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El consejo

Aconsejarse o deliberar quiere decir sopesar los pros y los contras de una acción. No consiste, por tanto, propiamente en el hecho de pedir consejo —algo que también se debe hacer cuando sea conveniente—, sino en el acto de deliberación que realiza uno mismo. Cuando la persona saber aconsejarse de modo recto, se dice que tiene la virtud de la eubulia (buen consejo)[i]. A esta virtud se opone la precipitación.


[i] Cf. S.Th., II–II, q. 51, aa. 1 y 2.

Los actos propios de la prudencia

La prudencia, como virtud de la razón práctica, es cognoscitiva e imperativa. Primero conoce la realidad y, según ese conocimiento verdadero -y teniendo en cuenta los principios morales-, juzga qué se debe hacer. Después impera, manda poner por obra lo que se ha juzgado conveniente.

En la prudencia hay, por tanto, tres actos; los dos primeros son cognoscitivos: el consejo y el juicio práctico; el tercero es imperativo: el precepto, imperio o mandato[i].


[i] Cf. S.Th., II–II, q. 47, a. 8.

9. ¿No se corre el riesgo, en el acompañamiento espiritual, de suplantar la libertad y la responsabilidad del otro?


  • El consejo y la orientación que se recibe debe constituir una ayuda poderosa para conocer o constatar lo que Dios pide a cada uno, a cada una, en el alma, en medio de una circunstancia determinada; pero el consejo no elimina jamás la responsabilidad personal: cada persona debe decidir siempre por cuenta propia, cara a Dios.

  • Actuar de otro modo –seguir un determinado consejo y luego, si sale mal, echarle las culpas al que aconsejó- significa falta de madurez humana y cristiana.

  • Falta de madurez humana, porque en la sociedad recibimos miles de impactos informativos, presiones publicitarias y consejos muy diversos. Cada uno elige al consejero que desea escuchar y es responsable de su elección.
  • Falta de madurez cristiana, porque tanto el que orienta como el que es orientado miran en una misma dirección: Cristo.
  • Además, por encima de los consejos privados que pueda dar una determinada persona, el cristiano sabe que está la ley de Dios, contenida en la Sagrada Escritura, y que el Magisterio de la Iglesia -asistida por el Espíritu Santo- custodia y propone.

  • Por eso, cuando los consejos particulares de un director espiritual contradicen objetivamente la Palabra de Dios tal como el Magisterio la enseña, hay que apartarse con decisión de ese parecer erróneo.
  • La experiencia cristiana de siglos es que, al cristiano que obra con esta rectitud, Dios le ayuda con su gracia, le inspira lo que ha de hacer y, cuando lo necesita, le ayuda a encontrar un sacerdote o un laico para conducir su alma hacia Dios.