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5. Dificultades

Tal “como todas las decisiones radicales y definitivas, que abraza la existencia total del hombre, el celibato es un vínculo de amor arduo y difícil”[17] No podemos ignorar ingenuamente las exigencias del celibato frente a la tendencia natural del ser humano. Por el contrario, para que la entrega a Dios conduzca a una vida plena y feliz, es absolutamente necesario aceptar, con realismo, la existencia de posibles dificultades y encararlas.

La renuncia por amor a Dios, a la extraordinaria comunidad de amor que es el matrimonio, significa renunciar a una profunda fuente de felicidad y también a una ayuda natural recíproca, en el camino de la unión con Dios. El auténtico amor a una persona (en el plano natural) es el medio más eficaz para vencer el egoísmo y las pasiones desordenadas.

Este amor hace al corazón suave, blando y comprensivo, enseña a ser generoso y capaz de comprender. Cuando se renuncia a un amor humano, puede sentirse uno rechazado, y dentro del corazón puede haber un vacío, con el cual nos debemos enfrentar seriamente. Este vacío sólo puede llenarse si se acepta el celibato como una oportunidad para vivir muy enamorados de Cristo. ¡Si Cristo llena el corazón, vencemos radicalmente la soledad!

Pero si esto no ocurre, la persona puede convertirse en estrafalaria, amargada, puede enfriarse su corazón y volverse agrio su carácter. También puede suceder que se ahogue en un vaso de agua por cualquier pequeñez y llene el vacío del corazón con ambiciones mezquinas, por ejm. el celo por dominar a los demás, o esforzarse por tener éxito a toda costa, por ganar dinero y lograr el aplauso de los demás. Esto es algo que muchas veces da pie a las críticas de quienes observan el celibato “desde fuera” (son los llamados “observadores imparciales”). El celibato se hace incomprensible tan pronto Cristo deja de ser el modelo.

Asimismo, hay que contar siempre con el hecho de que, aunque la renuncia al matrimonio haya sido un acto gozoso, no significa que sus consecuencias, a lo largo de la vida, no puedan llegar a ser una pesada carga. La rutina puede insensibilizar o endurecer el corazón, el trabajo cotidiano puede cansar… Existe siempre el peligro de caer en aquello que por amor de Dios se ha dejado, en una especie de anquilosamiento o amargura internos.

Precisamente en el periodo llamado “midlife” -con razón se le denomina “la segunda conversión”- la persona puede ser dominada por la apatía, el tedio y el hastío. Algunos se muestran entonces desilusionados, experimentan su debilidad y no quieren o no pueden atreverse a emprender una empresa de envergadura, a iniciar “algo grande”.

La decepción se generaliza y, con frecuencia encuentra su expresión en el afán de criticar, en estar de mal genio, en refunfuñar. El corazón guarda entonces rencor o resentimiento, se da fácilmente a las habladurías, a los chismes o bien se entrega al activismo y al ajetreo sin sentido, cae en la indiferencia, se vuelve insensible.

Así, puede suceder que el celibato retrase el proceso de maduración psíquica o lo bloquee completamente. Sin embargo, una persona normal tratará una y otra vez, de vivir de su fe y vencer todos estos obstáculos que se oponen a una gozosa entrega a Dios, que en el celibato es verdadero diálogo de enamorados.

¡Ciertamente hay casos trágicos! No obstante, el celibato en sí es tan poco responsable de un eventual endurecimiento del corazón, como el matrimonio constituye una garantía de que ello no ocurrirá.

¿No conocemos muchos hombres y mujeres casados, lamentablemente dominados por el egoísmo, cuyos corazones se han enfriado y parece que les faltara la alegría, que están con frecuencia de malhumor y son estrechos de miras, de “criterio corto”? También el amor humano y la vida sexual pueden llegar a frustrar, sobre todo porque en ellos, se experimentan los límites y la relatividad de la unión. Ansiamos lo infinito, lo eterno y lo absoluto y no lo podemos alcanzar en esta vida. Tarde o temprano, el ser humano llega a un cierto punto, en que su deseo de unión no logra ser satisfecho.[18] No obstante, ello no significa de ninguna manera que las personas unidas en matrimonio no puedan ser cada día más felices.

[17] Del Portillo, ob. cit., p. 104.

[18] Cfr. Wojtyla, “Liebe und Verantwortung”, ob. cit., p. 220.

Veracidad y justicia

Las virtudes humanas exigen de nosotros un esfuerzo continuado, porque no es fácil mantener durante largo tiempo un temple de honradez ante las situaciones que parecen comprometer la propia seguridad. Fijaos en la limpia faceta de la veracidad: ¿será cierto que ha caído en desuso? ¿Ha triunfado definitivamente la conducta de compromiso, el dorar la píldora y montar la piedra? Se teme a la verdad. Por eso se acude a un expediente mezquino: afirmar que nadie vive y dice la verdad, que todos recurren a la simulación y a la mentira.

Por fortuna no es así. Existen muchas personas -cristianos y no cristianos- decididas a sacrificar su honra y su fama por la verdad, que no se agitan en un salto continuo para buscar el sol que más calienta. Son los mismos que, porque aman la sinceridad, saben rectificar cuando descubren que se han equivocado. No rectifica el que empieza mintiendo, el que ha convertido la verdad sólo en una palabra sonora para encubrir sus claudicaciones.

