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El “corazón”

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  • Para que el corazón (un término que expresa las ilusiones, esperanzas, deseos, etc. del ser humano) sea enteramente de Cristo y vibre con los afanes de Cristo, se necesita vivir con realismo, sin caer en espiritualismos ni angelismos de ningún tipo.
  • Ese realismo profundamente humano lleva a asumir con humildad las enseñanzas de la Iglesia, experta en humanidad. La Iglesia es una Madre Sabia que cuenta con una experiencia de siglos, y nos recuerda que todos estamos abocados al pecado, por muy buenos, por muy “justos” que nos creamos.
  • Nadie está “preservado” del mal. El hombre no es un ángel, sino una criatura capaz de cometer cualquier pecado, que debe acudir con humildad a Dios para que le conceda gracia y fortaleza a la hora de la tentación.
  • Los autores espirituales recuerdan por eso la necesidad de poner la lucha lejos y de guardar el corazón del mismo modo que los que hacen rafting kayak evitan los torbellinos y las corrientes incontroladas; de cortar con decisión con cualquier tentación que aleje de Dios, por muy fiel a su Voluntad que se haya sido durante años.

Andrés, Pablo y Miguel: una conversación sobre el celibato en el bar de la Facultad



Bibliografía de referencia

J. R. García-Morato: Creados por amor, elegidos para amar. Eunsa. Astrolabio.2005


Enseñanzas de Jesucristo sobre el Celibato

Mateo, Capítulo 19

Y sucedió que, cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán, [2] a donde le siguieron grandes multitudes, y los curó allí. [3] En esto, se acercaron a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle: ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo? [4] El respondió: ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra, [5] y que dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? [6]

Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. [7] Ellos le replicaron: ¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla? [8] El les respondió: Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. [9] Sin embargo yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer `a no ser por fornicación` y se una con otra, comete adulterio.

[10] Dícenle los discípulos: Si tal es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse. [11] El les respondió: No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido. [12] En efecto, hay eunucos que así nacieron del seno de su madre; también hay eunucos que así han quedado por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda.


(Andrés estudia Derecho y no es creyente. Miguel estudia Empresariales y ha decidido entregarse a Dios en el celibato. Están charlando en el bar de la Facultad)

Miguel: tu sabes que no creo en Dios. Por eso hay muchas cosas que no entiendo. Por ejemplo: no entiendo el celibato

Te comprendo, Andrés. Sin fe, la entrega a Dios –con o sin celibato- puede parecer una locura.

No entiendo, en concreto, cómo una persona puede vivir célibe. ¿Qué sentido tiene?

Tiene un sentido profundo: el amor y el seguimiento de Jesucristo, que fue perfecto Dios y perfecto Hombre, y vivió célibe. Piensa que el hombre, que fue creado a imagen y semejanza de Dios no es solamente carne, ni instinto sexual.

Es también, y sobre todo, inteligencia, voluntad, libertad; puede dominar los propios apetitos físicos, psicológicos y afectivos, como explica el Catecismo de la Iglesia Católica:La castidad, dice el Catecismo, “debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida:

-a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso;

-a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o celibatarias” .

Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia”.

“El celibato -escribe García-Morato- es una novedad ligada a la Encarnación del Verbo que Cristo asume en su vida “al llegar la plenitud de los tiempos”. Cuando nace Cristo, que lleva a plenitud todo lo humano y todo lo cristiano, lo elige para sí mismo, mostrando un modo de vida necesario en sus planes redentores para relacionarse de manera peculiar con Dios y ser instrumento de salvación para los hombres” (Creados… 53-54)

Los cristianos sabemos que con el Señor lo podemos todo (cfr. Philip. 4, 13). Ese todo incluye vivir en celibato, porque el celibato apostólico es un don de Dios.

El celibato, ¿un don de Dios?

Sí; un don, una gracia. Amar a Dios en celibato apostólico es una gracia: es Dios quien toma la iniciativa.

Es un don que lleva a el encauzamiento hacia Dios de todo el amor que se podrían haber puesto en una persona.

