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¿Qué rasgos tiene la vocación personal cristiana?

El concepto de vocación, de gran relevancia bíblica tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, connota un aspecto fundamental de las relaciones del hombre con Dios; el hombre es llamado por Dios a la existencia con una precisa finalidad, que confiere sentido al ser humano.

Dios, ciertamente, «no deja a ningún alma abandonada a un destino ciego: para todas tiene un designio, a todas las llama con una vocación personalísima, intransferible» (San Josemaría, Conversaciones…, n. 106). Esta finalidad es la salvación, la santidad, la comunión con Dios en Jesucristo. La voluntad salvífica universal de Dios es el designio eterno de Dios sobre todos y cada uno de los hombres.

El hombre creado –como todas las cosas– en Cristo y para Cristo, tiene una llamada de Dios a la santidad –en Cristo–. Toda vida es una vocación: la cristiana; no hay otra vocación para el hombre. Por tanto, la vocación es la manifestación en el tiempo del proyecto o designio que Dios tiene respecto a cada persona, haciéndole descubrir el sentido más profundo de su existencia, el por qué y el para qué de su vida.

Sólo en Cristo es plenamente revelado el hombre al mismo hombre (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 22): sólo en el misterio del Verbo encarnado se encuentra, «ab aeterno», el origen, el sentido y el fin de la existencia de cada persona humana, es decir, la sublimidad de su vocación. Por eso, la vocación del hombre a la comunión con Dios pertenece a la esencia misma de la Revelación divina (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 2). La vocación es la razón más alta de la dignidad del hombre (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 19). La santidad es comunión con la Trinidad: participación de la persona creada en la santidad increada de Dios.