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Algunos párrafos del artículo La Castidad y los Jóvenes de Mikel Santamaría Palabra, 442-443, IV-01 (217)

La explicación de la verdad y el bien en el campo de la sexualidad a los jóvenes incluye una dificultad intrínseca. Así ha sido siempre, por distintas razones.

En primer lugar, porque cada persona tiene una distinta sensibilidad, entorno cultural y amistades, que exigen un ritmo y un lenguaje diferentes en cada caso.

Segundo, porque la distancia generacional hace que sea bastante difícil hacerse cargo de cuáles son esos entornos de experiencia. En tercer lugar, porque el análisis filosófico y teológico del sentido de la sexualidad es relativamente reciente, y todavía está por desarrollar.

En el momento actual, a las dificultades de siempre se añade una razón más: la degradación acelerada del ambiente moral -y, en particular, el sexual- hace que los padres y educadores estén muy alejados de la experiencia lingüística y visual de sus interlocutores.

En la mayoría de los casos sucede que las palabras de contenido sexual tienen un significado y unas resonancias afectivas muy diversas en la persona que habla y en la que escucha. De modo que resulta difícil saber cuál es el tipo de lenguaje que se ha de usar en cada caso.

Sería malo emplear un lenguaje que sea percibido como grosero o «guarro», pues escandalizaría al interlocutor y sería contrario al modo correcto de vivir la sexualidad. Pero sería igualmente malo usar un lenguaje que se perciba como pacato o «estrecho», pues haría imposible todo diálogo posterior y transmitiría un doble mensaje implícito, tremendamente dañino: o el sexo es algo sucio de lo que la gente buena no puede hablar, o el que me habla no controla el tema y me tengo que buscar otras fuentes de información.

La única manera de detectar el tipo de lenguaje adecuado es hacer que el otro hable lo más posible, que diga lo que sabe, lo que ha visto u oído, lo que le inquieta, lo que no entiende o le ha llamado la atención. Así descubriremos cuál es el lenguaje que, para él, es «normal». Porque, cuando hable con nosotros, normalmente no va a utilizar el lenguaje que considera «guarro», sino el que entiende como «normal» y «bueno». Así podremos situamos, rectificar lo necesario y comunicamos adecuadamente.

Hay que percatarse de que no es nuestra sensibilidad la que marca el nivel de lo delicado, lo normal y lo grosero, sino la sensibilidad del interlocutor. Las palabras no tienen un significado permanente, sino que van cambiando con el tiempo. Y lo que cambia aún más rápidamente son las resonancias afectivas y las asociaciones implícitas que cada palabra contiene.

Palabras que eran inocentes, adquieren connotaciones morbosas. Y otras, que sonaban a morbosas, han perdido resabios negativos. Estas asociaciones y resonancias, que determinan el nivel «moral» -delicado o grosero- del lenguaje, suceden en el interior de nuestro interlocutor y dependen de cuál sea su entorno.

Lo que se hace o dice habitual y abiertamente en la calle, en la televisión o en la escuela, es percibido -de entrada- como normal y bueno. Y no incluye resonancias afectivas negativas, «guarras» o «poco delicadas». Otra cosa es que sea bueno. Pero, si es malo, habrá que explicarlo con naturalidad y claramente, tal y como ha sido recibido por nuestro interlocutor en su ambiente habitual.

Sería un error técnico sin arreglo pretender transmitir cómo es y se vive adecuadamente la sexualidad y, a la vez, en ese mismo diálogo, pretender establecer cuál es el tipo de lenguaje que nuestro interlocutor «debe» considerar delicado o grosero. Es imposible alcanzar estas dos metas al mismo tiempo. Y sobre todo: lo que, de hecho, él percibe como normal o grosero, no lo establece nuestro discurso verbal, sino su experiencia vital.

Alguien podría objetar:

– ¡Pero es que el ambiente está muy mal, y no se puede ceder!

Yo le respondería:- Sí, efectivamente, no se puede ceder en vivir con delicadeza la virtud, pero los modos concretos de lo que afecta o no afecta a la sensibilidad y a la virtud cambian de hecho con la experiencia que cada uno posee. Según las distintas sensibilidades, se darán distintos modos de vivir la misma virtud de un modo igualmente delicado.

No aceptar esa realidad trae consigo ineficacia a la hora de transmitir la doctrina y de ayudar a vivir con delicadeza la virtud. Sin darnos cuenta, podría parecer que estamos explicándole cómo moverse elegantemente en una reunión de sociedad, cuando lo que necesita es aprender cómo agarrarse a las piedras para resistir un viento huracanado.

Posibles conclusiones

  • Sería equivocado hablar de forma impura al intentar enseñar la virtud de la pureza.
  • Se puede enseñar a vivir esta virtud hablando con claridad, pero sin caer en lo morboso.
  • Por esta razón, los padres y educadores cristianos siempre han tenido en cuenta que existen aspectos en la educación de esta virtud que, por su misma naturaleza, no se deben tratar en público, de modo indiscriminado con varias personas:

    — porque esos aspectos forman parte de la intimidad de la persona, de cada persona.

    — porque no es prudente que esos aspectos sean conocidos por jóvenes no hayan alcanzado cierta madurez.

    — porque se puede estimular, imprudentemente, una curiosidad malsana.