Un don que hace especialmente felices a los que corresponden fielmente a esa gracia.

Yo veo el celibato como una especie de huida, como una renuncia a la vida

No, Andrés: la elección del celibato no puede ser fruto de una huida, de un temor al matrimonio; ni puede ser consecuencia del egoísmo de “no querer complicarse la vida”. Esa cobardía y ese egoísmo son, como señala García-Morato, dos maneras de no saber amar.

“No se trata de una huída -señala este autor- sino de una opción libre y voluntaria, hecha siempre por un motivo sobrenatural – por el Reino de Dios- y como respuesta a un don que Él otorga; no por miedo a la entrega en el matrimonio o por el egoismo de quien no quiere complicarse la vida -que son diversas maneras de no saber amar- sino precisa y únicamente por amor”.

El celibato es mucho más que una renuncia al matrimonio. Vivir célibe no consiste sólo en decir que no al amor humano en el matrimonio, sino en decir que sí a un Amor más grande, capaz de saciar plenamente todas las aspiraciones del corazón humano.

Sucede lo mismo en cualquier elección humana, por el carácter limitado de nuestra libertad: los que se casan con una mujer renuncian a todas las demás.

Pero el corazón humano tiende al ejercicio del sexo, del matrimonio, que el celibato le niega.

Andrés: ¿estás identificando ahora sexo con matrimonio?

Pues… sí.

En ese caso, te resultará muy difícil entender el celibato. Es algo parecido al matrimonio, que no es puro sexo, sino donación de alma y cuerpo.

Sólo si entiendes el matrimonio como donación plena, entenderás que una persona pueda entregar su cuerpo y su alma plenamente a Dios, en un mismo acto de donación.
Si no entiendes esta noción del amor humano, difícilmente comprenderás el don del celibato, ni la hondura de la entrega en el matrimonio.

Entiendo ahora lo que me quieres decir. Yo no pienso que el matrimonio se igual a sexo, lógicamente. Yo iba por otro lado cuando te decía que el corazón humano tiende el ejercicio del sexo. En concreto: ¿no supone el celibato una frustración?

No; no es una fustración, sino una decisión; y una decisión positiva, libre, gozosamente querida. Cada entrega humana supone decir no a determinadas posibilidades para decir sí a otras.

La entrega total a Dios (del alma y del cuerpo, con su pasado, presente y futuro, con sus cualidades y posibilidades) es una decisión que no anula ni frustra ninguna dimensión individual: sería contradictorio que Dios pidiera a alguien una existencia no-humana, imposible e infelíz.

Recuerda que Jesucristo y la Virgen vivieron la virginidad con todo su corazón.

Te lo decía, Miguel, por el hecho de no tener hijos…

Existe una paternidad y una maternidad espiritual real. Además, el deseo de paternidad y maternidad, como escribe García-Morato. “no se refiere sólo al aspecto físico, sino que lo trasciende”. Y cita unas palabras de Karol Wojtyla: “Todos los hombres, aún siendo célibes, están llamados de una u otra forma a la maternidad o a la paternidad espirituales, signo de madurez de la persona”.

“Hasta tal punto es así -afirma García-Morato- que se puede afirmar que un hombre o una mujer célibes que no se realicen como padre o como madre son un fracaso como personas.

La clave del matrimonio o del celibato no reside tanto en la obtención material y cuantificable de una descendencia (paternidad y maternidad, física o espiritual) cuanto en la realización generosa de la disposición de darse completamente a otro o a otros.

O sea, una especie de sublimación

Llámalo así si quieres. De hecho la llamada a la plenitud del amor que se da en el celibato exige elevar, sublimar, lo corporal y lo sensible y entregárselo a Dios…

Excluyendo la sexualidad…

Con un matíz importante: excluyendo el ejercicio de la sexualidad, no la condición sexuada. Yo soy hombre: mi modo de ser persona es la de un hombre; por tanto, viviré mi celibato desde mi condición de hombre, aunque no necesariamente desde la relación sexual corporal.

Y una chica que quiera ser célibe lo vivirá de forma distinta, como una mujer.

