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Buscar en todo la Voluntad de Dios. Dirección y acompañamiento espiritual

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Confiar como niños en nuestro Padre Dios, que nos quiere como somos.

Párrafos del libro La libertad interior de Jacques Philippe La libertad de ser pecadores, la libertad de ser santos

Cuando nos descubrimos a nosotros mismos a la luz de la mirada divina -un descubrimiento maravilloso-, experimentamos una gran libertad; una doble libertad, podríamos decir: la de ser pecadores y la de ser santos.

En cuanto a la primera, evidentemente no significa que seamos libres de pecar tranquilamente y sin consecuencias (eso no sería libertad, sino irresponsabilidad); me refiero más bien a que nuestra condición de pecadores no nos aniquila, que de alguna manera tenemos «derecho» a ser miserables, derecho a ser lo que somos. Dios conoce nuestras debilidades y nuestras flaquezas, pero no nos condena ni se escandaliza de ellas.

Como se apiada un padre de sus hijos, se apiada Yavé de los que lo temen; Él sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo’. Con la mirada que posa sobre nosotros, Dios nos invita a la santidad y nos estimula a la conversión y al progreso espiritual, pero sin provocar nunca la angustia de no llegar, esa «presión» que sentimos a veces bajo la mirada de los demás o en el modo en que nos juzgamos a nosotros mismos: nunca estamos del todo bien, nunca suficientemente de tal manera o de tal otra; el descontento de nosotros mismos es permanente y nos consideramos culpables de no haber respondido a esa expectativa o a aquella norma.

No debemos sentimos culpables de existir (como les ocurre a muchos, a menudo de una manera inconsciente) porque seamos unos pobres pecadores. La mirada que Dios nos dirige nos autoriza plenamente a ser nosotros mismos, con nuestras limitaciones y nuestra incapacidad; nos otorga el «derecho al error» y nos libera de esa especie de angustia u obligación, que no tiene su origen en la voluntad divina, sino en nuestra psicología enferma, y que con frecuencia hace presa en nosotros: la obligación de ser, al fin y al cabo, otra cosa distinta de la que somos.

En nuestra vida social sufrimos frecuentemente la tensión constante de responder a lo que los demás esperan de nosotros (o a lo que nos imaginarnos que esperan de nosotros), lo cual puede acabar resultando agotador. Nuestro mundo ha desechado el cristianismo, sus dogmas y sus mandamientos bajo el pretexto de que es una religión culpabilizadora, cuando nunca hemos estado más culpabilizados que hoy en día: todas las jovencitas se sienten más o menos culpables de no ser tan atractivas como la última «top-model» del momento, y los hombres de no tener tanto éxito como el dueño de Microsoft…

Los modelos propuestos por la cultura contemporánea son mucho más gravosos de imitar que la llamada a la perfección que nos dirige Jesús en el Evangelio: Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Pues mi yugo es suave y mi carga ligera 29.

Bajo la mirada de Dios nos sentimos liberados del apremio de ser «los mejores», los perpetuos «ganadores»; y podemos vivir con el ánimo tranquilo, sin hacer continuos esfuerzos por mostramos como en nuestro mejor día, ni gastar increíbles energías en aparentar lo que no somos; podemos -sencillamente- ser como somos. No existe mejor técnica de relajación que ésta: aporyamos como niños pequeños en la ternura de un Padre que nos quiere como somos.

Vemos tanta dificultad en aceptar nuestras flaquezas porque pensamos que éstas nos incapacitan para el amor: como fallamos en tal punto y en tal otro, no merecemos ser amados. Vivir bajo la mirada de Dios nos hace percibir la falsedad de esta idea: el amor es gratuito y no se merece, y nuestras debilidades no impiden que Dios nos ame, sino al contrario. Nos hemos liberado de una obligación desesperante y terrible: la de ser personas de bien para ser amadas.

Sin embargo, la mirada de Dios, al tiempo que nos autoriza a ser nosotros mismos, pobres pecadores, nos permite también toda clase de audacias en nuestra lucha hacia la santidad: tenemos derecho a aspirar a la cima, a desear la más alta santidad, porque Dios puede y quiere concedérnosla. Él jamás nos encierra dentro de nuestra mediocridad, ni nos condena a una triste resignación; siempre conservamos la esperanza de progresar en el amor.

