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6. Medios para formar rectamente la conciencia

Hemos llegado al punto en que podemos explicitar las normas y medios para la formación de una conciencia recta o verdadera. Sin embargo, esas normas o medios no los podemos ver como una concesión de nuestra parte «porque no queda más remedio». No es la formación un meterse entre carriles que nos llevan a donde no queremos ir, sino medios que nos llevan a la Verdad y al Amor.

Si no actuamos así es que no tenemos deseos de formarnos. Y la queja de Cristo tiene que ser un revulsivo para nosotros, pues como Él mismo dice se debe a la libre negativa del hombre: «¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi doctrina» (Jn 8, 43).

También hay que tener en cuenta que puede costar no pocos sacrificios seguir una conciencia rectamente formada, pues no olvidemos que una vida cristiana, llevada hasta sus últimas consecuencias, no puede excluir la cruz: «el que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame» (Mt 16,24.).

Por último, al formar la conciencia, no se puede caer en el encasillamiento interior, pero tampoco en la ignorancia o desprecio de las normas de la Iglesia. Una buena educación estará tan lejos del escrúpulo como de la «manga ancha». Es preciso tener las ideas muy claras y que luego las aplique cada uno a su manera con libertad y responsabilidad personales.
a) Buscar a Dios seriamente
Una buena formación de la conciencia tendrá que partir de una base de seria búsqueda de ese Dios-Hombre, que ha descendido hasta nosotros haciéndose tan cercano. Una búsqueda que debe ya estar marcada en su inicio con la honradez de pechar con todas las consecuencias del encuentro, porque Cristo nos llama no para que le admiremos como un ser excepcional; nos llama para que le sigamos hasta identificarnos con Él.

Por eso, otra actitud revelaría miedo a Dios, miedo al encuentro. Por lo tanto, en primer término será preciso leer el Evangelio. «Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: ‘Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo’.

»–Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?»(19).

b) Sinceridad

La sinceridad consigo mismo, con Dios y con los demás, es absolutamente imprescindible para el cultivo de una conciencia recta. Y muchas veces nos intentamos engañar a nosotros mismos, para luego engañar a los demás, y, en último término, a Dios.

Un medio habitual para practicar la sinceridad consigo mismo y con Dios es el examen de conciencia. En él ejercitamos de modo claro la responsabilidad personal para hacernos cargo de nuestros errores, para fomentar el propósito de la enmienda y para confesarnos si fuera preciso, y para dolernos de haber ofendido a nuestro Padre Dios.

Otro medio importante para conocernos mejor, conocer más al Señor y ayudarnos a la sinceridad es la oración mental en la que tratamos con Dios de nuestras cosas (alegrías, fracasos, éxitos, preocupaciones…), viéndolos con otra dimensión meramente humana y acomodaticia a nuestros intereses personales.
c) Apoyarse en los demás
El apoyo en los demás deberá partir de la humildad de quien se sabe no autosuficiente, sino necesitado. Esa ayuda podrá verificarse de muchos modos complementarios entre sí: a través de la dirección espiritual, de la confesión, de un amigo que nos da un determinado consejo, de unas clases que amplíen los conocimientos doctrinales, de un buen libro, etc.

«Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior.

»Por eso es Voluntad de Dios que la dirección de la nave la lleve un Maestro, para que, con su luz y conocimiento nos conduzca a puerto seguro»(20).

Habría que volver a recordar la importancia de la sinceridad al hablar de dirección espiritual, y sería bueno recordar que siendo sinceros con nosotros mismos, no será difícil –aunque cueste– serlo con el director, porque a la dirección espiritual o se va con absoluta sinceridad o no se va: la comedia no tendría sentido.

La confesión es la culminación de la dirección espiritual, por la cual Dios nos da su gracia para vencer en la lucha diaria. La confesión nos perdona los pecados y nos consigue una conciencia recta porque consagra y diviniza nuestro deseo de rectificar.

