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La vocación y las “pruebas” por parte de los padres

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Naturalmente, no siempre la elección que hacen los hijos jóvenes será del agrado de sus padres. Esto sucede con todo tipo de elecciones: desde la ropa que usan, o la carrera que estudian, hasta la esposa que eligen. Hay diferencias de formación, de ambiente, de carácter y gustos. “Tres cosas me son difíciles de comprender -se lee en el libro de los Proverbios– y la cuarta la ignoro por completo: el camino del águila en los aires, el de la culebra sobre la piedra, el de la nave en alta mar y el del hombre en su mocedad” (XXX. 18, 19).

Pero en este caso, se suma una diferencia decisiva: esta elección no debe ser fruto de un capricho, ni una decisión atolondrada, sino la respuesta a una llamada concreta de Dios.

Los padres tienen derecho -y obligación- a aconsejar a sus hijos sobre la cuestión más decisiva de su existencia. Deberán meditar ese consejo en la intimidad de su oración, para que nazca del deseo de agradar a Dios y no de un sentimiento puramente humano; para que se dirija a la gloria de Dios y no a la propia satisfacción personal; para que redunde en beneficio de sus hijos y de su propia alma, y no se convierta en un peso que marque la existencia de sus hijos y comprometa gravemente su conciencia.

Y los hijos, si son jóvenes, tienen obligación de escuchar y de ponderar detenidamente los consejos de los padres en esta materia. No tienen obligación de seguirlos, pero sí de valorarlos debidamente, sobre todo cuando no proceden del prejuicio o del egoísmo, sino de un deseo de ayudarles a cumplir la voluntad de Dios.

¿Tienen los padres derecho a “probar” la consistencia de esa nueva vocación? Puede ser oportuno en ocasiones, siempre que se respete la libertad del hijo; y siempre que se haga de acuerdo con un sacerdote piadoso y prudente que conozca a su hijo y que se presuma, razonablemente, que esa decisión es el fruto pasajero y momentáneo de una emoción.

Pero hay que tener cuidado con esas “pruebas” sobre algo tan crucial y decisivo en la vida de un hombre. Como decía con humor Eugenio D’Ors a un camarero que le derramó sin querer sobre la chaqueta un finísimo champagne: “los experimentos es mejor hacerlos con gaseosa”.

Porque, a pesar de “la buena voluntad”, en muchos casos esas pruebas experimentales suelen salir mal y pueden acaban abortando una vocación. Esos padres se ponen en peligro de ofender gravemente al Señor, de perder la paz, y de comprometer su alma. Se pueden aplicar aquí los viejos versos de Cervantes referidos al honor de la mujer:

“que es de vidrio la mujer

pero no debes probar

si se puede o no quebrar

que todo podría ser”.

¿En qué puede consistir una “prueba razonable”? En no dar demasiadas facilidades; en no tomar en serio todo lo que el hijo propone, hasta que éste lo formule con la necesaria entereza que demuestre su voluntad decidida. Y sobre todo, en rezar y hacer rezar. En mortificarse para ver clara la voluntad de Dios para ese hijo, para acertar en la actitud y en el consejo conveniente en cada caso, en cada momento. En definitiva, en ayudarle a buscar juntos la Voluntad de Dios, fortaleciendo su ánimo.

Todo esto debe tener en cuenta el carácter y el talante del propio hijo, sin coaccionarlo gravemente o ponerlo en una situación que rozara lo heroico, sin exagerarle las dificultades del celibato frente a las del matrimonio, asustándole con la posibilidad de una futura defección (como si esa posibilidad no se diese en todos los estados y situaciones de la vida) o pintándole el matrimonio como un camino de rosas (¡!). Esa actitud, que cae en el extremo contrario al de los que opinan que “se llama santo al matrimonio porque cuenta con innumerables mártires”, olvida que lo importante no es elegir un estado u otro, sino aquel para el que llama Dios.