Yo no me refería a eso. Lo que quería decirte es que esa represión me parece una especie de sublimación de…

No, perdona que te interrumpa: el celibato no es una represión. Es una entrega plena al amor, a Cristo. La donación total y entera de sí mismo.

Los que se casan, participan de ese amor de Dios -que es su fuente, como señala García-Morato- mediante la donación sexual. A la persona célibe Dios los ha llamado a amarle en exclusiva por que los necesita así.

Es una sublimación, sí; pero no mediante una represión, sino mediante el amor personal y exclusivo con Cristo, que lleva a ser “totalmente” de Dios.

Pero toda persona necesita del sexo para madurar…

No; la experiencia muestra que una personalidad madura puede alcanzarse a través de muchos caminos, no sólo por el camino del matrimonio. La auto-realización del hombre no se agota en ser esposo o padre.

Como la sociedad actual y la historia nos enseñan, unas personas maduran en el matrimonio y otras en el celibato. Hay personas casadas que son inmaduras.

Con el don del celibato una persona va desarrollando una plena madurez humana, tanto en el plano de las ideas como en el de los afectos, que le lleva a tomar conciencia del inmenso valor de toda vida humana (la propia y la de los demás): valemos toda la Sangre de Cristo.

Fíjate en los santos: son un ejemplo de ese equilibrio natural y divino, de esa plenitud personal que deja una profunda huella en la historia del mundo.

Mira: el celibato -por decírtelo claramente- me parece un recorte de la propia personalidad.

Sin embargo, la entrega a Dios en celibato no recorta la propia personalidad, sino que la potencia; lleva a poner todas las cualidades humanas al servicio del máximo ideal: Dios.En esa entrega de amor, la libertad alcanza su pleno sentido y su cumbre más alta.

Y esa relación estrechísima con Dios es la mayor manifestación de la más grande y noble ambición que puede albergar un corazón humano. Con el celibato se está plenamente disponible para cumplir el querer de Dios.

El Evangelio muestra cómo Jesucristo llamó a gente con personalidad, con proyectos. En el diálogo con el joven rico (cfr. Lc.18, 18-24), el Señorle llama a completar su vida, a darle mucho más.

Pero vamos a ver: ¿No te bastaría con dedicarte a Dios unos cuantos años y luego casarte?

Es que el celibato apostólico no es un favor que se le haga a Dios durante unos años, como el que le presta una moto a un amigo para darse una vuelta por el parque. Es una donación total, propia de personas lo suficientemente libres y maduras como para darse cuenta de que pueden entregar todo su ser.

Además, la llamada es una elección divina, no una decisión humana: no soy yo el que decide el tiempo que debo dedicar a Dios; es el Señor el que me pide la vida entera, al tiempo que me concede su gracia.

Del mismo modo, el vínculo matrimonial no es algo temporal, sino permanente: para siempre, mientras viva el otro.

No te ofendas, pero díme: ¿para qué sirve el celibato hoy? ¿No te parece algo anticuado, propio de otra época y otra cultura…?

Pienso que para una persona madura la validez o la caducidad de un ideal no puede depender de la opinión ajena, del “muchos dicen que ”, de las encuestas, de lo que se lleva o se opina en un programa de televisión.

Eso dejarse arrastrar por la corriente, ser un hombre-masa, sin personalidad.

Vale la pena reflexionar en la vida de Jesucristo, de los santos; pensar en el testimonio de miles de personas que viven hoy en día el celibato con madurez, en medio del mundo, sin perder su personalidad, adaptándose a las manifestaciones culturales más diversas – si no van contra la ley de Dios-, procurando influir rectamente para cristianizar la cultura.

Hay muchas personas que han hecho mucho mal en su vida a los otros por vivir mal su celibato. ¿No hubiera sido mejor que se hubieran casado?

Esos casos a los que te refieres son innegables. Tan innegables… como las miles de personas que han encontrado la santidad y la felicidad en el celibato.

