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Dios llama por caminos muy diversos, no siempre los previstos por los padres


“Queridos jóvenes, quisiera deciros a cada uno: si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles (…) Hay —lo sabéis bien— una gran necesidad de vocaciones (…) de laicos comprometidos que sigan más de cerca de Jesús (…) La Iglesia se dirige a vosotros, jóvenes, y si el fruto de esta oración de la Iglesia llega a nacer en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: Sígueme. No tengáis miedo y dadle, si os lo pide, vuestro corazón y vuestra vida entera” (Juan Pablo II, Cochabamba, Bolivia, 11.V.1988).

Cuando se conoce la llamada de Dios, se conoce el sentido de la propia existencia. Con la llamada, se descubren los planes que Dios tiene para cada uno: para los hijos y para los padres. La felicidad, de los padres y de los hijos, depende del cumplimiento de los planes de Dios, que nunca encadenan, sino que potencian al hombre, lo desarrollan, lo dignifican, ensanchan su libertad, lo hacen feliz.

Reducir la vida cristiana a un conjunto de cumplimientos sin espíritu

Reducir la vida cristiana –que es el seguimiento y la identificación con la Persona de Cristo- a un conjunto de cumplimientos sin espíritu; a la simple observancia de unos códigos externos de conducta; al cumplimiento de unas tradiciones, costumbres, criterios y disposiciones del Magisterio, etc.

Esa visión confunde la vida cristiana con un mero acatamiento voluntarista, que tiende a concebir la identificación con Cristo como un logro personal: considera la santidad como la coronación de una meta, a la que se accede tras superar dificultades cada vez más arduas.

Y la santidad -conviene recordarlo- no es “el simple resultado” del esfuerzo personal: la regala Dios con la Gracia, a la persona humilde que deja obrar en su alma al Espíritu Santo.

El voluntarismo acaba llevando al desaliento y a la pérdida de la confianza en Dios, y se olvida este principio que señala San Bernardo en sus Sermones sobre el Cantar de los Cantares. 61, que, no seré pobre en méritos, mientras El no lo sea en misericordia.