Esto no es fácil y suele venir acompañado de lágrimas. Y así sucede en todas las elecciones humanas. ¿Qué madre no llora, aunque muchas veces no afloren las lágrimas, cuando sus hijos se casan, por muy contentos que estén con su decisión?

La madre de san Francisco de Sales también lloró, como tantas madres, al conocer la decisión de su hijo de entregarse a Dios; no sabía si eran lágrimas de alegría o de dolor, porque ella se lo había ofrecido a Dios antes de que naciera, como tantas madres también,

Pero Francisco de Boisy, su marido, no sabía nada del asunto; y en aquellos tiempos en los que los padres concertaban los matrimonios, le tenía preparado, un magnífico partido a su hijo: una jovencita llamada Francisca de Veigy que era, nada más y nada menos, la hija del consejero del Duque de Saboya. Aunque algo se sospecharía de la inclinación de su hijo hacia el sacerdocio, no sabía nada porque Francisco no sabía decir que no: “¿Qué queréis? -confesaba- Mi carácter me lleva a la condescendencia. Encuentro la palabra ‘no’ tan cruda para el prójimo, que no me atrevo a pronunciarla cuando se me pide algo razonable… Jamás contradigo a nadie”. Y no pudo -o no supo- decir que no cuando su padre le habló de matrimonio: prefirió callarse y dar evasivas: “más adelante, ya veremos…”

Su madre y un primo suyo, que era canónigo, estaban dispuestos a ayudarle en el momento oportuno, pero… ¿quién se enfrentaba con su padre, que decía por todas partes “que la cosa ya estaba hecha”. Tan hecha que, aunque Francisco seguía dando largas, no pudo evitar la visita de los señores de Boisy a la familia de Veigy, para presentarle a la señorita agraciada. Francisco hizo lo que pudo: reconoció que era “una señorita de buena cuna, modesta y devota” pero no esbozó ni una sola sonrisa durante la entrevista. Su padre lo fulminaba con la mirada.

Cuando acabó todo estalló la tormenta: el padre pidió explicaciones y Francisco dijo un “no” tajante, insospechado “en un hijo que no decía nunca a nada que no”… “¿Pero quién te ha metido esa idea en la cabeza? -gritaba su padre- ¡Una elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!”, insistía furioso. Su esposa callaba. Francisco decía que había tenido ese deseo desde la niñez. Y así una vez y otra. De vez en cuando, su madre sugería tímidamente: “Ay, será mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios. Si no, va a hacernos como san Bernardo de Menthon; se nos escapará…”.

Pero el padre de san Francisco, buen cristiano, amaba la Voluntad de Dios, yal final, después de un tiempo prudente, cedió : “Adelante hijo mío, haz por Dios lo que dices que El te inspira”. Su madre volvió a llorar: escribenlos hagiógrafos decimonónicos que “se esforzaba en poner buena cara; pero al fin le fue imposible; retirose a su gabinete y, con largas lágrimas, empañó el brillo de sus ojos”.

Sin embargo, no se puede llamar “prueba” a lo que es una coacción violenta llevada a cabo por padres que se niegan ante una exigencia que les supone esfuerzo (un esfuerzo no mayor, en tantas ocasiones, que el que les supondría la elección de otro estado). “Cuando mi madre supo mi resolución -escribe San Juan Crisóstomo- me tomó de la mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más amargas que su llanto”. En aquella ocasión, Juan cedió. Si no llega a ser por un amigo, que lo convenció posteriormente, aquellas lágrimas hubiesen abortado su vocación.

Porque, además del riesgo de coaccionar la libertad del hijo, de hacer sufrir a todos, y -lo que es más importante- de ofender a Dios, esas pruebas desorbitadas y esos

gestos de fuerza paternos suelen salir mal. El padre de Luís Gonzaga puso todas las dificultades imaginables, mientras repetía, viendo la piedad de su hijo: ¡mi hijo no será fraile!