Equivocarse es humano, pero… ¿no te parece que tendría una visión muy pobre de la persona -especialmente de la persona cristiana-, de su libertad, de la ayuda de los sacramentos y de la gracia de Dios -, quien le negara la posibilidad de vivir bien el celibato?

En este momento, llega Pablo, amigo de Miguel y de Andrés. Andrés se despide, porque es la hora de clase. Pablo hace Empresariales y estudia en la misma clase que Miguel. Es creyente, pero hay aspectos de la fe cristiana que no acaba de entender. Continúan charlando del mismo tema de conversación.

No sé lo que te habrá dicho Andrés, pero yo ay algo que me pregunto siempre, sn encontrar respuesta. Vamos a ver, Miguel: si Dios le ha dado al hombre y a la mujer una sexualidad para que se complete como persona, ¿no es antinatural que haya hombres y mujeres que no la ejerciten?

La respuesta, Pablo, está en que la mujer y el hombre se complementan, no se completan.

Esta idea es muy importante. Cada mujer y cada hombre es una persona completa en sí misma. No son una especie de “minusválidos” permanentes mientras no establezcan una relación sexual.

No me refería a eso, sino a que todos buscamos en esta vida nuestra media naranja, y un celibe se queda sólo… con la mitad.

Mira: la imagen de la “media naranja” no es buena en este caso, si quiere indicar con ella que una persona está “incompleta” si no se une a otra “especialmente diseñada” para él.

No es cierto que una persona esté “incompleta” hasta que se casa.

Esa imagen sirve sólo si se entiende en el sentido del enriquecimiento personal.

Pero tanto la persona que se casa como la que elige el celibato es una persona completa “que pone en juego todo su ser y con la madurez suficiente para tomar esa decisión.

Yo te lo decía en ese sentido, en el del enriquecimiento personal.

En ese sentido, el hombre o la mujer célibe, que son personas completas, se realiza plenamente en el celibato, porque en él hay que poner todas las dimensiones humanas del amor, aunque se excluya el ejercicio de la sexualidad.

Tú me dices eso, pero hay personas célibes a las que se les ve tristes y con problemas personales…

Es lógico que si una persona elige el celibato por motivos egoístas llegue a la tristeza, lo mismo que le sucede a la persona que elige el matrimonio por motivos egoístas, para buscar su propia satisfacción y no como donación, como entrega.

La tristeza es fruto de la falta de generosidad, no de la elección de un camino u otro.

Las personas que se entregan a Dios en el celibato deben tener sensibilidad espiritual, limpieza de corazón, capacidad de contemplación

¿Y no será que, en el fondo de esa decisión de ser célibe, late algún complejo sexual?

No, Pablo: Dios sólo llama al celibato a hombres y mujeres normales y bien constituidas.

Para vivirlo bien es necesario que esas personas tengan una sexualidad normal y sientan atracción hacia las personas del otro sexo, que es una manifestación clara de que tienen un corazón hecho para amar.

¿Y a tí no te parece excesivo que una persona se plantee no casarse? Yo soy católico y lo comprendo… pero a veces me pregunto si no se tienen en cuenta las debilidades humanas…

Naturalmente que se tienen en cuenta. No hay nadie sin defectos o debilidades. Pero Dios no puede llamar al celibato a hombres o mujeres perfectos, que no existen. Pensar de ese modo, sería imaginar a un Dios que no reconoce las características y posibilidades con las que Él mismo ha hecho a sus criaturas.

Dios conoce la historia personal de sus criaturas, y cuenta con las debilidades perso-nales para trazar grandes proyectos, que jamás se podrían hacer realidad sin su ayuda.

La respuesta a la entrega es una colaboración y un diálogo con Dios: no una simple ambición humana.

Esta realidad ayuda a razonar con sentido común y sentido sobrenatural ante la evidencia de las debilidades: una persona llamada al celibato se dice a sí misma: porque tengo vocación al celibato y cuento con la gracia del Señor y la ayuda de mis hermanos en la Iglesia, si me esfuerzo con humildad, en lo sucesivo venceré.

