tendrán también cuidado de protegerlos de tantos peligros que los jóvenes no llegan a sospechar.

Los artistas, los escritores y cuantos disponen de los medios de comunicación social deben ejercitar su profesión de acuerdo con su fe cristiana, conscientes de la enorme influencia que pueden ejercitar. Tendrán presente que “todos deben respetar la primacía absoluta del orden moral objetivo” 44, y que no se puede dar preferencia sobre él a ningún pretendido objetivo estético, ventaja material o resultado satisfactorio.

Ya se trate de creación artística o literaria, ya de espectáculos o de informaciones, cada cual en su campo debe dar prueba de tacto, de discreción, de moderación y de justo sentido de los valores. De esta suerte, lejos de añadir favor a la licencia creciente de las costumbres, contribuirán a frenarla e incluso a sanear el clima moral de la sociedad.

Por su parte, todo el laicado fiel, en virtud de su derecho y de su deber de apostolado, tomará en serio el trabajar en el mismo sentido.

Finalmente, conviene recordar a todos que el Concilio Vaticano II “declara que los niños y los adolescentes tienen derecho a que se les estimule a apreciar con recta consciencia los valores morales y a prestarles su adhesión personal, y también a que se les estimule a todos los que gobiernan los pueblos, o están al frente de la educación, que procuren que nunca se vea privada la juventud de este sagrado derecho” 45.

Su Santidad Pablo, por la Divina Providencia PP. VI, en audiencia concedida al infrascripto prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 7 de noviembre de 1975, aprobó esta declaración acerca de la ética sexual, la confirmó y ordenó que se publicara.

Dado en Roma en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 29 de diciembre de 1975.