Dios es capaz de hacer del pecador un santo: su gracia puede hacer realidad ese milagro y hay que tener una fe sin límites en el poder de su amor. La persona que todos los días cae y, a pesar de ello, se levanta diciendo: «Señor, te doy gracias porque estoy seguro de que harás de mí un santo», agrada enormemente al Señor, más pronto o más tarde, recibirá lo que espera de El.

Por lo tanto, nuestra actitud ante Dios ha de ser ésta: una sosegada y «distendida» aceptación de nosotros mismos y de nuestras debilidades, a un tiempo unida a un inmenso deseo de santidad, a una firme determinación de progresar, apoyados en una ¡limitada confianza en el poder de la gracia divina. Una doble actitud magníficamente expresada en el siguiente pasaje, tomado del diario espiritual de Santa Faustina:

«Deseo amarte más de lo que nadie te haya amado nunca. A pesar de mi miseria y mi pequeñez, he anclado firmemente mi alma en el abismo de tu misericordia, ¡Dios mío y Creador mío! A pesar de mis grandes miserias, no temo nada y albergo la esperanza de cantar eternamente mi canto de alabanza. Que ningún alma -ni siquiera la más miserable- dude, mientras siga con vida, de poder ser muy santa. Porque grande es el poder de la gracia divina».

El trabajo, como expresión del amor

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El trabajo, expresión del amor.

IV Capítulo de la Encíclica Redemptoris Custos,

de Juan Pablo II


22. Expresión cotidiana de este amor en la vida de la Familia de Nazaret es el trabajo. El texto evangélico precisa el tipo de trabajo con el que José trataba de asegurar el mantenimiento de la Familia: el de carpintero. Esta simple palabra abarca toda la vida de José. Para Jesús éstos son los años de la vida escondida, de la que habla el evangelista tras el episodio ocurrido en el templo: “Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos” (Lc 2, 51).

Esta “sumisión”, es decir, la obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida también como participación en el trabajo de José. El que era llamado el “hijo del carpintero” había aprendido el trabajo de su “padre” putativo. Si la Familia de Nazaret en el orden de la salvación y de la santidad es ejemplo y modelo para las familias humanas, lo es también análogamente el trabajo de Jesús al lado de José, el carpintero.

En nuestra época la Iglesia ha puesto también esto de relieve con la fiesta litúrgica de San José Obrero, el 1 de mayo.

El trabajo humano y, en particular, el trabajo manual tienen en el Evangelio un significado especial. Junto con la humanidad del Hijo de Dios, el trabajo ha formado parte del misterio de la encarnación, y también ha sido redimido de modo particular. Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la redención.

23. En el crecimiento humano de Jesús “en sabiduría, edad y gracia” representó una parte notable la virtud de la laboriosidad, al ser “el trabajo un bien del hombre” que “transforma la naturaleza” y que hace al hombre “en cierto sentido más hombre”

La importancia del trabajo en la vida del hombre requiere que se conozcan y asimilen aquellos contenidos “que ayuden a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación en su triple misión de sacerdote, profeta y rey”.

24. Se trata, en definitiva, de la santificación de la vida cotidiana, que cada uno debe alcanzar según el propio estado y que puede ser fomentada según un modelo accesible a todos:

San José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a grandes destinos; san José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan “grandes cosas”, sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas“.

4. Por el Reino de los Cielos

Con frecuencia, el celibato es considerado como una “soltería por el reino de los cielos”. Esto significa algo así como: quien se decide por el amor de Dios manifiesta así el Reino de Dios. En su existencia física, toma anticipadamente lo que a todos los hombres les será otorgado en la Resurrección futura,[9] ya que, luego de la Resurrección, “no se casarán y serán como ángeles del cielo”.[10] De esta manera, se hace “testigo profético, en el tiempo, de ese mundo futuro donde habita la justicia”.[11]

Un cristiano vive con la mirada hacia el futuro, se orienta hacia un porvenir que no puede ser mejor, hacia el cielo. El cielo es la plenitud del bien, que el hombre ahora en su vida sobre la tierra y del cual aquí sólo puede participar. Es, por así decirlo, la plenitud de la recompensa divina.[12] “Por esta razón -explica un teólogo-, el gusto por la felicidad, el confiado optimismo, la alegría frente a la magnanimidad … no pertenecen además al cristianismo, sino que determinan totalmente la realidad cristiana, como la perspectiva y orientación hacia adelante, como la aurora de un día muy esperado”.[13]

El cristiano no tiene ningún motivo para estar abatido, triste o desanimado, para conformarse con el status quo, para aceptar las cosas tal “como están” y no tener ninguna esperanza.

