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2) Solteros y casados.-

Desde el comienzo de su actividad fundacional, Mons. Escrivá de Balaguer advirtió no sólo que el espíritu del Opus Dei podría ser vivido en todas las situaciones humanas –y, por tanto, sea en el matrimonio, sea en el celibato–, sino también que, para cumplir con la misión que Dios quería que se desarrollase, era necesario que hubiera en el Opus Dei personas que se comprometieran al celibato, con la disponibilidad que de ahí se deriva. En consecuencia orientó así su labor fundacional, invitando a comprometerse en celibato apostólico –según la expresión que le gustaba emplear– a quienes veía que podían tener esta vocación, al mismo tiempo que predicaba con fuerza y claridad el valor cristiano del matrimonio (Cfr Camino, nn. 27, 360 y 779).

Como fruto de esta labor apostólica fue desarrollándose el Opus Dei, en el que, desde el principio, se afirma la posibilidad de que formen parte de él tanto personas célibes como casadas, aunque el modo de pertenencia de unos y otros recibe configuraciones diversas, de acuerdo con lo que permitía el derecho canónico de la época, hasta llegar al completo reconocimiento de que unas y otras podían ser miembros del Opus Dei de pleno derecho (Cfr AA.VV., El itinerario jurídico del Opus Dei).

La presencia en la Prelatura de personas comprometidas en celibato y de otras casadas –o, en términos más amplios, abiertas al matrimonio–, unida a otros factores de disponibilidad, se refleja en la existencia de diversas modalidades o condiciones de incorporación al Opus Dei, en el que hay en consecuencia miembros Numerarios, Agregados y Supernumerarios. Son determinaciones personales de la vocación al Opus Dei, dependientes de circunstancias personales objetivas y permanentes de disponibilidad para dedicarse a las actividades necesarias para la vida institucional de la Obra, sin que tengan en ningún sentido la significación de grados de vinculación con el Opus Dei o de mayor o menor empeño cristiano.

Importa, en efecto, dejar muy claro que esta diversidad de disponibilidades para tareas concretas presupone una identidad de vocación peculiar en todos los fieles del Opus Dei, «porque –cualquiera que sea el estado civil de la persona– es plena su dedicación al trabajo y al fiel cumplimiento de sus propios deberes de estado, según el espíritu del Opus Dei» (Carta, 25-I-1961, n. 11, cit. en o.c., p. 186). De manera que todos se proponen el mismo fin apostólico, viven un único espíritu e idéntica praxis ascética. Estamos ante una cuestión capital, que fue reiterada innumerables veces por el Fundador, que excluyó cualquier terminología (por ejemplo, las expresiones «clases de miembros» o «categorías de miembros»), que pudiera evocar, aunque fuera de lejos, la idea de una ruptura de la unidad de vocación.

Es precisamente en y a través de la propia situación en el mundo como todos y cada uno de los miembros del Opus Dei realizan la misión cristiana de difundir la llamada universal a la santidad y de ayudar a los demás a seguirla en la vida concreta. Una misma espiritualidad, una idéntica misión, un mismo carácter definitivo y omnicomprensivo de la existencia personal configuran una plena identidad de vocación peculiar en todas las dimensiones, desde la plena llamada a la santidad y al apostolado hasta la realización de esa llamada en el contexto de la secularidad.
Cabe señalar, por lo demás, y el hecho sigue estando relacionado con la unidad de vocación, que el carisma del celibato constituye, en los Numerarios y Agregados del Opus Dei –como en todo hombre o mujer que recibe ese carisma–, una dimensión integrante de la vocación personal, sin ser una dimensión peculiar de la vocación al Opus Dei. No se trata obviamente, de que Dios «primero» llame al celibato y «luego» al Opus Dei (la vocación personal es única), sino de que Dios llama al Opus Dei tanto a personas en celibato como en matrimonio; y tanto en un caso como en otro se trata de dimensiones vocacionales, como para los demás cristianos.

Por lo que a la condición matrimonial se refiere, san Josemaría enseña con claridad que «el matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo (Cfr Eph 5,32), y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque –queramos o no– el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra» [San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23; cfr Conversaciones, nn. 87-112; J.M. Martínez Doral, La santidad en la vida conyugal, en “Scripta Theologica” 21 (1989) 867-885]. Desde el principio del Opus Dei, el Fundador predicó esta dimensión vocacional del matrimonio cristiano.

Pertenece, pues, a la sustancia teológica del fenómeno pastoral del Opus Dei el hecho de que los Numerarios y Agregados (célibes, con especial disponibilidad para unas u otras tareas, etc.) no son el paradigma de miembro del Opus Dei, del que la figura de los Supernumerarios –que son lógicamente la mayoría– sería una aproximación. Todos –repitámoslo– tienen la misma vocación peculiar a la santidad y al apostolado.