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Comenzar y recomenzar. El don del celibato. Los padres

  • Comenzar y recomenzar en la vida cristiana. Cuidar la vocación.

  • No todos comprenden el don del celibato, como dijo Jesús. Se lee en el Evangelio de San Mateo: “[11] El les respondió: No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido. [12] En efecto, hay eunucos que así nacieron del seno de su madre; también hay eunucos que así han quedado por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda”.

  • Mis padres: les debo mi vocación cristiana. Debo quererles, obedecerles, escuchar y valorar sus consejos, pero sin descargar en ellos (ni en nadie) la responsabilidad de unas decisiones sobre mi vida que me corresponde tomar sólo a mí.

¿Qué se entiende por una persona cristianamente formada?

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Un cristiano formado una persona madura en su fe, que se esfuerza por traducirla en obras de fe, y que conoce las enseñanzas de Cristo con un nivel adecuado a su preparación intelectual.

Es una persona que pone, día tras día, los medios para seguir actualizando su formación cristiana y procura actuar de forma coherente con su fe, comenzando y recomenzando una y otra vez, con humildad, en el combate espiritual.

Conviene ayudar a los jóvenes para:

  • que se sepan y sientan hijos de Dios.
  • que sean conscientes de que no pueden avanzar sin la ayuda de la gracia “sin mí no podéis hacer nada” (Io. 15, 5).
  • que actúen como hermanos de todos los hombres.
  • que vayan realizando su ideal en lo pequeño, día a día, sin desánimos. La santidad no consiste en lograr una meta, sino en esforzarse en lo pequeño por amor a Dios.
  • hacerles ver la necesidad de vivir habitualmente en gracia de Dios.
  • ayudarles a comenzar y recomenzar en su vida cristiana, acudiendo al sacramento de la Reconciliación.

“Cristo ha instituido el Sacramento de la Confesión para liberar el corazón de oscuridad, para levantarlo tras los tropiezos; para volver al hombre a la vida de la gracia cuando la hubiera perdido por el pecado mortal y para perdonarle también sus pecados veniales; para que pueda vencer la inclinación al pecado, para que en él sólo habite Dios (…).

Con la confesión no desaparecen las dificultades de esta vida, que es una prueba, pero sí se anula la asfixia de la tristeza, esos nubarrones negros que hacen de la vida un túnel. Pone en el corazón la esperanza, con la fe y con el amor, y da fuerzas para continuar, volviendo siempre a empezar” (Juan Pablo II a los universitarios, p. 49, Eunsa, Pamplona 1980).