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Dios tiene sus tiempos,

que no siempre coinciden con los nuestros. Y hay ideales que si no prenden en la primera juventud, se pierden para siempre. Es algo que sucede en el noviazgo, en la entrega a Dios y en muchos otros ámbitos. Hay proyectos que sólo pueden emprenderse en la juventud. Es en la juventud cuando surgen los grandes ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de cambiar el mundo, de mejorarlo. Por esa razón, cuando una persona joven se plantea grandes ideales de santidad y de apostolado, las familias cristianas lo reciben con un orgullo santo.

Dios concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración. Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación cristiana. La familia cristiana se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia.

Diversos “estilos” a la hora de vivir la virtud del desprendimiento

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En la Iglesia hay diversos modos, diversos estilos, a la hora de vivir la misma pobreza cristiana, el desprendimiento que Cristo enseñó.

La santidad es una y misma para todos, pero el modo de vivir el desprendimiento cristiano -necesaria para la santidad- depende de los carismas y las situaciones.

Es algo parecido a lo que sucede en la natación: se puede nadar a crol, braza, mariposa, espalda…

La siguiente comparación sobre el desprendimiento relacionado con el espíritu de penitencia puede resultar expresiva.

El monje y el misionero. Las personas que llevan una vida contemplativa (monjes, por ejemplo) pueden sobrellevar mejor unos ayunos prolongados que los que llevan una vida activa –como los misioneros- cuyo trabajo supone un gran desgaste de energías y exige una alimentación más continuada: si un misionero ayunara como un monje desfallecería y no podría realizar su misión. Eso no significa que un misionero sea, por principio, menos penitente que un monje de clausura, sino que su modo de vivir la misma virtud es necesariamente distinto.

El rey y el monje. Un rey cristiano no puede vivir externamente la virtud del desprendimiento del mismo modo que un monje: pero, por sus obligaciones propias, ambos tendrán que esforzarse en vivir esta virtud en medio de sus circunstancias: el rey, con las propias de su cargo (fiestas, banquetes y recepciones de Estado); el monje, con las circunstancia de su orden monástica. Si sólo existiera un modo determinado de vivir el desprendimiento cristiano los cristianos que poseen determinados bienes, para hacer un negocio y mantener a su familia, no podrían vivir esta virtud.

La Iglesia ha beatificado al último emperador de Austria-Hungría, que era extraordinariamente sobrio, no porque muriera en la pobreza material, (como falleció), sino porque supo santificarse como emperador, militar, padre de familia, y hombre de paz cumpliendo con sus obligaciones familiares, profesionales y sociales, en un entorno de riqueza, pero con un profundo espíritu de desprendimiento interior.
Esto indica que cada uno debe vivir esta virtud según el camino al que Dios le llame: como monje, como sacerdote, como misionero, como un laico cristiano en medio del mundo, etc.

Escribe san Francisco de Sales:

“¿sería lógico que los obispos quisieran vivir su entrega en la soledad, del mismo modo que los cartujos; que los casados tuvieran la misma preocupación por aumentar sus ingresos que los religiosos capuchinos; que un obrero se pasara el día en la iglesia, como hace un religioso; o que un religioso estuviera absorvido por las necesidades de los demás, al igual que un obispo?

LA ALEGRIA EN EL CORAZON DE LOS SANTOS (Pablo VI)

Esta es, amadísimos Hermanos e Hijos, la gozosa esperanza que brota de la fuente misma de la Palabra de Dios. Desde hace veinte siglos esta fuente de alegría no ha cesado de manar en la Iglesia y especialmente en el corazón de los santos. Vamos a sugerir ahora algunos ecos de esta experiencia espiritual, que ilustra, según la diversidad de los carismas y de las vocaciones particulares, el misterio de la alegría cristiana.

El primer puesto corresponde a la Virgen María, llena de gracia, la Madre del Salvador. Acogiendo el anuncio de lo alto, sierva del Señor, esposa del Espíritu Santo, madre del Hijo eterno, ella deja desbordar su alegría ante su prima Isabel que alaba su fe: “Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador… Por eso, todas las generaciones me llamarán bienaventurada”. Ella mejor que ninguna otra criatura, ha comprendido que Dios hace maravillas: su Nombre es santo, muestra su misericordia, ensalza a los humildes, es fiel a sus promesas.

