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Conformarse con Cristo

La imitación y seguimiento de Cristo no consisten en «una imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a Él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2,5-8). Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del creyente (cf. Ef 3,17), el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con Él; lo cual es fruto de la gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros»[i].

Al pensar en la imitación de Cristo es preciso evitar un peligro no poco frecuente, especialmente en algunas épocas: considerar a Jesús solo como un modelo humano; muy elevado, pero, a fin de cuentas, humano. Jesús es Dios y, por tanto, está por encima de todo modelo humano. Precisamente por eso puede pedir al hombre, no que le imite como se imita a un modelo externo, sino que se conforme ontológica y moralmente con Él, que se una a Él, que viva su misma vida divina y que participe de su misión real, profética y sacerdotal. Y para que tal identificación sea posible, le concede la gracia y las virtudes sobrenaturales y dones que la acompañan.

Ser Cristo implica vivir la vida de Cristo: su misión y su destino. Concretamente, la identificación con Cristo lleva a corredimir con Él, a participar en su misión redentora: «No es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo se hizo carne y vino a la tierra ut omnes homines salvi fiant (cf. I Tim II, 4), para salvar a todos los hombres. Con nuestras miserias y limitaciones personales, somos otros Cristos, el mismo Cristo, llamados también a servir a todos los hombres»[ii].


[i] VS, n. 21.

[ii] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid, 2000, 38ª, n. 138.

La visión universal de los discípulos de Cristo

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Las ideas y conceptos de este guión conceptual pueden servir de punto de partida para que los padres o educadores elaboren su propio esquema, que deberán adecuar a las circunstancias concretas de cada joven y a los problemas de la sociedad en la que vive.

El punto de partida de esta clase se encuentra en el Compendio del Catecismo de la Iglesia, 68:

“todos los hombres forman la unidad del género humano por el origen común que les viene de Dios.

Además Dios ha creado “de un solo principio, todo el linaje humano (Hch 17, 26). Finalmente, todos tienen un único Salvador y todos están llamados a compartir la eterna felicidad de Dios”.