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4.4.7. Naturalismo, arte y pornografía


La pornografía y la pornovisión suponen una transgresión del «límite de la vergüenza, o sea, de la sensibilidad personal respecto a lo que se refiere al cuerpo humano sexuado, a su desnudez; cuando en la obra artística o mediante las técnicas de la reproducción audiovisual se viola el derecho a la intimidad del cuerpo en su masculinidad o femini­dad y en último término— cuando se viola esa profunda ordenación del don y del recíproco donarse, que está inscrita en la feminidad y mas­culinidad a través de la entera estructura del ser hombre» (cat. 61, n.4). La sensibilidad personal desaprueba la reducción del cuerpo hu­mano al rango de mero objeto de placer (cf. cat. 63, u. 5).

En cambio, el llamado «naturalismo», que reclama el «derecho a mostrarlo todo», olvida que la entera verdad sobre el hombre «exige tomar en consideración tanto el sentido de la intimidad del cuerpo como la coherencia del don vinculado a la masculinidad y feminidad del cuerpo mismo, en el cual se refleja el misterio del hombre, propio de la estructura interior de la persona» (cat. 62, u. 2. Cf. Gratissimnn sane, 20).

El cuerpo humano se convierte en modelo para la obra de arte (artes plásticas, escultura o pintura) que es elaborado por el artista. El cuerpo humano como objeto de reproducción en otras artes: cine, fotografía, televisión, aunque convertido en anónimo al contar una historia, y en ese sentido objetivado. Estamos hablando de una experiencia estética para el observador, que sin embargo porque el hombre está tan vinculado a su objeto –es su propio cuerpo humano, y este tiene unos valores y significados propios (carácter esponsalicio)- no puede dejar de afectarle subjetivamente y por tanto su mirada estética no estará totalmente aislada de su mirada ética: es no solo un mirar para ver, sino que puede ser también un mirar para desear.

Evidentemente estamos aquí ante una situación en la que confluyen significados que busca el artista, medios que utiliza, y sensibilidad del espectador.

¿Cuándo la cultura se convierte en pornovisión o pornografía? Cuando es sobrepasado el límite de la vergüenza, o sea, de la sensibilidad personal, respecto a lo que se refiere al cuerpo humano, a su desnudez; cuando en la obra artística o mediante las técnicas de la reproducción audiovisual se viola el derecho a la intimidad del cuerpo en su masculinidad o feminidad y –en último término- cuando se viola esa profunda ordenación del don y del recíproco donarse, que está inscrita en la feminidad y masculinidad a través de la entera estructura del ser del hombre.

Dicho de otra forma cuando el sentido de la vergüenza y de la sensibilidad resultan ofendidos es porque se ha trasladado a la dimensión de comunicación social, de propiedad pública, lo que en el justo sentir del hombre pertenece a la relación interpersonal.

Cuando desde el punto de vista del naturalismo se reclama poder representar todo lo que es humano, y eso en nombre de la verdad realista sobre el hombre, se esta haciendo un flaco servicio a la verdad sobre el hombre. Es precisamente la verdad entera sobre el hombre la que exige tomar en consideración tanto el sentido de la intimidad del cuerpo, como la verdad sobre el don vinculado a la masculinidad y feminidad del cuerpo mismo, en el que se refleja el misterio del hombre, propio de la estructura interior del hombre.

El animal no tiene pudor, no tiene vergüenza, no tiene intimidad, no puede darse, no ama. Se puede manifestar desnudo delante de todos los demás animales.

El cuerpo humano en su desnudez, entendido como una manifestación de la persona y como su don, o sea, como signo de confianza y de donación a la otra persona que también esta convencida de ese don y que está dispuesta a responder de ese mismo modo personal, se hace fuente de una particular ‘comunicación’ personal.

El problema no es de puritanismo, ni de moralismo estrecho, como tampoco de un pensamiento maniqueo, sino de defensa de la verdad integral sobre el hombre y su dignidad. Se trata de un conjunto de valores frente a los cuales el hombre no puede permanecer indiferente.

En todas las épocas nos encontramos con artistas y con obras cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez, y cuya contemplación nos permite concentrarnos, en cierto sentido, sobre la verdad entera del hombre, sobre la dignidad y sobre la belleza –también suprasensual- de su masculinidad y feminidad. Estas obras llevan en sí, como escondido, un elemento de sublimación que conduce al espectador, a través del cuerpo, al entero misterio personal del hombre.

Resumiendo podemos decir que en primer lugar (el ethos de la imagen) el artista debe ser consciente de que su obra al tratar del cuerpo humano no solo tiene un carácter estético sino también ético. En su obra se trasluce el mundo de los valores interiores que el lleva y por tanto la vivencia sobre la verdad del objeto que está tratando.

