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CONSECUENCIAS DEL DESPRECIO DEL PUDOR

Por otro lado, al acostumbrarse a ir con la casi totalidad del cuerpo desnudo en lugares que ciertamente la situación psicológica requiere brevedad de ropa, cuando la preocupación por el pudor es nula, difícilmente surgirá el sentido del pudor en los lugares en los que, sin lugar a sutiles disquisiciones, su ausencia desencadena irremediablemente la lujuria.

Por tanto, si, por ejemplo, para practicar un deporte es necesario y conveniente abreviar el vestido, no por ello cabe despreocuparse del pudor. Porque si uno no se preocupa ahí (no hablo de obsesionarse, sino de ocuparse), poco a poco se irá despreocupando de él cualquiera que sea la situación en que se encuentre: se reprimirá cada vez más el sentido del pudor, hasta que su voz sea poco menos que imperceptible, del mismo modo que uno puede acostumbrarse al fraude, al robo y hasta al asesinato, lo cual no es precisamente un bien para la persona ni para la sociedad…

En el enorme y vivo engranaje que constituye la vida social, cada pieza debe estar bien ajustada en el lugar que le corresponde, de lo contrario todas las relaciones sociales se van desquiciando, o se resienten al menos del desajuste particular.

El pudor es una pieza, que puede parecer insignificante, pero de ella depende en gran medida el control de los impulsos sexuales, los cuales, una vez desbocados, convierten a los hombres en bestias salvajes, depredadores o apresados, esclavos, porque — a pesar de lo que los ingenuos suelen creer — en la selva no hay libertad ni cosa parecida: allí impera la ley del más fuerte y esa ley no parece ser la más adecuada a la justicia de que tanto se blasona, y mucho menos a la caridad verdadera, de la que tan escasos andamos, también porque no se halla bien ajustada esa pieza al parecer insignificante que es el pudor.

Esta conexión que acabo de sugerir, entre la procacidad –pérdida del pudor y de su sentido — y salvajismo (anarquía, asesinato de inocentes, aborto voluntario, etc.) y las más importantes lacras que padece hoy nuestra sociedad; esa conexión que puede parecer ilusoria por la aparente desproporción entre causa y efecto, es muy real y convendría reflexionar sobre ello.

En efecto, si — como hemos visto — el pudor es la reserva peculiar de lo íntimo; si es requisito indispensable para que el yo, la persona, se conserve para sí en toda su riqueza, ya que de otro modo se pierde, se esfuma; si la procacidad diluye el carácter personal de las relaciones humanas, entonces cabe concluir — como Jacinto Choza en su ensayo La supresión del pudor, signo de nuestro tiempo –, la fe está perdida: Si la intimidad personal, dice Choza, está disuelta, el ateísmo es inevitable, porque el encuentro con Dios se realiza siempre en el centro mismo de la intimidad personal. ¿Cómo va a tratar a Dios — Ser personal en grado sumo — quien se halla habituado a tratar de un modo prácticamente impersonal a sus semejantes e incluso a sí mismo?

Sí, se puede frecuentar una playa donde la indumentaria general sea máximamente breve, sin cometer allí pecados actuales de lujuria. Pero, de hecho, es muy difícil y por la razón apuntada, la intimidad personal va perdiendo fuerza, vigor, estima, y en esa medida, enflaquecida la vida interior, se dificulta más y más la relación con Dios, que habría de ser cada vez más íntima y personal. Por lo demás, perdido el pudor, las sanas costumbres, la delicadeza en el trato entre unos y otras se pierde también; y la conducta — como es bien sabido –, cuando no se ajusta a la fe, la erosiona hasta el punto de poder eliminarla por completo.

En principio, pues, exceptuando las circunstancias en que la pasión queda vivificada por el espíritu (el amor limpio del matrimonio) o por el dolor (la curación de la enfermedad), o por el arte (sin subterfugios hipócritas), el desvelamiento de las unidades anatómicas aludidas, es, para el hombre o la mujer, una manera de despersonalización voluntaria, y una grave falta de respeto a la dignidad personal y a la personal dignidad de los demás. Es como bajar a un nivel infrahumano hasta reducirse al estado de cosa y objeto (mujer objeto, hombre objeto), instrumento de mero placer sensual. En fin de cuentas, prostitución, aunque no tenga lugar el consabido comercio carnal, pues hay muy diversas formas de prostituirse, y no es la menos grave la que resulta de convertirse a uno mismo en pornomanifestación, para todo el que pase por delante.