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Desprendimiento y generosidad, por el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría

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Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, entró en el mundo rodeado de pobreza. Jesucristo –perfectus Deus, perfectus Homo– abrió sus ojos a la luz terrenal en un establo destinado a los animales.

Le acompañaban sólo dos criaturas excelsas, María y José, que le dieron el amor y el cariño que los hombres le habían negado, pero que no pudieron aportar comodidad alguna.

La vida cristiana es un itinerario de progresiva identificación con Jesús, de una conformación con el Maestro que va mucho más allá de la simple imitación exterior de la conducta: el bautizado está llamado a cultivar los mismos sentimientos de Jesucristo, a asumir su posición ante la vida, a participar en su misión y destino, de modo que se pueda llegar a afirmar, sin ambigüedad, que el cristiano está en Cristo y que Cristo está en el cristiano.

La pobreza como situación y como bienaventuranza

Cristo mora en el alma del bautizado. No es una frase bonita, sino una realidad. El mismo Dios, escribe San Pablo a los Gálatas, “ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre!”. Somos hijos de Dios en Cristo, en su Hijo hecho carne, y la vida de ese Hijo ha de reproducirse en nosotros.

Y en ese proceso, que posee muchas y ricas dimensiones, juega un papel decisivo el talante ante los bienes de la tierra; la actitud de desprendimiento, un desprendimiento efectivo, real, que designamos sencillamente como pobreza de espíritu; la disposición a la generosidad, el abandono radical y confiado en las manos de nuestro Padre Dios.

¿Cuál es, exactamente, el mensaje bíblico y cristiano sobre la pobreza? Vale la pena que espiguemos la Sagrada Escritura, aunque sea rápidamente, para penetrar siquiera un poco en la riqueza de la doctrina que nos transmite.

Los textos del Antiguo Testamento ponen de relieve que la pobreza era considerada en el pueblo de Israel con una doble valencia: los pobres aparecen como desheredados en el contexto social, pero también como privilegiados porque Dios se ocupa de ellos. Se describe la pobreza como una realidad dura y desafortunada, y también como una situación que reclama la ayuda y la protección de la comunidad.

Los profetas enfatizaron el riesgo que el poder y la riqueza entrañan de que el corazón se apegue a cosas caducas y se olvide de Dios; y con la misma fuerza, condenaron el abuso de autoridad, la explotación de las viudas y de los huérfanos, el fraude y la violencia, que provocan situaciones de injusticia y de miseria.

A la vez proclamaron que el amor de Dios se extiende al desvalido, al que nada posee, y anunciaron que también a ellos les están destinados los bienes mesiánicos; de hecho, entre los signos de la llegada del Mesías, Isaías menciona en lugar privilegiado la nota básica de que predicará “la buena nueva a los pobres”.

Diversos textos proféticos, así como bastantes Salmos, cantan, además, el hondo sentido espiritual de la pobreza. El pobre, en este contexto, no es tanto el que carece materialmente de bienes -aunque esa realidad no se excluye y en parte se presupone- sino el humilde, el hombre recto y justo que sufre y confía en Dios, a pesar de la miseria, del desamparo y de la prueba.

Más profundamente aún, el hombre de fe que, reconociendo su indignidad y su pecado, advierte la necesidad constante del perdón de Dios: “He buscado a Yavé, y me ha respondido: me ha librado de todos mis temores. Cuando el pobre grita, Yavé oye, y le salva de todas sus angustias”.

Con el impulso de la conciencia de la grandeza de Dios y de la confianza en Él, se pasa de la consideración de la pobreza como condición de hecho -dura y no deseable en sí misma- a un nivel más profundo en el que esa miseria y, en general, cualquier carencia o limitación, se transforma en ocasión para profundizar en el reconocimiento de nuestra situación existencial de indigencia y, por tanto, en la apertura y la entrega a Dios, es decir, en la virtud espiritual.

El Hijo de Dios asumió todas las realidades humanas -menos el pecado-; no le faltaron el calor y el frío, el hambre y la sed, el dolor y el abandono, la escasez y la pobreza. “Sin nada vino Jesús al mundo, y sin nada -ni siquiera el lugar donde reposa- se nos ha ido”, escribió el Beato Josemaría, resumiendo con esas palabras el principio y el final del paso de Cristo por la tierra.