«En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (CEC, 1458).

d) Formación a través de la lectura

Es obvio que si la Iglesia es la depositaria e intérprete auténtica de la verdad revelada, nuestro primer medio de formación será el estudio de los documentos del Magisterio, y de otros libros con buena doctrina, avalados por la autoridad eclesiástica competente. Y entre éstos, no estará de más que repasemos, de vez en cuando, las verdades fundamentales de nuestra fe, contenidas en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Al hablar de la lectura de libros –tan necesaria–, no es superfluo considerar que es necesario un buen asesoramiento antes de leer un libro, para que ese libro ayude efectivamente a iluminar la conciencia y no a oscurecerla. Terminamos con unas palabras tremendamente actuales sobre esta necesidad de formación:

«La enseñanza de la religión ha de ser libre, aunque el cristiano sabe que, si quiere ser coherente con su fe, tiene obligación grave de formarse bien en ese terreno, que ha de poseer –por tanto– una cultura religiosa: doctrina, para poder vivir de ella y para poder ser testimonio de Cristo con el ejemplo y con la palabra»(21).

19. Beato Josemaría Escrivá, Camino, Rialp, Madrid, nº 382.

20. Ibid, nº 59.

21. Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, o. c.

Manifestaciones del respeto hacia todos





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El respeto
lleva a tratar a cada persona con la misma consideración con la que uno espera ser tratado.

La burla, el desprecio, son faltas de respeto hacia uno mismo y hacia los demás. La virtud del respeto tiene muchas manifestaciones, y se conjuga con muchas virtudes, como las siguientes:


  • La amabilidad con todos, sin distinción, sea cual sea su situación, posición social, trabajo, carácter, sin poner en evidencia los defectos de los demás: su incultura, su torpeza, su inexperiencia, etc.
  • La puntualidad, que manifiesta respeto hacia el tiempo y las actividades de los demás.
  • La lealtad, que lleva a no criticar nunca, y menos de espaldas al interesado. Curiosamente, señala Isaacs, hay personas que se molestan muchos si se enteranque las han criticado, y que critican a otras a sus espaldas.

    Esa lealtad se extiende también a los profesores, porque ser alumno no es una excusa para hablar mal de ellos.

  • La versatilidad, que lleva a tratar a cada persona diferente de modo diferente; a cada uno como debe ser tratado según su situación

    • Todos los hombres y mujeres merecen respeto, pero no hay que manifestárselo del mismo modo. Ese igualitarismo en el trato significaría una falta de respeto hacia la personalidad de cada uno, porque todos somos hijos de Dios, iguales en dignidad, pero no iguales en circunstancias.
    • Por tanto no se debe tratar igual a un anciano que a un niño; a un enfermo igual que a una persona sana; a un mujer embarazada que sube al autobús igual que a un joven de veinte años que viene de hacer deporte.
    • Las novatadas, la burla hacia el “nuevo” son una gran falta de respeto hacia el recién llegado
  • La caridad, que lleva a no encasillar, criticar, ridiculizar, injuriar. El respeto lleva a no clasificar a nadie, ni “encasillarlo” de forma permanente: éste es un frívolo irremediable; ése es un vago que nunca cambiará. Lleva también a no tratar a nadie como un caso o un número más, y no como a un hijo de Dios.
  • La caridad y el respeto llevan también a no ridiculizar nunca a ninguna persona: en clase, en el deporte, etc. Esto se aplica también a los profesores (no utilizar motes si son despectivos o hirientes); a los políticos y personalidades públicas (no difundir bulos, insultos, etc).
  • – Un borracho, una persona desiquilibrada que camina por la calle, un criminal, etc., merecen siempre respeto por el hecho de ser hijos de Dios, aunque con sus actos no se hagan merecedores en algún momento de ese respeto.

  • El buen humor, que debe conjugarse con el respeto. El verdadero buen humor es compatible con el respeto. Una persona con buen humor es aquella que ha aprendido a reirse con los demás y no a reirse de los demás; que no hace bromas que hieran, y sabe descubrir las bromas que alegran al otro.

Constituye siempre una falta de caridad y de respeto reirse de los fallos y defectos ajenos. Por eso conviene estar atentos a comentarios, chistes y pelícilas que circulan en la red, para no caer en:

— bromas de carácter racista.

— juicios denigrantes de las personas por su país o lugar de procedencia;

—bromas sobre las deformidades o taras físicas o psíquicas (enanismo, tartamudez, ceguera, etc.).

— cualquier manifestación irrespetuosa un sentimiento religioso, una convicción noble, una orientación política, profesión, opción cultural respetable, etc.

Por ejemplo: ridiculizar el ayuno de los musulmanes o el modo de orar de los judíos; descalificar por principio a todas las personas de un determinado partido político; insultar a colectivos profesionales, etc.