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14. Flexibilidad:

lleva a:
distinguir entre personas y las acciones de esas personas (los errores no tienen derechos, las personas equivocadas sí);

a saber acomodar los principios a las situaciones, sin rigidismos: por ejemplo una persona puntual sabe que en ocasiones -por exigencias de la caridad, por ejemplo- lo ordenado es llegar tarde. Si tiene que llegar urgentemente a un lugar y se encuentra con un accidente en la calle donde debe ayudar a los otros, el sentido de la flexibilidad -de la caridad, de la solidaridad- le llevará a modificar su horario.

cultivar la autocrítica, que nos lleva a ser conscientes del valor relativo de nuestras propias opiniones, sin convertirlas en dogmas inamovibles.

pasar por alto las menudencias de la vida

a servirse de las pautas y los criterios de la vida, sin dejarse ahogar por ellos, discerniendo el modo de aplicarlos en cada momento para llevar a cabo el propio proyecto de vida. Es bueno seguir una pauta, un criterio de vida,vivir el orden, por ejemplo. Pero la persona flexible sabe acomodar cada pauta, cada criterio a las situación en la que se encuentra, sin rigidismos y sin hacer continuas excepciones.

Tener un proyecto personal no supone tener un catálogo pormenorizado de normas a seguir. No es éste el camino para alcanzar una personalidad madura. El formalismo está muy lejos de la madurez.

Hay personas tan reglamentadas que cuando uno está con ellas tiene la impresión de que más que pensamientos propios tienen criterios a seguir: criterios fríos, desvinculados de la realidad, en donde la persona cuenta poco, porque lo único importante es que el orden lo presida todo. (…)

Los proyectos personales requieren necesariamente reflexiones interiorizadas, que después se convierten en convencimientos personales. Sólo el que es fiel a sí mismo puede llegar a ser él mismo. (M. A. Martí. La Madurez)

Reducir la vida cristiana a un conjunto de cumplimientos sin espíritu

Reducir la vida cristiana –que es el seguimiento y la identificación con la Persona de Cristo- a un conjunto de cumplimientos sin espíritu; a la simple observancia de unos códigos externos de conducta; al cumplimiento de unas tradiciones, costumbres, criterios y disposiciones del Magisterio, etc.

Esa visión confunde la vida cristiana con un mero acatamiento voluntarista, que tiende a concebir la identificación con Cristo como un logro personal: considera la santidad como la coronación de una meta, a la que se accede tras superar dificultades cada vez más arduas.

Y la santidad -conviene recordarlo- no es “el simple resultado” del esfuerzo personal: la regala Dios con la Gracia, a la persona humilde que deja obrar en su alma al Espíritu Santo.

El voluntarismo acaba llevando al desaliento y a la pérdida de la confianza en Dios, y se olvida este principio que señala San Bernardo en sus Sermones sobre el Cantar de los Cantares. 61, que, no seré pobre en méritos, mientras El no lo sea en misericordia.