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La unidad de vida

La santidad: un paso y otro, con amor, con lucha, en el camino cotidiano de nuestra vida cotidiana

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San Josemaría:

La meta que os propongo –mejor, la que nos señala Dios a todos– no es un espejismo o un ideal inalcanzable: podría relataros tantos ejemplos concretos de mujeres y hombres de la calle, como vosotros y como yo, que han encontrado a Jesús que pasa quasi in occulto (Ioh VII, 10.) por las encrucijadas aparentemente más vulgares, y se han decidido a seguirle, abrazados con amor a la cruz de cada día (Cfr. Mt XVI, 24.).

En esta época de desmoronamiento general, de cesiones y desánimos, o de libertinaje y anarquía, me parece todavía más actual aquella sencilla y profunda convicción que, en los comienzos de mi labor sacerdotal, y siempre, me ha consumido en deseos de comunicar a la humanidad entera: estas crisis mundiales son crisis de santos.

Vida interior: es una exigencia de la llamada que el Maestro ha puesto en el alma de todos. Hemos de ser santos –os lo diré con una frase castiza de mi tierra– sin que nos falte un pelo: cristianos de veras, auténticos, canonizables; y si no, habremos fracasado como discípulos del único Maestro.

Mirad además que Dios, al fijarse en nosotros, al concedernos su gracia para que luchemos por alcanzar la santidad en medio del mundo, nos impone también la obligación del apostolado.

Comprended que, hasta humanamente, como comenta un Padre de la Iglesia, la preocupación por las almas brota como una consecuencia lógica de esa elección: cuando descubrís que algo os ha sido de provecho, procuráis atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños, y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena y, cuando vayáis a Dios, no lo hagáis solos (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia, 6, 6 (PL 76, 1098).).

Si no queremos malgastar el tiempo inútilmente –tampoco con las falsas excusas de las dificultades exteriores del ambiente, que nunca han faltado desde los inicios del cristianismo–, hemos de tener muy presente que Jesucristo ha vinculado, de manera ordinaria, a la vida interior la eficacia de nuestra acción para arrastrar a los que nos rodean.

Cristo ha puesto como condición, para el influjo de la actividad apostólica, la santidad; me corrijo, el esfuerzo de nuestra fidelidad, porque santos en la tierra no lo seremos nunca. Parece increíble, pero Dios y los hombres necesitan, de nuestra parte, una fidelidad sin paliativos, sin eufemismos, que llegue hasta sus últimas consecuencias, sin medianías ni componendas, en plenitud de vocación cristiana asumida y practicada con esmero.

6 Quizá alguno de vosotros piense que me estoy refiriendo exclusivamente a un sector de personas selectas. No os engañéis tan fácilmente, movidos por la cobardía o por la comodidad. Sentid, en cambio, la urgencia divina de ser cada uno otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo; en pocas palabras, la urgencia de que nuestra conducta discurra coherente con las normas de la fe, pues no es la nuestra –ésa que hemos de pretender– una santidad de segunda categoría, que no existe.

Y el principal requisito que se nos pide –bien conforme a nuestra naturaleza–, consiste en amar: la caridad es el vínculo de la perfección (Col III, 14.); caridad, que debemos practicar de acuerdo con los mandatos explícitos que el mismo Señor establece: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt XXII, 37.), sin reservarnos nada. En esto consiste la santidad.

Ciertamente se trata de un objetivo elevado y arduo. Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana. Todo lo que se desarrolla –advierte uno de los escritores cristianos de los primeros siglos, refiriéndose a la unión con Dios–, comienza por ser pequeño. Es al alimentarse gradualmente como, con constantes progresos, llega a hacerse grande (S. Marcos Eremita, De lege spirituali, 172 (PG 65, 926).).

Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente –sé que estás dispuesto, aunque tantas veces te cueste vencer o tirar hacia arriba con este pobre cuerpo–, has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas. (San Josemaría. Amigos de Dios)

Trabajar y descansar con orden


  • Una persona ordenada en su trabajo es aquella que sabe situar el trabajo en su justo punto. Por eso, es conveniente:
    • Aprender a darle a cada asunto la importancia que tiene, sin exagerar.
    • No exagerar el alcance de los triunfos y fracasos profesionales (primero en el estudio; luego, en la profesión) que suelen ser muy relativos.
    • Procurar guardar un equilibrio interior y exterior frente a los problemas y dificultades, sin inhibirse ni excederse en la implicación personal.

    • Recordar que el día tiene 24 horas y que hay que hacer muchas cosas, pero que no todas las cosas pueden ni deben hacerse dentro del marco de esas 24 horas.
  • El desorden del trabajo -“la trepidación”- lleva al desorden del descanso, y con frecuencia –por su propia dinámica- lleva a planes de descanso que a veces son excesivos y exagerados, etc.
  • Aunque nuestra sociedad nos presente la imagen del “ejecutivo trepidante” como modelo de “alta eficacia”, la realidad manifiesta lo contrario. La trepidación, si está reñida con el orden y el sosiego, con la reflexión y la inteligencia, suele dar pocos frutos.
  • Además, una excesiva trepidación en el trabajo puede revelar:
  • falta de realismo y de humildad.
  • unas ambiciones desmedidas, con espectativas desmesuradas que no se corresponden habitualmente con la realidad.
  • miedo a fracasar, que lleva a poner medios excesivos y desproporcionados para conseguir el éxito.
  • falta de orden y planificación.
  • pereza, que lleva a dejar las cosas para el final.
  • un activismo perezoso interior que lleva a hacer muchas cosas, pero desordenadamente, realizando primero no las más urgentes sino las que más apetecen.

