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Vocación al Opus Dei



Estamos en la Obra porque tenemos vocación: «No estamos vosotros y yo en el Opus Dei, porque hayamos decidido llevar a cabo una obra buena, o aún nobilísima. estamos aquí porque Dios nos ha llamado, con una vocación personal y peculiar» (San Josemaría, Carta 14-II-1944, n. 1, cit. en o.c., p.163). No se trata de «apuntarse» a algo bueno, sino que es una llamada de Dios, vocación divina, personal y peculiar. Tampoco es una situación de un «estado de ánimo», una situación de paso.

La vocación a la Obra es la determinación o especificación de la vocación cristiana que Dios ha querido para cada uno de nosotros personalmente. «Elegit nos in ipso ante mundi constitutionem, ut essemus sancti et immaculati in conspectu eius in caritate (Eph 1,4); Dios nos eligió en Cristo, antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha en su presencia, por el amor. Cumpliendo ese designio eterno, Dios nos trajo a la vida y, en el Bautismo, tomó posesión de nosotros, transformó nuestras almas, injertando en ellas un nuevo principio vital, destinado a informar, a divinizar, todas nuestras acciones. Un día –recuérdalo, hija mía, hijo mío– ese mismo Dios te dio a conocer que te llamaba a la Obra, que deseaba que vivieras tu vida cristiana participando de la misión que había conferido a nuestro Padre el 2 de octubre de 1928; es decir, santificándote tú y santificando a los demás al santificar el mundo en unidad de vida» (J. Echevarría, Carta 28-XI-1995, n. 21).

La vocación a la Obra –como toda vocación divina– se manifiesta gradualmente en el tiempo: primero, en sus manifestaciones y exigencias cristianas comunes a partir del Bautismo; después, Dios da a conocer e impulsa con su gracia a vivir el modo concreto de ser cristiano que desea para cada uno de nosotros: ser Opus Dei. Hemos sido escogidos por Dios para hacer el Opus Dei en la tierra, siendo nosotros mismos Opus Dei. Para comprender la «peculiaridad» de la vocación y su contenido, la vía más clara es la «misión».