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5. Las virtudes en el pensamiento moderno 5.1. Las virtudes en la teología moral

La teología católica posterior al nominalismo abandona el positivo enfoque de las virtudes y se centra, sobre todo, en determinar la ley moral, aplicarla a los casos de conciencia, delimitar los pecados y señalar los medios para evitarlos. Las consecuencia de este planteamiento fueron muy negativas para la enseñanza de las virtudes.

La tendencia general de los manuales de moral, a partir de las Instituciones morales de Juan de Azor (principios del s. XVII), es reducir la teología moral al estudio de los preceptos comunes a todos los cristianos, ordenados en torno al Decálogo. En esta línea, la moral especial se organiza en torno al Decálogo, y las virtudes son tratadas casi exclusivamente desde el punto de vista de las obligaciones que comportan. Entre ellas, las más estudiadas serán la justicia, la templanza y la castidad.

El estudio de las virtudes se deja a la teología espiritual, que, debido su carácter práctico, se preocupamás de la aplicación de las virtudes a la vida cristiana que de profundizar en su naturaleza. Las virtudes teologales e infusas serán estudiadas en la teología dogmática, como parte del tratado sobre la gracia.

La influencia del nominalismo en el tratamiento teológico de la virtud durante la edad moderna es innegable. La libertad, entendida como indiferencia de la voluntad para determinase a sí misma a obrar a favor o en contra la ley, hace que la virtud se considere solamente como «una buena costumbre que facilita el acto libre, pero que no lo produce ya desde el interior para conferirle su pleno valor». La virtud, «que por naturaleza estaba llamada a la búsqueda y consecución del máximo de perfección en el obrar, queda reducida a la búsqueda del mínimo esfuerzo para no pecar, perdiendo el atractivo que tenía en otros tiempos».

Las virtudes tuvieron todavía peor suerte en la teología protestante. La doctrina luterana de la justificación no es compatible con una moral de las virtudes, pues tal justificación no  cambia ni renueva al hombre en su ser más íntimo, sino que permanece pecador. En consecuencia, la persona que tratase de adquirir las virtudes estaría suponiendo que tiene una capacidad para hacer el bien que en realidad no posee y, en cierto modo, estaría restando importancia a la gracia.

Mientras el tratamiento teológico de las virtudes en el período postridentino se mueve en el ámbito de las obligaciones, bajo una visión legalista y casuística de la moral, en los escritos de los autores espirituales como San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o San Francisco de Sales, las virtudes mantienen toda su fuerza como vías que conducen a las cumbres de la vida contemplativa.

6. ¿Qué se busca con el acompañamiento espiritual?

  • Se busca fundamentalmente un medio para identificarse con Cristo, una ayuda, un apoyo sobrenatural y humano en el camino personal de santidad, de acuerdo con la propia vocación divina.
  • Son indudables los grandes frutos que esa ayuda ha generado en muchas almas de todas las épocas, como se constata en las vidas de los santos de la Iglesia: Santa Teresa, san Francisco de Sales, san Alfonso María de Ligorio, San Juan Bosco… hasta los santos de nuestra época.
  • El acompañamiento espiritual debe ser siempre una llamada a enfrentarse personalmente con la propia conciencia; y también y ante todo, un estímulo para la práctica efectiva del bien, junto con una apertura de horizontes evangelizadores. Debe ser, además, aliento en los momentos difíciles, luz en momentos de confusión y consuelo en el dolor.
  • En este acompañamiento no se trata de imitar al director espiritual o a la persona que acompaña (aunque el buen ejemplo acerque tanto a Cristo), sino de imitar a Cristo, mediante el aliento del que acompaña. Por eso el director espiritual debe huir de cualquier tipo de personalismo del que ya hablaba san Agustín (Trat. Evang. S. Juan, 123). “Los que conducen las ovejas de Cristo como si fuesen propias y no de Cristo, demuestran que se aman a sí mismos y no al Señor”.

7. ¿De qué se suele hablar en esas conversaciones de acompañamiento espiritual?


  • Se suele hablar de lo que sirva para mejorar en:

— el trato personal con Cristo

— la profundización en la fe

— la santificación del propio trabajo

— el mejoramiento del trato con los demás

— un mayor sentido de responsabilidad

— espíritu de servicio, justicia, solidaridad, etc.

— un mayor espíritu de comunión eclesial

— afán evangelizador, etc.

  • En esas conversaciones se habla de lo que más preocupa a la persona en ese momento, pero siempre con fines espirituales, atento a lo que el Espíritu Santo dice en el alma.
  • Se conversa de lo que ayude a una comprensión viva del Evangelio, que cada uno debe aplicar en su propia vida. Se ayuda al otro a que vea los reveses y desgracias con mayor visión sobrenatural, sabiéndose hijo de Dios.
  • En otros casos, se tratan en la dirección espiritual de cuestiones relativas a la fe y la moral cristianas. La persona que acompaña debe ayudar a su hermano en la fe a santificar las situaciones en las que se encuentra, aconsejándole aquellos puntos del Magisterio de la Iglesia que le pueden iluminar, dándole un criterio auténticamente cristiano.
  • El acompañamiento espiritual bien vivido ayuda a enfrentarse sinceramente con la propia conciencia, y presta apoyo y consuelo en los momentos de zozobra.
  • Esa conversación espiritual debe abrir horizontes de evangelización, afanes de misión y deseos de corredención con Jesús resucitado.
  • En consecuencia, el acompañamiento espiritual no es un dictado de conductas, sino una ayuda para vivir en cada circunstancia con el amor y la libertad de los hijos de Dios.