Sin que el discurrir aparente de su vida salga del curso ordinario, medita hasta los más pequeños signos de Dios, guardándolos dentro de su corazón. Sin que los sufrimientos queden ensombrecidos, ella está presente al pie de la cruz, asociada de manera eminente al sacrificio del Siervo inocente, como madre de dolores. pero ella está a la vez abierta sin reserva a la alegría de la Resurrección; también ha sido elevado, en cuerpo y alma, a la gloria del cielo. Primera redimida, inmaculada desde el momento de su concepción, morada incomparable del Espíritu, habitáculo purísimo del Redentor de los hombres, ella es el mismo tiempo la Hija amadísima de Dios y, en Cristo, la Madre universal. Ella es el tipo perfecto de la Iglesia terrestre y glorificada.

Qué maravillosas resonancias adquieren en su singular existencia de Virgen de Israel las palabras proféticas relativas a la nueva Jerusalén: “Altamente me gozaré en el Señor y mi alma saltará de júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de salvación y me envolvió en manto de justicia, como esposo que se ciñe la frente con diadema, y como esposa que se adorna con sus joyas”. Junto con Cristo, ella recapitula todas las alegrías, vive la perfecta alegría prometida a la Iglesia: “Mater plena sanctae laetitiae” y, con toda razón, sus hijos de la tierra, volviendo los ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocan como causa de su alegría: “Causa nostrae laetitiae”.

Después de María, la expresión de la alegría más pura y ardiente la encontramos allá donde la Cruz de Jesús es abrazada con el más fiel amor, en los mártires, a quienes el Espíritu Santo inspira, en el momento crucial de la prueba, una espera apasionada de la venida del Esposo. San Esteban, que muere viendo los cielos abiertos, no es sino el primero de los innumerables testigos de Cristo.

También en nuestros días y en numerosos países, cuántos son los que, arriesgando todo por Cristo, podrían afirmar como el mártir san Ignacio de Antioquía: “Con gran alegría os escribo, deseando morir. Mis deseos terrestres han sido crucificados y ya no existe en mí una llama para amar la materia, sino que hay en mí un agua viva que murmura y dice dentro de mí: “Ven hacia el Padre”.

Asimismo, la fuerza de la Iglesia, la certeza de su victoria, su alegría al celebrar el combate de los mártires, brota al contemplar en ellos la gloriosa fecundidad de la Cruz. Por eso nuestro predecesor san León Magno, exaltando desde esta Sede romana el martirio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo exclama: “Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos y ninguna clase de crueldad puede destruir una religión fundada sobre el misterio de la Cruz de Cristo. La Iglesia no es empequeñecida sino engrandecida por las persecuciones; y los campos del Señor se revisten sin cesar con más ricas mieses cuando los granos, caídos uno a uno, brotan de nuevo multiplicados.

Pero existen muchas moradas en la casa del Padre y, para quienes el Espíritu Santo abrasa el corazón, muchas maneras de morir a sí mismos y de alcanzar la santa alegría de la resurrección. La efusión de sangre no es el único camino. Sin embargo, el combate por el Reino incluye necesariamente la experiencia de una pasión de amor, de la que han sabido hablar maravillosamente los maestros espirituales.

Y en este campo sus experiencias interiores se encuentran, a través de la diversidad misma de tradiciones místicas, tanto en Oriente como en Occidente. Todas presentan el mismo recorrido del alma, “per crucem ad lucem”, y de este mundo al Padre, en el soplo vivificador del Espíritu.

Cada uno de estos maestros espirituales nos ha dejado un mensaje sobre la alegría. En los Padres Orientales abundan los testimonios de esta alegría en el Espíritu. Orígenes, por ejemplo, ha descrito en muchas ocasiones la alegría de aquel que alcanza el conocimiento íntimo de Jesús: “Su alma es entonces inundada de alegría como la del viejo Simeón.

En el templo que es la Iglesia, estrecha a Jesús en sus brazos. Goza de la plenitud de la salvación teniendo en Aquel en quien Dios reconcilia al mundo. En la Edad Media, entre otros muchos, un maestro espiritual del Oriente, Nicolás Cabasilas, se esfuerza por demostrar cómo el amor de Dios de suyo procura la alegría más grande. En Occidente es suficiente citar algunos nombres entre aquellos que han hecho escuela en el camino de la santidad y de la alegría. San Agustín, san Bernardo, santo domingo, san Ignacio de Loyola, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Avila, san Francisco de Sales, san Juan Bosco.