Hizo que se lo llevaran a Florencia para que sirviese de paje al duque Francisco de Médicis. Esperaba que el ambiente cortesano acabaría por conquistarlo. Pero el joven Luís volvió a su hogar, en Castiglione, tan decidido como salió. Para su padre, peor que como salió, porque le comunicó entonces su decisión inquebrantable de entregarse a Dios.

Volvió a probar; y esta vez lo envió a la Corte del rey de España, que estaba en todo su esplendor. Allí lo tuvo tres años. Esperaba que a la vuelta se le hubiese olvidado todo. Pero a su regreso en 1584, Luís declaró que quería ingresar en la Compañía de Jesús. Tenía dieciséis años. Se sucedieron escenas violentísimas entre padre e hijo, que cayó enfermo. Su padretenía “otros planes”, y Luís sólo quería seguir los planes de Dios.

Su padre no cedía: volvió a enviarle a las cortes de Mantua, Ferrara, Parma y Turín… hasta que descubrió que había estado luchando contra un querer de Dios.

Algo parecido le sucedió a Pedro Bernardone: no estaba dispuesto a que su hijo Francisco hiciese más locuras, que eran la comidilla de todo Asís. La gota que colmó el vaso fue que un día entró en casa, tomóvarios lienzos de su almacén, los cargó en una mula, se fue a Foligno, los vendió -no sólo los paños, la mula incluso- y entregó el importe a un clérigo de la iglesia de San Damián. Todo, porque decía que había oído: “Francisco, repara mi casa”.

Bernardote estaba harto de ver llegar a su hijo a casa medio desnudo porque había dado a los pobres la capa, el sombrero y la camisa. ¡Precisamente su hijo, el hijo de uno de los mercaderes en paños más ricos de Umbría! Así que se presentó en la sede arzobispal y exigió que le devolvieran su dinero. Francisco se presentó también, escuchó la petición de su padre… y como respuesta le dio toda la ropa que llevaba puesta, quedándose sólo con una faja de cerdas a la cintura.

Siglos más tarde, Margarita Occiena se encontró con el mismo problema. Y eso que ella lo había dado todo por su hijo: un día le había pedido que atendiese a los chicos que acudían a él, sus biricchini, y ella había dicho: “Si ésa es la voluntad de Dios cuenta conmigo”; había dejado su casa de I Becchi y se había ido al barrio pobre de Turín en el que vivía su Giovanni, llevando en un gran cesto todo lo que tenía, que era poco, y sosteniendo con una mano una sarta de ollas y sartenes. Estaba ya anciana y agotaba por una vida de sufrimientos. Se lo había dado todo: su dinero, incluso su traje de novia, con el que le había hecho una casulla. Hasta su anillo de casada. No le quedaba nada. Pero su hijo no tenía límites: un día se trajo a dos maleantes a dormir, y por si fuera poco los abrigó con mantas y sábanas. Naturalmente no los volvieron a ver: ni a los maleantes, ni a las mantas ni a las sábanas. Se echó a llorar. Giovanni le aseguró que jamás traería a más pobres a dormir a casa.

Pero Margarita había aprendido de su hijo a no poner límites al amor, y pocos días después se le presentó en casa un niño andrajoso. Eran los días de Navidad. Se le olvidó de pronto todo lo que le había dicho a su hijo, tomó al pobre niño, le dio de comer y lo metió en su propia cama. Y luego llegaron más y más: años más tarde serían 2000 biricchini. Y así nació, alentada por su mano maternal, la familia salesiana de San Juan Bosco.