  • El hecho de que el lenguaje actual sea más explícito en estos temas y que las conductas inmorales estén más difundidas, deben llevar a los padres y educadores a actuar con un profundo sentido del equilibrio, que conjugue la claridad con la delicadeza; el sentido común con la visión sobrenatural.
  • El enfoque debe ser genuinamente cristiano; es decir: positivo, esperanzado, animante y limpio. No tendría sentido caer en la casuística; en la amenaza o el derrotismo. Siguiendo la tradición de la Iglesia, al tratar de cuestiones relacionadas con la castidad, conviene no detenerse más de lo imprescindible en la descripción de conductas pecaminosas.
  • Hablar en presencia de la Virgen. A los padres y educadores cristianos puede servirles recordar que la Madre de Dios es Madre del Amor Hermoso. Si recurren a la Virgen y hablan de estos temas en su presencia, Santa María les ayudará a encontrar la expresión adecuada, clara, delicada y precisa.
  • Puede ser un buen punto de partida para algunos padres y educadores la lectura del Vademecum para los confesores sobre moral conyugal (12-II-1997), del Consejo Pontificio para la Familia.

CONSECUENCIAS DEL DESPRECIO DEL PUDOR

Por otro lado, al acostumbrarse a ir con la casi totalidad del cuerpo desnudo en lugares que ciertamente la situación psicológica requiere brevedad de ropa, cuando la preocupación por el pudor es nula, difícilmente surgirá el sentido del pudor en los lugares en los que, sin lugar a sutiles disquisiciones, su ausencia desencadena irremediablemente la lujuria.

Por tanto, si, por ejemplo, para practicar un deporte es necesario y conveniente abreviar el vestido, no por ello cabe despreocuparse del pudor. Porque si uno no se preocupa ahí (no hablo de obsesionarse, sino de ocuparse), poco a poco se irá despreocupando de él cualquiera que sea la situación en que se encuentre: se reprimirá cada vez más el sentido del pudor, hasta que su voz sea poco menos que imperceptible, del mismo modo que uno puede acostumbrarse al fraude, al robo y hasta al asesinato, lo cual no es precisamente un bien para la persona ni para la sociedad…

En el enorme y vivo engranaje que constituye la vida social, cada pieza debe estar bien ajustada en el lugar que le corresponde, de lo contrario todas las relaciones sociales se van desquiciando, o se resienten al menos del desajuste particular.

El pudor es una pieza, que puede parecer insignificante, pero de ella depende en gran medida el control de los impulsos sexuales, los cuales, una vez desbocados, convierten a los hombres en bestias salvajes, depredadores o apresados, esclavos, porque — a pesar de lo que los ingenuos suelen creer — en la selva no hay libertad ni cosa parecida: allí impera la ley del más fuerte y esa ley no parece ser la más adecuada a la justicia de que tanto se blasona, y mucho menos a la caridad verdadera, de la que tan escasos andamos, también porque no se halla bien ajustada esa pieza al parecer insignificante que es el pudor.

Esta conexión que acabo de sugerir, entre la procacidad –pérdida del pudor y de su sentido — y salvajismo (anarquía, asesinato de inocentes, aborto voluntario, etc.) y las más importantes lacras que padece hoy nuestra sociedad; esa conexión que puede parecer ilusoria por la aparente desproporción entre causa y efecto, es muy real y convendría reflexionar sobre ello.

En efecto, si — como hemos visto — el pudor es la reserva peculiar de lo íntimo; si es requisito indispensable para que el yo, la persona, se conserve para sí en toda su riqueza, ya que de otro modo se pierde, se esfuma; si la procacidad diluye el carácter personal de las relaciones humanas, entonces cabe concluir — como Jacinto Choza en su ensayo La supresión del pudor, signo de nuestro tiempo –, la fe está perdida: Si la intimidad personal, dice Choza, está disuelta, el ateísmo es inevitable, porque el encuentro con Dios se realiza siempre en el centro mismo de la intimidad personal. ¿Cómo va a tratar a Dios — Ser personal en grado sumo — quien se halla habituado a tratar de un modo prácticamente impersonal a sus semejantes e incluso a sí mismo?

Sí, se puede frecuentar una playa donde la indumentaria general sea máximamente breve, sin cometer allí pecados actuales de lujuria. Pero, de hecho, es muy difícil y por la razón apuntada, la intimidad personal va perdiendo fuerza, vigor, estima, y en esa medida, enflaquecida la vida interior, se dificulta más y más la relación con Dios, que habría de ser cada vez más íntima y personal. Por lo demás, perdido el pudor, las sanas costumbres, la delicadeza en el trato entre unos y otras se pierde también; y la conducta — como es bien sabido –, cuando no se ajusta a la fe, la erosiona hasta el punto de poder eliminarla por completo.

En principio, pues, exceptuando las circunstancias en que la pasión queda vivificada por el espíritu (el amor limpio del matrimonio) o por el dolor (la curación de la enfermedad), o por el arte (sin subterfugios hipócritas), el desvelamiento de las unidades anatómicas aludidas, es, para el hombre o la mujer, una manera de despersonalización voluntaria, y una grave falta de respeto a la dignidad personal y a la personal dignidad de los demás. Es como bajar a un nivel infrahumano hasta reducirse al estado de cosa y objeto (mujer objeto, hombre objeto), instrumento de mero placer sensual. En fin de cuentas, prostitución, aunque no tenga lugar el consabido comercio carnal, pues hay muy diversas formas de prostituirse, y no es la menos grave la que resulta de convertirse a uno mismo en pornomanifestación, para todo el que pase por delante.