Tú sabes que yo alguna vez me he planteado el celibato, así en la teoría, porque veo que la Iglesia necesita muchos brazos…

Es un planteamiento, cómo te lo diría, excesivamente… empresarial. Lo que dices es cierto: la Iglesia necesita personas, necesita brazos. Pero me parece que si te lo planteas así, no estás yendo al fondo de la cuestión.

Dice García-Morato que “no se puede entender plenamente el sentido del celibato sin considerar que la Iglesia lo necesita por querer de Dios. No por haber llegado a la conclusión de que es un buen recurso para la eficacia “empresarial”, sino para hacer presente el amor de Cristo por cada persona, en todos los rincones del mundo, a través de la plena disponibilidad -no sólo física, sino también espiritual- de muchas personas que, como consecuencia del don recibido, ponen su vida al servicio de todos por amor a Cristo”.

Yo lo que he visto es que no hay vocaciones, y que hacen falta; pero nunca he pensado más.

Pues u n obispo, Fernando Sebastián, decía que vocaciones sí que hay; lo que no hay son respuestas generosas.

“Es más exacto -escribía- decir que no es que no haya vocaciones, lo que no hay es proyecto realmente libre y personal de la propia vida. Se vive impersonalmente, dejándose llevar, sin tener el valor de salirse de la fila para pensar, proyectar y definir la propia vida,

Esto, que ocurre mucho en lo humano, ocurre también en la dimensión cristiana de nuestra vida. La mayoría de los cristianos son cristianos de seguir la corriente. Tenemos pocos cristianos que hayan llegado al punto de decir, como Pablo: “Señor, ¿qué quieres de mí?. Y esta es la actitud indispensable pra poder escuchar la voz de Dios”.

No nos desviemos del tema. Estamos hablando del celibato. Imagínate, Miguel, que decido vivir célibe; ¿Y si después me enamoro de una chica?

En ese caso te diría que la atracción sexual puede ser repentina, pero el amor no: el amor es deliberado, libre, voluntario, guiado por la razón. Un ejemplo clásico: un directivo casado puede sentir atracción por su nueva secretaria; pero esa atracción no significa enamoramiento.

Para enamorarse se necesita querer querer. Hay que dar pasos: hay que buscar la intimidad, dejando de poner medidas de prudencia; hay que propiciar situaciones, conversaciones, etc.

Ese directivo puede querer no querer. En ese caso, será prudente; actuará en consecuencia con su querer –por mucho que le atraiga esa persona- y pondrá las medidas de prudencia. Si lo hace, no se desenamorará de su mujer (porque no quiere hacerlo) para enamorarse(porque quiere) de su secretaria.

Si una persona sabe que el celibato es la verdadera llamada de Dios, lo que Dios le pide, tiene la certeza de saber que Dios no cambia de opinión. Es Dios el que escoge, con predilección divina. Dios llama a un Amor que se abre hasta la eternidad.

Esas respuestas me parecen… poco pragmáticas.

Pues yo te diría, Pablo, que los que estudiamos Empresariales tenemos un peligro, que es enfocar las cuestiones, por mentalidad profesional, desde una perspectiva exclusivamente pragmática.

Y quizá sea el pragmatismo excesivo lo que impide ver como actúa la Providencia de Dios.

Yo creo en un Dios que ha muerto por cada uno de nosotros, que nos busca, que nos sitúa en un ambiente propicio para que le encontremos. No hay casualidades que se escapen al plan de Dios.

Pero, Miguel: ¿no temes equivocarte? ¿Estás seguro?

Pablo: no se trata de estar seguro de mí, sino de Dios. Es cuestión de enamorarse de Dios. En el amor humano ese miedo ese miedo es lógico, porque sólo vivimos una vez. Fallar en la experiencia del amor es frustrar la existencia

Pero no tiene sentido cuando se trata de Dios. Es la confianza en Dios la que vence el temor. Así actuó el Señor con los Apóstoles, con los primeros cristianos, con los santos.

Perfecto. Pero yo me inclino por lo más imperfecto, el matrimonio.