Los evangelistas que nos han descrito la pobreza de Belén narran también el momento supremo, terrible y solemne, en el que Jesús, clavado en la Cruz, después de pronunciar las palabras proféticas del Salmo -“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”-, y de identificarse así con el indigente más desamparado, muere, manifestando una confianza total y completa en la voluntad y el amor del Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Entre un acontecimiento y otro, entre el nacer en Belén y el morir en el Calvario, Jesús manifiesta una constante actitud de desprendimiento y entrega. No rechaza los bienes materiales, y convive sin estridencias con la gente de su tiempo, también con quienes ostentan una posición desahogada, como Marta, María y Lázaro; y Él mismo permanece treinta años en su propio hogar -la casa sencilla de Nazaret- y ejerce allí, junto con José, un trabajo que le permite desenvolverse como las otras familias de la zona.

En sus tres años de predicación, viste una túnica buena, elegante, sin costura. Pero a la vez observamos cómo sabe renunciar a todo, llevar un tenor de vida extremadamente sencillo, hasta el punto de que el propio Jesús, describiendo su conducta mientras recorre los caminos de Palestina, puede exclamar: “Las raposas tienen sus guaridas y los pájaros del cielos sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.

La pobreza de Jesús nos interpela precisamente por su voluntariedad, ya que Dios decidió encarnarse con suprema libertad y también con suprema libertad eligió el modo. Al tomar nuestra naturaleza, escogió el camino de la pobreza total. El Señor no se ha acercado a los hombres por la vía del poder o de la riqueza, sino por la senda de un amor que se manifiesta también en el desprendimiento y en la entrega.

San Pablo lo subraya en el gran canto cristológico de la carta a los Filipenses: Cristo Jesús -escribe- “siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo”. Y dice también San Pablo a los cristianos de Corinto: Jesucristo, “siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza”.

Hay una estrecha relación entre pobreza de espíritu y amor; entre desprendimiento de uno mismo -de cuanto contribuye a la propia autoafirmación- y capacidad de querer. Jesús, que lo expresó de modo patente con su vida, lo proclamó también con sus palabras.

Quizá ningún texto es más elocuente que el sermón de la montaña, y concretamente aquellas bienaventuranzas en las que el abandono y la confianza en Él, que Dios espera de cada persona, se ponen de relieve en un paradójico contraste, al confrontar la pequeñez de las aspiraciones humanas a ras de tierra y la grandeza de la oferta divina. La primera de esas bienaventuranzas es precisamente la que declara: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los cielos”.

Quien se encierra en sí mismo, en su ambición, en su afán de poderío o de riquezas, quien confía en sus propias fuerzas o en lo bienes de que dispone, limita -e incluso pierde del todo- la capacidad de amar. Quien avanza desprendido de sí y de las cosas creadas, abre su corazón para recibir el Reino de los cielos, es decir, el don de Dios y de su amor.

Poco después, en ese mismo discurso, Jesús reitera esa enseñanza al afirmar rotundamente que son incompatibles el servicio a Dios y el sometimiento a los bienes materiales: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”.

A continuación, el Maestro exhorta al abandono en la providencia divina, a colocar la confianza en el amor que Dios nos presta, de modo que, superando preocupaciones y angustias, alcancemos, también nosotros, la libertad de amar. “¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y Yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?”.

La pobreza de espíritu hace posible la apertura del corazón y, con ésta, la dicha, el verdadero gozo; por el contrario, la avaricia material, el afán de depositar la seguridad y la esperanza en los bienes presentes se resuelve en fuente de desdicha y de tristeza. Un episodio aleccionador es la escena que suele denominarse “del joven rico”.

Ese muchacho declara que cumple la Ley, pero cuando Jesús lo coloca no ante una mera observancia de normas, sino ante una plenitud de entrega, corroborada con la renuncia a los bienes, “se marchó triste, porque -añade el evangelista- tenía muchas posesiones”. Y Jesús comenta: “En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos”. Los discípulos se quedan asombrados ante la radicalidad de lo que pide el Maestro: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”.

