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Abrir el corazón


Si contamos con la posibilidad de abrir nuestro corazón a una persona que pueda aconsejarnos espiritualmente, se nos facilitará extraordinariamente el discernimiento de la acción del Espíritu Santo.

Frecuentemente no somos capaces de ver con claridad en nosotros mismos, en nuestras motivaciones, etc., y explicando con palabras lo que estamos viviendo conseguiremos la luz a través del diálogo con una persona que cuente con cierta experiencia.

Sabemos que Dios “bendice” la actitud de abrir el corazón. En efecto, es una actitud de humildad (reconocemos que no nos bastamos a nosotros mismos) y de confianza en el otro; además, da pruebas de que, puesto que ponemos los medios, es realmente sincero nuestro deseo de ver claro para cumplir la voluntad de Dios.

Estas disposiciones agradan mucho a Dios que responde a ellas con sus gracias.

Voluntad de Dios y debilidad humana: el camino del hijo pródigo

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  • Somos viatores, caminantes, que deseamos hacer durante el camino de nuestra vida la Voluntad de Dios… pero somos débiles. La experiencia cotidiana nos muestra, una y otra vez, que muchas veces, como les sucede a los peregrinos del camino de Santiado, nos equivocamos de camino.
  • En nuestra vida debemos volver una vez y otra a Dios, retomar de nuevo el camino, como el hijo pródigo del Evangelio, que -dolido de sus faltas- regresa contrito al encuentro de su padre.
  • Reconocer la propia debilidad es señal de humildad y de madurez cristiana que lleva a la ibertad interior, a la confianza en la misericordia divina, sin miedo a equivocarse, porque no confunde el afán de ser santos con el perfeccionismo.
  • Precisamente porque somos débiles, para remediar las posibles caídas en las que por fragilidad puede incurrir quien se esfuerza y se propone ser fiel a Dios, la misericordia divina ha previsto el Sacramento de la Penitencia. La santidad no está tanto en no caer como en levantarse arrepentido cuántas veces sea preciso.
  • Las faltas que tienen su origen en la debilidad acaban siendo, por el arrepentimiento sincero, ocasión de crecimiento en humildad por el conocimiento y re-conocimiento de la propia miseria y, por lo tanto, son camino de santidad. (Sin embargo, si antes de que llegara la tentación concreta, una persona no se propusiera seriamente vivir de acuerdo con el querer de Dios, eso ya no sería simple debilidad, sino una infidelidad consciente.)

Ayudar a vivir la sinceridad y a quitarse la careta delante de Dios

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Algunas ideas para los padres y educadores que desean facilitar la virtud de la sinceridad.

  • La sinceridad crece en un clima de confianza, pero la confianza no se presupone ni se impone: hay que ganársela poniendo medios: aficiones, intereses comunes.
  • El educador genera confianza cuando potencia la libertad personal, corriendo los riesgos de la libertad -como el riesgo de ser engañado-: porque el que desconfía del otro no puede esperar que el otro le confíe sus problemas.
  • La sinceridad y la confianza necesita el lenguaje y el tono propio de la libertad: porque la verdad no se impone, se propone (Juan Pablo II)
  • ¿Tú que opinas? (No: tú, cállate, escucha, y haz lo que te digo sin pensar)
  • Mira, y o te doy este consejo… pero piénsatelo, valóralo y decide tú. (No: déjate de historias, y haz lo que te digo yo)
  • Sobre este punto, yo te sugiero que consultes estas fuentes, te lo pienses y tomes una decisión… (No: ¡no pienses, ¡hazlo!)

    La ironía, el humor punzante, el tono autoritario o excesivamente paternalista distancian y acaban impidiendo la relación de confianza.

  • Conviene ayudar a vivir esta virtud de la sinceridad tiene varios ámbitos:

  • Sinceridad en el comportamiento. No es sincera la persona que actúa movida sólo por el deseo de quedar bien en un determinado momento y ambiente, sin un convencimiento íntimo y personal, aunque sus hechos y palabras externas sean, aparentemente adecuados.
  • Sinceridad en las intenciones. No se puede confundir la petición de consejo con la dejación de la propia responsabilidad, delegándola en otra persona: con frecuencia se acaban achacando luego los propios erroresa los consejos que recibió de esa persona.

  • Sinceridad en las palabras