¡No, el matrimonio no es algo imperfecto! Tanto el matrimonio como el celibato se iluminan mutuamente. El matrimonio necesita el celibato, y el celibato de la realidad del matrimonio: ninguna de estas dos realidades expresa en su totalidad, por sí sola, el amor de Cristo a la Iglesia.

“Son dos vocaciones o modos de ser y desarrollar la gracia bautismal y la propia personalidad -dice García-Morato-. Son distintas, pero no contrapuestas, sino complementarias.

“No son dos vocaciones que dividan a los cristianos en “perfectos” e “imperfectos”, -dice- por más que se haya podido entender así en algunas etapas de la historia del cristianismo”.

Es que… hablando sinceramente, esa idea del celibato no me atrae nada, con lo que a mí que me gustan las mujeres…

Y a mí también me gustan las mujeres. Te contesto de nuevo con García-Morato: “sobran ideas. Lo que hace falta son modelos que las encarnen”
Una vocación que lleva consigo el don del celibato, no quita la sensibilidad normal: y lo normal es que a un hombre le gusten las mujeres. Y le siguen gustando cuando se entrega a Dios en el celibato.

Lo que sucede es que el alma se queda fascinada por el amor a Dios. Un amor que rejuvenece el alma sin cesar. Juan Pablo II contaba:”yo fui ordenado sacerdore cuando tenía 26 años. Desde entonces han pasado 56. Entonces, ¿cuántos años tiene el Papa? ¡Casi 83! ¡Un joven de 83 años! Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale a pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el evangelio y los hermanos!”.

Oye… ¡Es la hora de clase!

¡Anda, es verdad, ¡vámonos, que llegamos tarde!

7. El amor divino y el amor humano

En el celibato y en el matrimonio pueden surgir dificultades y conflictos. Sin duda, una cierta disposición a vencerse a sí mismo es necesaria cuando se quiere ser fiel toda la vida. Me he referido especialmente a este punto, porque hoy apenas se menciona. Sin embargo, no creo que la lucha ascética sea lo más importante. Un autor espiritual explica con gran claridad: “Si tienes corazón te puedes salvar. De eso se trata en nuestra vida interior, de que tenemos un corazón capaz de amar, que se deja maravillar, pletórico de anhelos, de cariño, con ansias de entrega.”[24] Y para modelar el corazón de ese modo, no alcanzan nuestras fuerzas, simplemente no llegamos. Felizmente, podemos esperar una ayuda muy grande de Dios y de otras personas. Me gustaría referirme brevemente a este tema.

En ciertos ambientes, se acostumbra poner de relieve – no sin cierta fruición – todos los factores psicológicos que harían casi imposible la perseverancia en el celibato. Se olvida lo más importante: la gracia especial que Dios da a todo el que se le entrega, a quien confía en él. De esta manera, se falsea la situación objetiva. El amor infinito de Cristo permite mantener encendido el corazón y hace posible la estabilidad emocional. La gracia penetra hasta las capas más profundas del corazón y les da su calor, las “acrisola”.

La gracia conduce a la persona hacia el radio de acción divina, la coge en su amor. “El, que llama al alma, la llenará consigo mismo, si el alma sigue su llamada.”[25] De nosotros espera Dios un mínimo de disposición, de abrirse siempre a su amor. Lo dice claramente el salmista: “Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón” (Ps 94, 7-8).

En otro orden de cosas, nuestro corazón anhela dar y recibir amor humano. Algunas corrientes espiritualistas han intentado negarlo. Tal vez esta sea la razón por la cual, algunas personas célibes carecen de naturalidad, parecen contraídas y consideran sus compromisos religiosos como una pesada carga. Una vida espiritual sana será normalmente posible cuando se vive en un ambiente amable, cuando se mantienen buenas relaciones con los demás. Creo que no debemos tener miedo al amor humano.

