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3. A MODO DE CONCLUSION

Podemos sintetizar estas tres fases o etapas de la siguiente forma:

a) En la pubertad o adolescencia inicial se hacen las siguientes preguntas:”¿quién soy yo?”, “¿cómo soy yo?”…

b) En la adolescencia propiamente dicha o media, sobre los quince o dieciséis años, obtiene una respuesta aproximada: “No sé lo que quiero, pero sé lo que no quiero”.

c) En la entrada en la juventud o adolescencia superior, afirma: “sé lo que quiero”. Es decir, permite al joven dibujar un cuadro de valores -o contravalores- con los que se compromete.

Corresponde a la educación, seriamente, el que estos valores elegidos y asumidos por los adolescentes o jóvenes sean buenos, rectos y verdaderos.

Estas etapas que hemos estudiado no se comprenden como realidades independientes o como comportamientos estancos. La evolución es continua y siempre en función del “antes” y “después”. Parafraseando al profesor Gerardo Castillo, diríamos que son como un capítulo de una misma vida. Por otra parte, insistimos en que la duración de cada una de esas fases puede ser variable, según los individuos y las circunstancias de todo tipo.

Para finalizar nos remitimos a la profesora Ana María Navarro, que en su trabajo sobre LAS ETAPAS DE LA EDUCACION Y ORIENTACION FAMILIAR, dice:

Esta etapa (se refiere a la adolescencia), viene a ser como una reválida para los padres. Un examen que tiene pocas posibilidades de aprobar, si tenemos en cuenta la manipulación exterior que desautoriza a los padres y desprestigia a los valores cristianos. Por eso el mejor consejo para los padres sería hacerles reflexionar sobre la educación en la infancia de sus hijos, y de él esperar con el tiempo otras convocatorias. El adolescente como el hijo pródigo, termina siempre volviendo, siempre que hay congruencia en sus padres.

Ni el “juvenilismo” ni el perfeccionismo, ni mucho menos la hipocresía. El adolescente respeta más al adulto por sus ideas que por su conducta en relación con él. Lo más difícil, quizá en este momento, sea la serenidad activa de los padres, junto con un respeto a la libertad de los hijos, y una elevada dosis de paciencia.

Esta reflexión vale para los que, habiendo pasado por la experiencia, tienen hijos pequeños con los cuales aprenden a hacerlo mejor. Y para los que con visión de futuro, ven en los niños de ahora adolescentes de mañana .

Pensamos que vale la pena reflexionar sobre este párrafo. El tema de la adolescencia es amplio y complejo. A lo largo del curso, iremos profundizando más en cuanto a problemática de los adolescentes, como decíamos a pie de página, a ellos les gusta más: “JOVENES”. Dedicarles tiempo vale la pena, su educación es una tarea apasionante, serán muy pronto, más y mejores hombres y mujeres. Para ello se requiere por parte de los padres y profesores: paciencia, perseverancia y sentido del humor. Pero de verdad, ¡vale la pena!.

Hay que defender la fidelidad frente a…



El hombre viejo, que le presenta al hombre el ejercicio de la fidelidad como una carga insoportable: “soy incapaz de consumir mi vida cuidando a un enfermo crónico”.

El hombre nuevo –renovado en Cristo- le hace ver que ese ejercicio cotidiano es un compromiso de amor: “con la gracia de Dios y por amor a Cristo entregaré mi vida entera, por amor, al cuidado de este enfermo, al que debo amar por fidelidad humana y espiritual”.

Esos dos hombres pugnan en el corazón humano, herido por el pecado.


  • Hay que defender la fidelidad frente al influjo de las amistades que apartan de Cristo. Ese impacto negativo resulta particularmente fuerte durante la juventud. De ahí nace la importancia de tener en una sociedad pagana como la actual, entre los amigos, muchos amigos cristianos o no cristianos que busquen a Dios con sincero corazón.
  • Hay que defender la fidelidad frente la falsa “fidelidad a uno mismo”. Ser fiel a uno mismo significa, para un cristiano, ser fiel al proyecto de Dios para cada uno y el compromiso con Dios que libremente se ha contraído. Abraham fue llamado hombre fiel porque –fiel a sí mismo- estuvo dispuesto a cumplir en todo momento la Voluntad de Dios.