Muchas de estas reacciones, desde un punto de vista puramente humano, resultan comprensibles. Los padres tienden a pensar -y los padres de los santos no son una excepción a esta regla general- que sus hijos son perpetuamente niños. “Si es casi una niña”… se iba repitiendo Monna Lapa en aquel día de primavera de 1383 en el que se encontraban en su corazón un cúmulo de sentimientos. Iba en la procesión mirando al suelo, andando trabajosamente bajo el peso de sus ochenta años, sostenida por dos jóvenes. Escuchaba a su alrededor los murmullos de admiración: “ésa es, ésa es la madre”. De vez en cuando, alzaba la vista y veía, en el relicario que ahora se llevaba triunfalmente por las calles de Siena –un busto de bronce dorado, cincelado por los mejores orfebres del país-, entre el gozo de la multitud y el repicar de las campanas, la imagen de su hija. Una hija a la que había amado con locura. Y a la que no había entendido en absoluto.

Monna había tenido nada menos que veinticinco hijos, muchos de ellos gemelos, de los que le sobrevivieron sólo algunos. Catalina había sido realmente su última hija, porque Juana, su melliza, murió pronto, y otra Juana que nació más tarde, murió niña también. Por eso, la quiso de forma especial..

Hasta que de pronto, su hija comenzó a hacer cosas incomprensibles. Ahora, en la procesión, viendo la cara de fervor de sus conciudadanos ante la reliquia de su hija, los recuerdos se tamizaban con una luz distinta… Pero entonces no lograba entender el sentido de las cosas que hacía. Le parecían, sencillamente…, caprichos incomprensibles de una niña demasiado mística. Porque ella, como es natural, como cualquier madre de Siena, le tenía reservado un buen partido: un joven de una familia acomodada, con la que les vendría muy bien, además, emparentar a los Benincasa. Y cuando estaban a punto de concertar el matrimonio entre las familias, a Catalina ¡le dio por cortarse el pelo casi al completo!

Ahora esos recuerdos la hacían sonreír. Pero entonces no le hicieron ninguna gracia; y la estuvo riñendocomo solamente ella, Lapa di Puccio di Piagente, sabía hacerlo: “¡Te casarás aunque se te rompa el corazón!” La amenazó: “No te dejaremos en paz hasta que hagas lo que te mandamos”.

Fue todo inútil. Y la hizo sufrir. Sin querer, desde luego, porque… ¿cómo se iba a imaginar ella entonces que su hija había decidido entregarse a Dios para siempre…, pero que no tenía el menor deseo de irse a un convento? ¿Cómo iba a suponer que pensaba vivir célibe, allí, en su propia casa? Lapa seguía empeñada con el casamiento y empleó todas sus tácticas, su ingenio y su genio: le gritaba, le hacía trabajar sin desmayo, le reñía constantemente. Todo en vano.

Y un día su hija, casi una niña, reunió a toda la familia y desveló sus planes: no estaba dispuesta a casarse: “dejad todas esas negociaciones -les dijo- sobre mi matrimonio, porque en eso jamás obedeceré a vuestra voluntad; yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros queréis tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada; haré con gozo todo lo que buenamente pueda hacer por vosotros. Pero si me echáis por haber tomado esta resolución, sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón”.

Ah, Lapa… ¡Qué cosas dijo entonces! Miró a su marido: su tranquilidad también la exasperaba a veces. Y ante su sorpresa, Jacobo Benincasa dijo: “Querida hija mía, lejos de nosotros oponernos de ninguna manera a la voluntad de Dios, de quien viene esa resolución suya. Sabemos por larga experiencia, y ahora lo sabemos con seguridad, que no te mueve la obstinación de la juventud sino la misericordia de Dios. Mantén tu promesa libremente y vive como el Espíritu Santo te diga que tienes que hacerlo. Jamás te molestaremos en tu vida de oración y en tus devociones, ni intentaremos apartarte de tu camino. Pide que seamos fieles a fin de que seamos dignos del Esposo que has elegido a edad tan temprana”.