Cristo no rebaja su exigencia -la disponibilidad y la entrega han de ir a la totalidad-, pero recuerda que la criatura humana no está sola: “Para el hombre esto es imposible; para Dios, sin embargo, todo es posible”. Y a Pedro que, tal vez sumido aún en la zozobra, le hace presente que él y los otros discípulos lo han abandonado todo para seguirle, le contesta: “Todo el que haya dejado casas, hermanas o hermanos, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna”.

Dios lo pide todo, reclama un corazón libre, sin apegamientos ni rémoras, pero siempre da más, porque -como afirmaba el Beato Josemaría- “no se deja nunca ganar en generosidad”.

Desprendimiento y generosidad

El Beato Josemaría empleó muchas veces, también para referirse a la relación con los bienes materiales, el vocablo “señorío”; es decir, dominio, agilidad para decidir, libertad, ausencia de ataduras y esclavitudes. “He aprendido -afirmaba de sí San Pablo- a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta”. Así debe concretarse la actitud del cristiano: apoyarse siempre en Cristo y asumir desde Cristo y en Cristo todas las situaciones que la vida traiga consigo.

Ese texto de San Pablo pone de manifiesto que el núcleo de lo que predica y reclama el Evangelio no se limita a situaciones exteriores -ni a la carencia ni a la abundancia, por repetir las palabras paulinas-, sino a la actitud con que el alma y el corazón se sitúan ante los bienes.

Con razón sintetizaba San Agustín: “Serás verdaderamente rico cuando no necesites de nada”. No se debe olvidar, sin embargo, que el desasimiento que se demanda al cristiano, cualquiera que sea la situación en la que se encuentre, no se reduce -si quiere ser sincero- a una actitud etérea y vacía: ha de presentar siempre consecuencias prácticas. Entre esas manifestaciones destacaré dos que nunca deberían faltar en la conducta de un hijo de Dios consciente de este título.

La primera es muy clara: la sobriedad, la vida austera, el control sobre sí mismo para evitar caprichos o comodidades superfluas. La segunda de esas exigencias se puede resumir con una palabra: generosidad, conciencia de que los bienes materiales que Dios coloca a nuestro alcance no sirven sólo para uno mismo, sino también para el servicio de los demás.

Los Hechos de los Apóstoles describen el tenor de vida de la primera comunidad cristiana con frases precisas: “Todos los creyentes estaban unidos y tenían todas las cosas en común. Vendían las posesiones y los bienes y los repartían entre todos, según las necesidades de cada uno”.

La institución de los siete diáconos -palabra que significa “servidores”- tenía como fin asegurar el servicio a los pobres. San Pablo, cuando la necesidad lo reclama, organiza colectas para que las comunidades se ayuden mutuamente. Presenta a los cristianos de Corinto el ejemplo de los de Macedonia, que, aun “en medio de una gran tribulación con que han sido probados, su rebosante gozo y su extrema pobreza se desbordaron en tesoros de generosidad”; y a continuación remite -con un texto que ya he citado- a un ejemplo más alto, el de Cristo mismo, “porque conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por vosotros para que vosotros seáis ricos por su pobreza”.

La tradición cristiana ha alabado y practicado siempre la limosna, la disposición de los bienes en beneficio de la penuria espiritual o material de otras personas, no sólo con lo superfluo, sino también con lo necesario: con aquellos medios cuya renuncia implica, en uno u otro grado, una disminución del propio nivel personal de vida.

La historia de la Iglesia está llena de ecos del ejemplo que dio la primitiva comunidad de Jerusalén: personas singulares e instituciones, desde órdenes y congregaciones religiosas, hasta los recientes grupos de voluntariado, que, con sacrificio personal y entrega, atienden a pobres, refugiados, damnificados por desastres naturales, drogadictos, enfermos o ancianos en soledad…

Su existencia constituye, sin duda alguna, una de las realidades más positivas de los tiempos pasados y de los presentes. Y es recordatorio de un espíritu, de una generosidad, que interpela a todos, también a quienes Dios no llama a recorrer esos caminos, sino otros. Poco cristianamente se conduciría, en efecto, quien se moviera con indiferencia ante la indigencia ajena y olvidara que Cristo le urge a esforzarse por remediarla o, al menos, por aliviarla.