Recuerdos de un voluntario de Sui

Cristobal Medina, un voluntario de Sui, recuerda su encuentro con Vicente: “me explicó qué era SUI: una Asociación Universitaria que había nacido pocos años antes, cuando un grupo de universitarios de Madrid, sensibilizados ante el gran problema de los chicos que viven en las zonas marginales del extrarradio, habían empezado a atender, todos los fines se semana, a los niños del poblado chabolista de El Pozo del Huevo.

-¿Por qué no te vienes -me propuso- con nosotros este fin de semana?

Accedí, con una mezcla de curiosidad e inquietud. Era un mundo desconocido. Mi primera visita a aquel poblado del Pozo del tío Raimundo, cerca de la Celsa, me impresionó muchísimo.

A mí me sucedía como a miles de personas de Madrid: ignoraba cuántos problemas hay a muy poca distancia de mi propia casa. Cientos de niños vivían en chabolas sin las mínimas condiciones de higiene. Me fijé que de vez en cuando se acercaba una pareja de jóvenes de aspecto extraño:

-Son los pinchauvas -me explicó uno de los gitanillos.

Los pinchauvas -los drogadictos- recorrían las chabolas con mirada ansiosa; entraban en una; compraban la droga y se iban corriendo a un muro cercano a inyectársela; todo, ante la mirada indiferente, tristemente acostumbrada, de estos niños.

Y así es como, gracias a Vicente, empecé a colaborar en SUI: iba cada fin de semana con un grupo de amigos a hacer todo lo que estuviera en mi mano por aquel grupo de veinte niños, que estaban sin escolarizar, que no tenían futuro alguno en la vida, y que ya empezaban a dar los primeros pasos en el camino de la delincuencia: jugábamos al fútbol, hablábamos con ellos para inculcarles algunos valores -el trabajo, la disciplina, la honradez-, hacíamos excursiones a la sierra…

Para algunos, era la primera vez que salían de sus chabolas y suponía todo un reto enseñarles algunos hábitos elementales de comportamiento que nadie les había enseñado.

Habían crecido en hogares problemáticos, sin atención, sin educación alguna; sólo en el mejor de los casos, sus padres tenían un oficio, y se dedicaban a la fruta y la chatarra; muchos eran nómadas, por lo que resultaba muy difícil integrarlos en el colegio de una forma estable.

Poco a poco, Vicente me fue explicando “las señas de identidad” de SUI, que nacía para promover la solidaridad, especialmente con los jóvenes de las zonas marginales de las grandes ciudades y los que viven en las zonas más pobres de Hispanoamérica; con los enfermos, con los ancianos en soledad; con los niños abandonados, colaborando con todas las entidades que se ocupan de esas personas -asistentes sociales, párrocos, etc- a lograr sus objetivos.

Me explicó también que todas las actividades con aquellos chicos de los chabolarios del extrarradio de Madrid debían complementarse siempre con una preceptuación personalizada; cada voluntario debía responsabilizarse de un chico, como máximo de dos; teníamos que plantearnos objetivos concretos, por difíciles que pareciesen: su escolarización, su integración en este punto, en otro.

La Celsa, Madrid

Guardo esta imagen grabada en mi retina: Vicente hablando con uno de esos niños entre los desperdicios del chabolario, intentando ayudarle, en medio de la chatarra y la miseria.

No era una tarea sencilla. Sin embargo, a pesar de esas dificultades hicimos lo que pudimos: intentamos enseñarles a escribir, a darles algunas nociones elementales de matemáticas… Debo reconocer que era muy difícil.

También primero de ingeniería me resultó muy difícil, con lo cual, durante el curso 90-91 no pude asistir a las actividades de SUI. Pero Vicente me fue contando cómo iba creciendo la Asociación, adaptándose a las nuevas situaciones con las que se iban encontrando aquellos niños. Él, por ejemplo, comenzó a ir al Ruedo, un edificio en Moratalaz, donde habían realojado a muchos de los muchachos que habíamos tratado en el Pozo del Tío Raimundo. Ahora luchaba para que se integraran bien en la sociedad; para que se formaran bien humanamente y encontraran un trabajo.

Procuraba trasmitirles todo lo que poseía: a muchos de esos chicos, católicos, pero que no habían hecho la Primera Comunión por desidia o desinterés de sus padres, les ayudó a hacerla. Les daba la formación cristiana que él había aprendido en su casa y en el Opus Dei. Organizó actividades de teatro; fue de excursión con ellos muchos fines de semana; organizó charlas para sus padres, de formación familiar.

A finales de segundo de carrera volví a participar en SUI. Muchos de los chicos que vivían en las chabolas por las que yo iba años atrás estaban ya realojados y otros voluntarios seguían atendiéndoles; entonces Vicente, y los que colaboraban con SUI, me propusieron que comenzase en un sitio nuevo. Y ésa fue luego mi tarea en tantos lugares donde trabajó el voluntariado: dar los primeros pasos, hasta que se creaba por fin un grupo más organizado.

Fui, durante ese año, y todo el tercer curso de carrera, a un chabolario que estaba a lo largo de una carretera, en San Fernando de Henares. El espectáculo, al llegar, fue muy penoso: les habían quemado la mayoría de las chabolas y estaban reconstruyendo sus casas -por llamarlas de algún modo- con cartones y latas viejas.

No tenían agua ni luz. Aquellos niños estaban todavía en una situación peor que los otros, porque la mayoría eran de origen portugués: no sabían español, y les resultaba todavía más difícil la integración en la escuela. Hicimos por ello lo que pudimos: actividades deportivas, de lectura, de escritura, de integración social, de catequesis…