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Un farol encendido

Indígenas con los huipiles tradicionales

Vicente Martinez impulsó, como Secretario general de SUI, numerosas iniciativas de solidaridad con los niños marginados. Excursiones, clases, festivales de Navidad, deportes, etc. Siempre con respeto a la libertad de esos chicos y con profundo sentido cristiano: durante una Semana Santa promovió la representación, por parte de esos muchachos de una obra de teatro sobre la Pasión del Señor, a la que asistieron, gozosos, sus padres.

Sabía, como enseña san Josemaría, que todo aquello era su camino de santidad: sus clases en el colegio de Los Olmos, donde era especialmente querido; sus estudios de doctorado que llevaba con rigor; su vibración apostólica.

Su afán evangelizador nacía de su oración. “El apostolado se hace siendo santos”, anotó el 26 de enero de 1994 en su agenda. Y escribió el 25 de abril: “Que ningún día pase en balde para el apostolado”.

Agradecía con frecuencia su vocación al Señor. ” El farol encendido por Dios -anotó el 18 de febrero-. Dios nos ha llamado para atraer. Lo único importante de mi vida”.

Niña indígena cakchiquel

Durante el último periodo de su vida, se fue uniendo cada vez más fuertemente con el Señor. Tenía la misma urgencia y vibración espiritual interior que cuando pidió la admisión en el Opus Dei, y sentía un afán por acercarse a Dios, por hacer el bien a los que le rodeaban.

Durante el mes de agosto de 1994 viajó a Guatemala para promover una escuela agrícola impulsada por miembros del Opus Dei en el área de Tecpán, una de las zonas más necesitadas de Guatemala, en la que los habitantes -inditos cakchiqueles- viven en una situación de extrema pobreza.

Al mismo tiempo se dio una extensa catequesis para cientos de niños, junto con clases de prevención del cólera y de apoyo escolar. Hizo para esos días este propósito: “santificar el momento y no esperar circunstancias ideales”; y se puso este punto de lucha: “espíritu de servicio”.

A lo largo de ese mes dedicó sus mejores esfuerzos a dar catequesis y clases a los indigenas, aunque para ello hubiese que recorrer varias horas en furgoneta por unos caminos malos de piedra y tierra, entre precipicios. Se daban clases de conceptos sanitarios elementales contra el cólera; de alfabetización; de promoción de las hijas (en esa zona la mujer sufre un grave desprecio social); etc. Era un programa intenso, muy complejo, que se dirigía a niños, a jóvenes y a personas maduras.

Preparaba con mucho sentido profesional todas esas actividades y los trabajos de voluntariado de cada día, tanto con los pequeños como con los mayores: “hacerlo bien -escribió en su agenda-. Trabajar como el mejor. Rectitud de intención”.

Campesinos de Tecpán, durante la promoción de la escuela agrícola Utz Samaj

El día 30 de julio anotó en su agenda: “Mortificación: últimas piedras. Estar dispuesto a lo que sea”.

El domingo día 31 de julio se trasladó a la ciudad de Guatemala junto con un sacerdote agregado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Durante el viaje hicieron un rato de oración, y estuvo considerando un texto en el que aparecía varias veces la frase: “Vive hoy como si fuera el último día de toda tu vida”.

Estaba leyendo un libro titulado En la intimidad con Dios y tenía marcado el pasaje que habla de la Muerte y la Pasión de Cristo en la Cruz. En los Evangelios había señalado la página en el pasaje de la Resurección de Lázaro.