Ya desde antiguo, los Padres de la Iglesia señalaron que quienes disponen de recursos materiales no deben poseerlos como dueños, sino como administradores, como un caudal que Dios les confía para que lo hagan rendir en servicio de la colectividad. Desde entonces, ese principio -con unas u otras palabras- ha sido constantemente recordado.

El Concilio Vaticano II lo ha transmitido también en la Constitución Gaudium et spes, en uno de sus pasajes más significativos: “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa (…).

Sean las que sean las formas de la propiedad (…), jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechan a él solamente, sino también a los demás”.

Uno de los grandes retos de la sociedad contemporánea se presenta en la justa repartición y en el correcto uso de los recursos naturales, tanto en el interior de cada país como en el conjunto del planeta. El espíritu de pobreza cristiana debe impulsar a los responsables de la economía -empresarios y gobernantes, financieros y sindicalistas- a asumir actitudes y conductas ejemplares en su actuación y en sus decisiones, mostrando que conciben los medios naturales y técnicos como realidad que debe gestionarse en beneficio de todos y que ha de ser transmitida con recto incremento a las generaciones posteriores; jamás como patrimonio blindado, susceptible de explotación egoísta.

En el pasaje de la carta a los Corintios con el que promueve una colecta para ayudar a los hermanos necesitados, San Pablo añade: “No lo digo como una orden, sino que mediante el desvelo por otros, quiero probar también la autenticidad de vuestra caridad”. Ésa es -aquí como en todo- la raíz del actuar cristiano: el amor.

Por eso, el espíritu cristiano de pobreza no se agota en gestos exteriores, ni en simples sentimientos de solidaridad: penetra en lo más profundo de la persona, para erradicar la avaricia, grande o pequeña, y agrandar el horizonte de la inteligencia y del corazón, de modo que el alma llegue a identificarse con el querer de Dios y aprenda de Él a amar con obras.

Por la misma razón, la experiencia de la pobreza material, de la indigencia, se transforma en escuela de desprendimiento para el alma. Cuando la pobreza se acoge con actitud de fe y de amor, cuando se abre a Dios, al carecer de lo necesario se toca la trascendencia y la capacidad de infinito que se encierra en el corazón humano. Por eso el pobre, la persona que sufre la miseria, el dolor y el sufrimiento, confiando en el Señor, constituye en signo visible de la presencia de Dios en la historia.

Así lo ha entendido siempre la tradición cristiana, y de modo especial los santos: a la vez que se volcaban en atender al indigente y al desvalido, se confiaban a su oración.

No puedo por menos de recordar aquí al Beato Josemaría, a quien en más de una ocasión oí comentar que, en los años iniciales de su apostolado, para emprender la empresa que Dios le había desvelado, buscó la fuerza en los pobres y en los enfermos de las barriadas y hospitales de Madrid, a los que visitaba y atendía solícitamente en una labor sacerdotal que le ocupaba muchas horas diarias. De sus labios escuché también siempre una exhortación viva a atender generosamente al pobre y al enfermo, y a aprender de ellos.

Esforzándose por erradicar la pobreza material, al mismo tiempo que se respeta al menesteroso y se aprende a practicar la pobreza de espíritu, el cristiano afronta con hondura esta historia en la que nacemos y de la que somos protagonistas. El espíritu de desprendimiento, de generosidad, de preocupación -sentida y efectiva- por las necesidades de los demás, no se queda en una utopía, en una ilusión irrealizable. Está al alcance de todo el que abra su espíritu a la ayuda divina.

Configura siempre una exigencia para el discípulo de Cristo y un reto para el hombre de hoy, en ocasiones escéptico ante los problemas crónicos de la humanidad. El ejemplo de Cristo sana ese escepticismo, y la gracia del Espíritu Santo confiere la fuerza para plasmar en obras el amor y la generosidad.

De Itinerarios de Vida Cristiana, Planeta Testimonio, Barcelona 2001