El conjunto de estos valores ya tiene un contenido ético que debe ajustarse a la verdad sobre el objeto: el cuerpo personal. Pero además la calidad y el modo de representación y simbolización artística deben adecuarse también a la verdad sobre el cuerpo humano. Si nuestra sensibilidad personal reacciona con objeciones es porque descubrimos que en la intencionalidad de la obra de arte, o en su representación junto a la objetivación del hombre y de su cuerpo está presente de modo insoslayable una reducción del cuerpo al rango de objeto, de objeto de placer destinado a la satisfacción de la concupiscencia misma.

Por otra parte debemos tener en cuenta al espectador (el ethos del ver). El mirar de este debe procurar esforzarse por descubrir esa verdad completa sobre el hombre, que representa la imagen. También puede quedarse en un consumidor superficial de impresiones, que aprovecha el encuentra con el tema-cuerpo para su sensibilidad.

AL INTERLOCUTOR IMPERMEABLE

Pero al interlocutor impermeable, acaso le quede bailando todavía en la cabeza la vieja idea de que todo es cuestión de condicionamientos sociales, convencionalismos, costumbres, patrañas o prejuicios religiosos.

Si el niño se acostumbrara a ver gentes sin más abrigo que la epidermis, la lujuria no se apoderaría de él cuando alcanzara la edad adulta, y la sociedad — continúan los naturalistas –, como sucede en los países avanzados, sería más pura; la pornografía no escandalizaría a nadie; la liberación del sexo, además, evitaría complejos innecesarios y, de la salud psíquica del individuo, se derivaría la deseada sociedad libre, paradisíaca, insensible e indiferente a lo que hoy nuestra mojigatería convierte en tentación y pecado…

Según ese punto de vista que acabo de describir, habría que felicitarse por el hecho de que la televisión, el cine, la prensa, presenten a todos los públicos esas imágenes consideradas por millones de personas inoportunos excitantes. Frente a esto ha escrito José Miguel Pero-Sanz: «Tampoco estoy muy seguro de que semejante abundancia traiga consigo una insensibilidad, una indiferencia.

Cuestiones tales como la anticoncepción, los embarazos extramatrimoniales, el aborto, etc., no parecen haber desaparecido de una sociedad en la que, teóricamente, todos estaríamos curados de espanto ante cualquier provocación. Ustedes han oído como yo, mil veces la historia esa del cambio de costumbres y de la sensibilidad. Lo que, sin embargo, no he oído es que, a consecuencia de ese “acostumbramiento”, resulte hoy más fácil la virtud de la castidad».

A propósito, quizá sea bueno recordar lo que dice León Tolstoi, en La sonata a Kreutzer; al transcribir las palabras del Señor que recoge San Mateo — Yo os digo que quien mira a una mujer deseándola ha cometido ya adulterio con ella en su corazón (Mt 5, 28) –, añade de su cosecha una sentencia dura, cruda, que habría que matizar como sucede con tantas otras afirmaciones del mismo autor:

«Sí — dice –, solemos enmascarar con una nube de poesía el aspecto animal del amor físico; somos cerdos y no poetas, y conviene que lo sepamos». Es un poco brutal, pero quizá conviene que lo leamos. Lo cierto es que no todo es poesía en este mundo, como no todo el monte es orégano, aunque haya orégano en el monte. Tampoco es amor todo lo que recibe este nombre sublime. La palabra ha sido tan adulterada que a los adúlteros se les llama amantes. Y así, a base de barajar y combinar palabras tales como sinceridad, naturalidad, espontaneidad, liberación, etc., muchos llegan a convencerse (?) de que todo es candor bajo el sol; parecen haber olvidado — si es que lo han sabido alguna vez — que fuimos expulsados del paraíso y que ya no estamos allí.

Recuerdo ahora aquel punto de Camino: Aunque la carne se vista de seda… –Te diré, cuando te vea vacilar ante la tentación, que oculta su impureza con pretextos de arte, de ciencia…, ¡de caridad! Te diré, con palabras de un viejo refrán español: aunque la carne se vista de seda, carne se queda (Camino, n.º 134). ¡No digamos cuando la carne no se viste de ninguna manera!

El cine


Preguntas para un estudiante de 15 o 16 años:

    • ¿Podrías citar el mensaje de fondo de las últimas películas que has visto?
    • Cómo valoras esta opinión: yo al cine no voy a plantearme problemas, sino a divertirme?
    • ¿Sabrías encuadrar culturalmente, por lo que has visto o leído, a los principales directores de cine? ¿Podrías decir la orientación de sus últimas películas?
    • ¿Qué fuentes utilizas para estar informado sobre cine?