Si la vida afectiva se encuentra fundada en Cristo y está empapada de su gracia (y si estamos dispuestos a luchar), entonces el amor humano es, para nosotros, una gran ayuda en el camino hacia Dios. El amor humano no es sólo el amor matrimonial, sino que tiene también otras formas. Para aquellos llamados al celibato cristiano, me parece que la amistad tiene una significación muy importante.[26] Junto al amor de Dios, el amor de amistad hacia una persona, especialmente si está animada por el mismo ideal, puede ayudar a permanecer en el camino iniciado y contribuir a que se avance más rápidamente.

En la tradición cristiana, el valor de la amistad ha sido muchas veces elogiado. San Agustín observa incluso: “Sin un amigo, nada en el mundo nos parece amable.”[27] Luego de su conversión, este gran Padre de la Iglesia se sentía confirmado, animado y alentado por sus amigos, a realizar grandes empresas. Si alguien tiene a su lado personas a quienes quiere y en quienes tiene confianza, entonces todo parece más fácil. Si esas personas siguen, incondicionalmente y cueste lo que cueste, el mismo camino, si se esfuerzan por seguirlo (o por lo menos lo entienden bien) entonces suele ocurrir que la amistad anima y no es un obstáculo para avanzar.

La amistad es un bien muy alto que – me parece – pertenece al verdadero amor cristiano. En una de las afirmaciones centrales del Evangelio, Cristo dice a sus discípulos: “Os he llamado amigos” (Io 15, 15). Podemos y debemos hacer amistad con Dios y con los hombres. Sobre esto, creo que tenemos claro que, en lo relativo a las amistades entre hombres y mujeres, debemos ser muy prudentes y sinceros, ante Dios y ante uno mismo.

Estar cerca de Jesucristo no significa de ninguna manera despreciar, ni menospreciar el amor humano. Una actitud así verdaderamente endurecería el corazón. Por el contrario, Dietrich von Hildebrand se refiere a los efectos de la cercanía de Cristo: “El corazón se hace incomparablemente más sensitivo y ardiente, y queda dotado con una afectividad inaudita. Al mismo tiempo está purificado de toda afectividad ilegítima.”[28] Quien realmente ama a Dios, no necesita tener ningún miedo a “apegarse” a las criaturas. El conocido filósofo anglicano C. S. Lewis señala que, únicamente si amamos muy poco a Dios, existe el peligro de que los hombres amen, por así decirlo, “al margen de Dios”, con un amor de idolatría.

Lewis se refiere a aquellos que por motivos religiosos, más bien pseudoreligiosos, intentan reprimir sus sentimientos, para evitar todo tipo de enredos. “Creo – señala Lewis – que los amores más ilícitos y desordenados son menos contrarios a la voluntad de Dios que una falta de amor consentida, con la que uno se protege a sí mismo… Es probable que sea imposible amar a un ser humano simplemente demasiado. Podemos amarlo demasiado ¡en proporción! a nuestro amor por Dios; pero es la pequeñez de nuestro amor a Dios, no la magnitud de nuestro amor por el hombre, lo que constituye lo desordenado.”[29]

El celibato cristiano no conduce a la soledad, al aislamiento. Cuando comprendemos bien lo que Dios quiere de nosotros y cuando somos dóciles a su gracia, podemos amar apasionadamente a Dios y a los hombres y nos dejamos, gustosamente, amar por ellos.

[24] Grün, ob. cit., pp. 30 y 31.

[25] Von Hildebrand, “Reinheit und JungfrŠulichkeit”, ob. cit., p. 174.

[26] Ver sobre esta materia, las explicaciones del Papa Juan Pablo II en: “Predigt zum Thema Priester, Diakone, Seminaristen im Dom zu Fulda am 17.11.1980 (Homilías a los sacerdotes, diáconos y seminaristas, en la catedral de Fulda, el 17 de noviembre de 1980), en Verlautbarungen des Apostolischen Stuhls 25, Bonn 1980, pp. 110 y 111.

[27] San Agustín, citado en Anselm Grün, ob. cit., p. 45.

[28] Dietrich von Hildebrand, “El corazón…”, ob. cit., p. 206.

[29] Clive Staples Lewis, “Los cuatro amores”, 2a. edición, Madrid 1993, pp. 135 y 136.