Lapa estaba desconcertada. ¡Su propio marido se ponía de parte de su hija, casi una niña! ¡Si tenía sólo diecisiete, dieciocho años! Pero Jacobo la miró fijamente, y Lapa sabía lo que esa mirada significada. Había perdido la batalla. “Desde hoy -dijo gravemente su marido- nadie molestará a esta querida hija mía ni se atreverá a poner obstáculos en su camino. Dejadla servir a su Esposo con entera libertad y que pida diligentemente por nosotros. Nosotros jamás podríamos procurarle un matrimonio tan honroso; por tanto, no nos quejemos porque en vez de un mortal tengamos al Dios inmortal hecho hombre”.

No tuvo más remedio que ceder. Pero luego empezó a sospechar, horrorizada, las mortificaciones que hacía su hija. Ella sabía bien lo que era el dolor: su vida había sido una serie ininterrumpida de embarazos; estaba experimentada en el sacrificio; pero no estaba dispuesta a aquello. Gritaba, lloraba: “¡Ay, hija mía, que te vas a matar! ¡Que te estás quitando la vida! ¡Ay, quién me ha quitado a mi hija! ¡Qué dolor tan grande! ¡Ay, qué desgracia!” Y como convenía con su carácter, no se conformaba con lamentarse: si Catalina dormía en tabla, ella se la llevaba a su cama entre almohadas suaves y blandas. Hasta que le extrañó que, a partir de un día, la niña la obedeciese demasiado dócilmente; pero pronto descubrió la razón: Catalina había metido tablas bajo el lugar donde la obligaba a acostarse. Así no se podía seguir.

Luego vinieron los pobres. La ropa le desaparecía: ¡otra limosna! Ahora se reía en su interior recordando todo esto, pero entonces descargaba su furia contra aquella frágil adolescente. Aunque los pobres y las limosnas, no le importaban tanto: al fin y al cabo, ella también era caritativa. A lo que no estaba dispuesta era a las maledicencias. Ah, eso no: ella no era una mujer rica, la esposa de un tintorero, todos envidiaban en Siena su casa en la Via dei Tintori, junto a Fontebranda… Nunca había dado que hablar. Y ahora el nombre de su hija corría de plaza en plaza, por culpa de las malas lenguas de una leprosa a la que atendía, que murmuraba cosas irrepetibles de ella: “¡Mira, mira -le gritaba Monna a su hija, cuando volvía a casa después de cuidarla-, mira cómo te paga esa leprosa tu caridad cristiana!”

Lapa iba perdiendo todas las batallas: había perdido sus proyectos de futuro, su hija, su tranquilidad familiar. Bien. Lo que no estaba dispuesta era a perder, encima, su buena fama. Y estalló: “Si no dejas de cuidarla, si llego a saber que has estado cerca de donde ella vive, jamás volveré a llamarte hija mía”.

Mientras iba evocando todo esto, la procesión seguía: los comerciantes, los miserables de Siena a los que su hija acogía en otro tiempo, los artesanos, los nobles, los gobernantes de aquella pequeña república; todos la miraban pasar fervorosamente tras la reliquia de su hija. Contaban sus milagros, sus obras de caridad, y relataban en voz baja cómo Catalina Benincasa, una mujer joven, sin más poder que su amor a Dios, había logrado cerrar uno de los capítulos más tristes de la historia de la Iglesia; su palabra pudo lo que no pudieron guerras, presiones y amenazas; un reto de siglos: que el Papa volviera a Roma y abandonara definitivamente de Aviñón.

Lapa no los escuchaba: iba como ausente, mirando al suelo para no encontrarse con las miradas de la multitud. Temblaba al pensar que su hija, de haber sido débil, le hubiera hecho caso… Ahora, su orgullo era su gran equivocación. Su gloria era haber sido

derrotada por el amor de su hija. Su triunfo era su fracaso. Y de vez en cuando, alzaba la mirada y contemplaba, en el relicario, el resto de aquel rostro bellísimo, apagado a los treinta y tres años. Su corazón de madre no podía reprimir el antiguo lamento: “si es todavía una niña…”