No obstante, quien se decide por el celibato no sólo pone de manifiesto un mundo futuro, sino que más que nada, da testimonio de que el futuro ya ha comenzado hoy y aquí. Esperar, en sentido cristiano no significa que uno se dirija hacia algo que podría ocurrir, sino que señala más bien algo que desea vivamente y que, en cierto sentido, ya se posee de un modo imperfecto y provisorio. De acuerdo a un conocido principio teológico, la presencia de Dios, de la cual vive quien tiene esperanza, es ya “el comienzo de la gloria”.[14]

De tal manera que, para un cristiano, la vida eterna está, en la tierra, misteriosamente presente. ¡Dios nos ha prometido la felicidad, que comienza en esta vida! El amor de Dios no sólo es deseado y esperado, sino que se experimenta aquí. Los novísimos arrojan luces y sombras. Depende de nosotros descubrir, paulatinamente esas luces. Sólo cuando las hayamos descubierto todas, nuestro deseo de felicidad se encontrará completamente satisfecho.

El celibato “por el Reino de los Cielos” nos da un sabor anticipado de la felicidad eterna, pues comprende la dimensión más profunda y existencial de la humanidad y nos permite percibir algo de la vida en plenitud que nos quiere dar Cristo.

Sin duda, es una forma de vivir que, tal como el matrimonio, conduce a una madurez afectiva de la persona. Entonces, ¿quién puede renunciar al amor matrimonial? ¿Quién puede suponer que no necesita el apoyo de una pareja? Ciertamente, sólo aquél a quien Cristo invita y llama personalmente.

El celibato voluntario es una vocación cristiana, que no se puede “ganar”. Sólo Dios puede regalarla, en una demostración de su amor libre, generoso y magnánimo.

No obstante, todo cristiano debería estar dispuesto a aceptar este regalo, este don. Si una persona escucha la llamada de Dios, debe tener la audacia de abandonar la posición que se ha forjado, la vida que ha planeado, para entregarse del todo a la Divina Providencia. “Al detenerse, si se oye su llamada, en medio de todas las obligaciones y los deberes más apremiantes, al dejar de lado todo, da lo mismo lo que se haya tenido entre manos, para dedicarle a El una mirada…, ese es un acto de amor de adoración sin límites”.[15]

Cuando un ser humano se sabe amado por Dios, cuando acepta la gracia del celibato cristiano y actúa en consecuencia, experimenta cada vez más claramente que el celibato, más que una renuncia, es un regalo, más que indigencia, es riqueza. Entonces entiende que es enteramente comprendido y protegido por Dios, en quien puede confiar y contarle todo lo que le sucede. Sí, una vida con Cristo es la felicidad más grande que se puede desear.

Un benedictino alemán señala: “¿Dónde me siento a gusto? ¿Allí donde me he establecido? ¿Allí donde hay seres queridos, con los que puedo platicar? ¿O me siento a gusto con Dios? Viviré bien el celibato si me siento feliz con Dios”.[16]

[9] Cfr. Juan Pablo II, “Die Erlšsung des Leibes…”, ob. cit., p. 87.

[10] Cfr. Mc 12, 25.

[11] Alvaro del Portillo, “Escritos sobre el sacerdocio”, 2a. edición, Madrid 1970, p. 92.

[12] Cfr. Juan Pablo II, “Die Erlšsung des Leibes…”, ob. cit., p. 116.

[13] Ladislaus Boros, “Im Menschen Gott begegnen”, Mainz 1967, pp. 103 y ss.

[14] Sto. Tomás de Aquino, “Summa Theologiae” II-II, q. 24 a. 3 ad 2.

[15] Dietrich von Hildebrand, “Reinheit und JungfrŠulichkeit, 4a. edición, St. Ottilien 1981, p. 180.

[16] Anselm Grün, “Ehelos – des Lebens wegen”, Münsterschwarzach 1989, p. 57.