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Un fruto de la fortaleza de espíritu: la audacia de los hijos de Dios, la acometividad y la valentía que nace de la humildad

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La valentía es una virtud que nos ayuda superar los numerosos miedos que acechan nuestra vida

  • ¿Qué es el miedo? Es el rechazo ante un mal presente o futuro. La Real Academia de la Lengua lo define como la “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o un mal que realmente amenaza o que se finge en la imaginación”.
  • Todos experimentamos miedos, por motivos reales o imaginarios. Hay miedos de muchos tipos. Los estudiantes sienten miedo antes de los exámenes finales y las oposiciones; los futbolistas, al tirar un penalti decisivo; los actores de teatro padecen el llamado “miedo escénico” antes de salir a actuar…
  • Los Apóstoles tuvieron miedo cuando estaban en la barca, en mitad del temporal, a pesar de que Jesús estaba con ellos.
  • Pedro tuvo miedo de hundirse, cuando Jesús le pidió que se acercase caminando sobre las aguas… ¡a pesar de que ya había dado unos pasos sobre el agua del lago!Esto prueba que el miedo está relacionado con la falta de fe. Cuanta más fe en el Señor tengamos menos miedo padeceremos, más valientes y fuertes de espíritu seremos.
  • Hay diversos tipos de miedo:
  • Miedo al dolor. Es una experiencia universal. Pero hay que dominar ese miedo,cuando llega y no podemos evitarlo por medio de las medicinas, ahondando en el sentido sobrenatural del dolor. El dolor, cuando se acepta por amor de Dios, nos une a Dios.Recomienda la Escritura: “Sé fuerte, ten animo. No temas ni te asustes, porque el Señor tu Dios está contigo” (Jos 1,9).

    El dolor, cuando se descubre su sentido purificador, nos hace mejores, más humanos, humildes y comprensivos. Dice un psicólogo: “En la escuela del sufrimiento y de la soledad, de los fracasos, de los desengaños, nos curamos de nuestra profunda y enraizada soberbia y nos inclinamos amorosamente hacia los demás.”

  • Miedo al futuro. Es un miedo habitual en la vida del hombre. La fortaleza cristiana ayuda al cristiano a vivir en el presente, sin escapismos, con la mente puesta en el día de cada día, con ilusión, confiando el pasado a la misericordia de Dios, y poniendo el futuro en sus manos.
    Hay que saber aceptar la realidad de nuestra vida: el futuro es imprevisible y a menudo, desconcertante.

    La imaginación desordenada, la “loca de la casa”, según santa Teresa, agranda el miedo al futuro y engendra miedos, desesperanzas y desánimos. Ante esa tentación, hay que confiar en Dios, sabiendo que nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas.

    Le escribía santo Tomás Moro a su hija Margarita desde la Torre de Londres: “anímate, hija mía, y no te preocupes por mí, pase lo que me pase en este mundo. No puede suceder nada que no esté permitido por Dios. Cualquier cosa que quiera, aunque nos parezca un mal, es lo mejor para nosotros”.

    No tiene sentido, por tanto, ponerse a estudiar y empezar a pensar en las posibles dificultades del día de mañana: ¿aprobaré? ¿Me suspenderán? ¿Y si me pongo enfermo durante los exámenes? Como recuerda el Evangelio cada día tiene su propio afán. Hay que renovar la confianza en Dios día tras día.

    A veces podemos temer las “dificultades futuras”, olvidando que en este momento no contamos con las gracias que el Señor nos concedería en el futuro, si esas dificultades se dieran realmente en nuestra vida.

  • Miedo al que dirán

Es el miedo de los respetos humanos: miedo a perder nuestra imagen, nuestra fama. Lleva a la cobardía de dejarse vencer por los respetos humanos si falta la reciedumbre en el hablar.

Reciedumbre y entereza ante las dificultades: comenzar y recomenzar, no desanimarse ante los propios fallos…

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  • Reciedumbre en el callar.
  • Reciedumbre y valentía en el hablar, como san Juan Bautista a Herodes

Los respetos humanos

Hay dificultades interiores y exteriores. Una de las mayores dificultades del cristiano es el miedo, la cobardía a la hora de confesar su fe con palabras y obras.

Ese miedo a confesar a Cristo se denomina respetos humanos.

  • San Juan Crisóstomo: «Lo que hay que temer no es el mal que digan contra vosotros, sino la simulación de vuestra parte; entonces sí que perderíais vuestro sabor y seríais pisoteados. Pero si no cejáis en presentar el mensaje con toda su austeridad, si después oís hablar mal de vosotros, alegraos. Porque lo propio de la sal es morder y escocer a los que llevan una vida de molicie. Por tanto, estas maledicencias son invetibles y en nada os perjudicarán, antes serán prueba de vuestra firmeza»
    • Los respetos humanos se vencen con amor de Dios.En su obra “Diálogo de Carmelitas” Bernanos cuenta la historia de dieciséis carmelitas mártires, que fueron ejecutadas durante la Revolución francesa. Una de ellas era una chica joven, Blanca, que había entrado en el convento porque tenía miedo a ser infiel a Dios en medio de la sociedad mundana.

      Sin embargo, durante su estancia en el convento comenzó la persecución religiosa y se le planteó el dilema: debía elegir entre la traición a Dios o el martirio por Dios. Huyó, avergonzada, llena de miedo y de respetos humanos.

      Pero luego recapacitó; le pidió fortaleza a Dios y al final se unió de nuevo a su comunidad y sufrió martirio en el cadalso tras de ellas, entregandosu vida por Jesucristo.