82. Si somos veraces, seremos justos. No me cansaría jamás de referirme a la justicia, pero aquí sólo podemos trazar algunos rasgos, sin perder de vista cuál es la finalidad de todas estas reflexiones: edificar una vida interior real y auténtica sobre los cimientos profundos de las virtudes humanas. Justicia es dar a cada uno lo suyo; pero yo añadiría que esto no basta. Por mucho que cada uno merezca, hay que darle más, porque cada alma es una obra maestra de Dios.
La mejor caridad está en excederse generosamente en la justicia; caridad que suele pasar inadvertida, pero que es fecunda en el Cielo y en la tierra. Es una equivocación pensar que las expresiones término medio o justo medio, como algo característico de las virtudes morales, significan mediocridad: algo así como la mitad de lo que es posible realizar. Ese medio entre el exceso y el defecto es una cumbre, un punto álgido: lo mejor que la prudencia indica. Por otra parte, para las virtudes teologales no se admiten equilibrios: no se puede creer, esperar o amar demasiado. Y ese amor sin límites a Dios revierte sobre quienes nos rodean, en abundancia de generosidad, de comprensión, de caridad.

10. Comprensión:

la comprensión va muy unida a la caridad. Es el fruto de escuchar al otro dedicándole tiempo, de atenderle con espíritu abierto y sin prejuicios, aunque se esté en desacuerdo con él.

Exige cultivar el lenguaje de la comprensión, fruto de la humildad, en el que intervienen el respeto, el deseo de aprender del otro, la sugerencia delicada, la frase de aliento, el gesto afable (quizá podrías plantearte…), etc; evitando el lenguaje impositivo, autoritario, tajante, sentencioso: “lo que a ti te pasa es qué”, la soberbia en último término.

El hombre comprensivo se esfuerza por cultivar el arte de saber escuchar. Este arte exige:

-Respeto auténtico hacia el otro.

-Cultivar la capacidad de comunicación, diciendo lo que se deba decir.

-Dejar hablar largo rato, sin inetrrumpir, ni hacer gestos de fastidio o de cansancio, sin actitudes de prisa o urgencia.

– Escucharle en momentos de desahogo, en los que pueden decir expresiones, argumentos inconvenientes, que se pueden rebatir en otro momento, pero no en ése, ya que lo más probable es que la persona lo que desee y necesite en ese momento es ser escuchada.


Escribe Philippe en su libro La libertad interior:

Todos tenemos caracteres bien diferenciados, maneras de ver las cosas opuestas, y sensibilidades opuestas, y éste es un hecho que hay que reconocer con realismo y aceptar con humor.

A algunos les encanta el orden y el menor síntoma de desorden crea en ellos inseguridad.

Hay otros que en un contexto excesivamente cuadriculado y ordenado se asfixian enseguida.

Los que aman el orden se sienten personalmente agredidos por quienes van dejándolo todo en cualquier sitio, mientras que a la persona de temperamento contrario la agobia quien exige, siempre y en todo, un orden perfecto.

Y enseguida echarnos mano de consideraciones morales, cuando no se trata más que de diferencias de carácter.

Todos padecemos una fuerte tendencia a alabar lo que nos gusta y conviene a nuestro temperamento, y a criticar lo que no nos agrada. Los ejemplos serían interminables.

Y, si no se tiene esto en cuenta, nuestras familias y nuestras comunidades correrán el riesgo de convertirse en permanentes campos de batalla entre los defensores del orden y los de la libertad, entre los partidarios de la puntualidad y los de la flexibilidad, los amantes de la calma y los del tumulto, los madrugadores y los trasnochadores, los locuaces y los taciturnos, y así sucesivamente.

De ahí la necesidad de educamos para aceptar a los demás como son, para comprender que su sensibilidad y los valores que los sustentan no son idénticos a los nuestros; para ensanchar y domar nuestro corazón y nuestros pensamientos en consideración hacia ellos.

Es este un aspecto especialmente importante en las relaciones entre hombres y mujeres. Tras algunos decenios del dominio de una ideología que, confundiendo igualdad con identidad, ha sostenido que el hombre y la mujer son perfectamente intercambiables, ahora estamos redescubriendo (afortunadamente) las profundas diferencias psicológicas entre ambos sexos.

Una tarea complicada que nos obliga a relativizar nuestra inteligencia, a hacernos pequeños y humildes; a saber renunciar a ese «orgullo de tener razón» que tan a menudo nos impide sintonizar con los otros; y esta renuncia, que a veces significa morir a nosotros mismos, cuesta terriblemente.

Pero no tenemos nada que perder. Es una suerte que nos contraríe la manera de ver las cosas de los demás, pues así tendremos ocasión de salir de nuestra estrechez de miras para abrimos a otras cualidades.

Hace 25 años que vivo en comunidad y he de reconocer que, a fin de cuentas, he acabado recibiendo más de aquellos con quienes no me entendía que de aquellos a los que me unía cierta afinidad.

De haberme limitado a frecuentar a personas de mi misma sensibilidad, esos otros valores distintos a los míos nunca me habrían abierto los nuevos horizontes que he llegado a descubrir”.