    No se puede invocar “la fidelidad a uno mismo” para realizar la ruptura de un compromiso grave con Dios o con los demás.

    Entonces esa “fidelidad a uno mismo” se convierte en una palabra-coartada para hacer lo que se desea sin trabas morales de ningún tipo: Abandono a mi mujer y a mis hijos para ser fiel a mí mismo, porque me he enamorado de otra mujer…

    Es necesario entender bien la libertad para evitar falsos conflictos entre libertad y fidelidad. El que adquiere unos compromisos con Dios o con los hombres, libremente se impone el deber de cumplir las obligaciones que libremente asumió.

    Comprometerse y ser fiel a los compromisos, siempre que sean buenos, no limita la libertad del hombre: suponen el ejercicio de la libertad. La esencia de la libertad es la posibilidad de elegir entre el bien y el mal.

    Toda decisión o compromiso prudente de realizar algo bueno es un acto de libertad.

  • Hay que defender la fidelidad frente a los intereses ideológicos de determinados grupos de presión, lobbys, medios de comunicación, editoriales, instancias educativas, etc., que defienden contravalores como la infidelidad,

    • difundiendo y ensalzando como positivos comportamientos infieles,
    • intentando esos comportamientos que se acepten socialmente como comportamientos normales,
    • ridiculizando la figura de las personas fieles en diversos medios (series televisivas, películas, novelas.) donde no aparecen o demonizándolas (son anticuadas, retrógradas, etc.).

Fe, cultura, estudio y vida en Cristo

Algunas consideraciones


Conviene tener en cuenta algunos rasgos de empobrecimiento cultural que afectan la vida cotidiana de muchos países. Se señalan algunos de esos rasgos, con el deseo de ayudar a la reflexión.


  • Rechazo de la verdad

En la actualidad, en determinados ambientes culturales, se tacha de dogmatismo cualquier manifestación de búsqueda de la verdad. Esto lleva a unos modos de decir nada conceptuales, con un predominio de la imagen sobre la idea, del sentimiento sobre la reflexión.

Este rechazo lleva a rechazar además cualquier concepción de la vida que intente dar sentido a la vida humana.

  • Rechazo “por principio” de la ley natural y aceptación acrítica del relativismo
  • Se tacha con frecuencia cualquier deseo de vivir con plenitud la vida cristiana como un “radicalismo” o una “exageración”.

Una vida cristiana intensamente viviva resulta, en determinados ambientes, políticamente incorrecta, porque choca con patrones sociales establecidos de carácter laicista. Aunque se admiren sus valores en el fuero interno, no faltan las críticas desde un realismo pragmático y, en ocasiones, conscientemente cínico.

  • Gran influencia social de las actitudes y comportamientos que se muestran por la televisión.

Muchos programas de televisión -comedias, series, concursos- tienen un fuerte carácter ejemplar (para lo bueno y lo malo) e inciden directamente en las virtudes y vicios personales y sociales.

Determinados programas televisivos que cultivan el impudor lo han difundido en toda la sociedad.

  • Superficialidad

Se manifiesta de muy diversos modos: chismorreo, desarraigo… Lleva a trivializar el mal y el pecado; nivela todas las cuestiones, con la excusa de que se puede hablar de todo de cualquier manera.

En ocasiones el afan de conocer se ha convertido en un morboso afán de novedades, sin fundamento alguno.

  • Hibridismo generalizado
  • Se insiste en que se puede combinar todo con todo: todas las modas, todos los estilos, todos los valores y contravalores: puedo ser cristiano, no vivir mi fe, hacer lo que quiera en materias morales…
  • Nada es verdad ni mentira -se afirma- porque cualquier intento de aportar verdades al debate social “rompería la fluidez de un pluralismo tolerante…”