Franjo, Cardenal Seper
Prefecto

Jeronimo Hamer
Secretario
Arzobispo titular de Lorium


Notas: 1. Cfr. CONC. VAT. II, Const. Gaudium et spes, no. 47, AAS 58 (1966), p. 1067. 2. Cfr. Const. Apost. Regimini Eclasiae universae, (15-VIII-1967), no. 29, AAS 59 (1967), p. 897. 3. Gaudium et spes, no. 16, AAS 58 (1966), p. 1037. 4. Io 8,12. 5. CONC. VAT. II, Declar. Dignitatis humanae, no. 3, AAS 58 (1966), p. 931. 6. 1 Tim 3,15. 7. Dignitatis humanae, no. 14, AAS 58 (1966), p. 940; cfr. PIO XI, Enc. Casti connubii, (31-XII-1930), AAS 22 (1930), págs. 579-580; PIO XII, Aloc. (2-XI-1954), AAS 46 (1954); págs. 671-672; JUAN XXIII, Enc. Mater et Magistra, (15-V-1961), AAS 53 (1961), p. 457; PBLO VI, Enc. Humanae vitae, (25-VII-1968), n. 4, AAS 60 (1968), p. 483. 8. Cfr. CONC. VAT. II, Declar. Gravissimum educationis, núms. 1, 8, AAS 58 (1966), págs. 729-730; 734-736; Gaudium et spes, núms. 29, 60, 67, AAS 58 (1966), págs. 1.048-49; 1.080-1.081; 1.088-1.089. 9. Gaudium et spes, no. 51, AAS, 58 (1966), p. 1.072. 10. Ibidem, cfr. También no. 49, págs. 1.069-1.070. 11. Ibidem, núms. 49, 50, págs. 1.069-1.072. 12. La presente Declaración no considera todas las normas morales de la vida sexual en el matrimonio; las Encíclicas Casti connubii y Humanae vitae las enseñaron claramente. 13. Cfr. Mt 19, 4-6. 14. 1 Cor 7,9. 15. Cfr. Eph 5, 23-32. 16. La unión sexual fuera del matrimonio, está condenada formalmente: 1 Cor 5, 1; 6, 9; 7, 2; 10, 8; Eph 5, 5; 1 Tim 1, 10; Heb 13, 4; y con razones explícitas 1 Cor 6, 12-20. 17. Cfr. INOCENCIO IV, Epíst. Sub Catholicae Professione, (6-III-1254), D.S. 835; PIO II, Propos. Damn. En Epist. Cum sicut Acceptimus, (14-XI-1459), D.S. 1367; Decretos del S. Oficio, (24-IX-1665), D.S. 2045, (2-III-1679), D.S. 2148; PIO XI Enc. Casti Connubii, (31-XII-1930), AAS 22 (1930), págs. 558-559. 18. Rom 1, 24-27: «Por eso los entregó Dios a los deseos de su corazón, a la impureza con que deshonran a sus propios cuerpos; pues tocaron la verdad de Dios por la mentira y adoraron y sirvieron a las criaturas en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Amén. Por lo cual los entregó Dios a las pasiones vergonzosas, pues las mujeres mudaron el uso natural en uso contra naturaleza, e igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en la concupiscencia de unos por otros, los varones de los varones, cometiendo torpezas y recibiendo en sí mismos el pago debido a su extravío». Cfr. También lo que dice S. Pablo a propósito de los que practican la sodomía, en 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10. 19. Cfr. LEON IX, Epist. Ad Splendidum Nitentis, año 1054, D.S. 687-688; Decreto del S. Oficio (2-III-1769), D.S. 2149; PIO XII, Alocución (8-X-1953), AAS 45 (1953), págs. 677-678; (19-V-1956), AAS 48 (1956), págs. 472-473. 20. Cfr. Gaudium et spes, no. 51, AAS 58 (1966), p. 1.072. 21. «Si las encuestas sociológicas no son útiles para mejor conocer la mentalidad ambiental, las preocupaciones y las necesidades de aquellos a quienes anunciamos la Palabra de Dios, así como la resistencia que le opone la razón moderna con el sentimiento ampliamente extendido de que no hay forma alguna legítima de saber, fuera de la ciencia, sin embargo, las conclusiones de tales encuestas no podrían constituir por sí mismas un criterio determinante de verdad» PABLO VI, Exhortación Apos. Quinque iam anni, (8-XII-1970), AAS 63 (1971), p. 102. 22. Cfr. Mt 22, 40. 23. Mt 19, 16-19. 24. Cfr. Las notas anteriores, núms. 14, 16; Decreto del S. Oficio (18-III-1666), D.S. 2060; PABLO VI, Enc. Humanae viate, núms. 13, 14, AAS 60 (1968), págs. 489-491. 25. 1 Sam 16, 7. 26. PABLO VI, Enc. Humanae vitae, no. 29, AAS 60 (1968), p. 501. 27. Cfr. 1 Cor 7, 7.34; CONC. TRID. Sess. XXIV, can. 10, D.S. 1810; CONC. VAT II, Lumen gentium, núms. 42, 43, 44, AAS 57 (1965), págs. 47-51; Synod. Episcoporum, De sacerdotio ministeriali, parte II, 4, b, AAS 63 (1971), págs. 915-916. 28. Mt 5, 28. 29. Cfr. Gal 5, 19-23; 1 Cor 9-11. 30. 1 Thes 4, 3-8; cfr. Col 3, 5-7; 1 Tim 1, 10. 31. Eph 5, 3-8; cfr. 4, 18-19. 32. 1 Cor 5, 15, 18-20. 33. Cfr. Rom 7, 23. 34. Cfr. Rom 7, 24-25. 35. Cfr. Rom 8, 2. 36. Rom 6, 12. 37. 1 Io 5, 19. 38. Cfr. 1 Cor 10, 13. 39. Eph 6, 11. 40. Cfr. Eph 6, 16, 18. 41. Cfr. 1 Cor 9, 27. 42. Lc 9, 23. 43. 2 Tim 2, 11-12. 44. CONC. VAT. II, Decreto Inter Mirifica, no. 6, AAS, 56 (1964), p. 147. 45. Gravissimun educationis, n.o 1, AAS 58 (1966), p. 730.