Deseamos evocar muy especialmente tres figuras, muy atrayentes todavía hoy para todo el pueblo cristiano. En primer lugar el pobrecillo de Asís, cuyas huellas se esfuerzan en seguir muchos peregrinos del Año Santo. Habiendo dejado todo por el Señor, él encuentra, gracias a la santa pobreza, algo por así decir de aquella bienaventuranza con que el mundo salió intacto de las manos del Creador. En medio de las mayores privaciones, medio ciego, él pudo cantar el inolvidable Cántico de las Criaturas, la alabanza a nuestro hermano Sol, a la naturaleza entera, convertida para él en un transparente y puro espejo de la gloria divina, así como la alegría ante la venida de “nuestra hermana la muerte corporal”: “Bienaventurados aquellos que se hayan conformado a tu santísima voluntad…”.

En tiempos más recientes, Santa Teresa de Lisieux nos indica el camino valeroso del abandono en las manos de Dios, a quien ella confía su pequeñez. Sin embargo, no por eso ignora el sentimiento de la ausencia de Dios, cuya dura experiencia ha hecho, a su manera, nuestro siglo: “A veces le parece a este pajarito (a quien ella se compara¿ no creer que exista otra cosa sino las nubes que lo envuelven… Es el momento de la alegría perfecta para el pobre, pequeño y débil ser… Qué dicha para él permanecer allí y fijar la mirada en la luz invisible que se oculta a su fe “.

Finalmente, ¿cómo no mencionar la imagen luminosa para nuestra generación del ejemplo del bienaventurado Maximiliano Kolbe, discípulo genuino de San Francisco? En medio de las más trágicas pruebas que ensangrentaron nuestra época, él se ofrece voluntariamente a la muerte para salvar a u hermano desconocido; y los testigos nos cuentan que su paz interior, su serenidad y su alegría convirtieron de alguna manera aquel lugar de sufrimiento, habitualmente como una imagen del infierno para sus pobres compañeros y para él mismo, en la antesala de la vida eterna.

En la vida de los hijos de la Iglesia, esta participación en la alegría del Señor es inseparable de la celebración del misterio eucarístico, en donde comen y beben su Cuerpo y su Sangre. Así sustentados, como los caminantes, en el camino de la eternidad, reciben ya sacramentalmente las primicias de la alegría escatológica.

Puesta en esta perspectiva, la alegría amplia y profunda derramada ya en la tierra dentro del corazón de los verdaderos fieles, no puede menos de revelarse como “diffusivum sui”, lo mismo que la vid ay el amor de los que es un síntoma gozoso.

La alegría es el resultado de una comunión humano-divina y tiende a una comunión cada vez más universal. De ninguna manera podría incitar a quien la gusta a una actitud de repliegue sobre sí mismo.

Procura al corazón una apertura católica hacia el mundo de los hombres, al mismo tiempo que los fustiga con la nostalgia de los bienes eternos. En los que la adoptan ahonda la conciencia de su condición de destierro, pero los preserva de la tentación de abandonar su puesto de combate por el advenimiento del Reino. Los hace encaminarse con premura hacia la consumación celestial de las Bodas del Cordero.

Está serenamente tensa entre el tiempo de las fatigas terrestres y la paz de la Morada eterna, conforme a la ley de gravitación del Espíritu: “Si pues, por haber recibido estas arras (del Espíritu filial , gritamos ya desde ahora: “abba, Padre”, ¿qué será cuando, resucitados, los veamos cara a cara, cuando todos los miembros en desbordante marea prorrumpirán en un himno de júbilo, glorificando a Aquel que los ha resucitado de ente los muertos y premiado con la vida eterna? Porque si ahora las simples arras, envolviendo completamente en ellas al hombre, le hacen gritar: “Abba, Pater”, ¿qué no hará la gracia plena del Espíritu, cuando Dios la haya dado a los hombres? Ella nos hará semejantes a él y dará cumplimiento a la voluntad del Padre, porque ella hará al hombre a imagen y semejanza de Dios”. Ya desde ahora, los santos nos ofrecen una pregustación de esta semejanza.