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Cristo, nuestro Gran Amigo, nos enseña con su vida y su ejemplo cómo debemos tratar a nuestros amigos


  • Cristo es nuestro modelo. El cristiano debe tratar a todos, amigos o no, como los trató Cristo, con la caridad de Cristo, sin hacer “clasificaciones” o “etiquetaciones” interiores, que no son cristianas. Cada una de las personas que nos rodean son personas por las que ha muerto Cristo en la Cruz.
  • Cristo fue amigo de todos, sin excluir a los publicanos y pecadores (Lucas, 7, 34).
  • Cristo quería profundamente a sus amigos. El Evangelio pone de relieve su amor por Lázaro, y cuenta cómo lloró por él cuando le dijeron que había fallecido.

San Juan 11. Había un enfermo llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro había enfermado. Entonces las hermanas le enviaron este recado: Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo. Al oírlo, dijo Jesús: Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando oyó que estaba enfermo, se quedó aún dos días en el mismo lugar. Después, pasados éstos, dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea. Le dijeron los discípulos: Rabbí, hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, y ¿vas a volver allí? Respondió Jesús: ¿Acaso no son doce las horas del día? Si alguien camina de día no tropieza porque ve la luz de este mundo; pero si alguien camina de noche tropieza porque no tiene luz. Dicho esto, añadió: Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero voy a despertarle.

Le dijeron entonces sus discípulos: Señor, si está dormido se salvará. Jesús había hablado de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis; pero vayamos a donde está él. Tomás, llamado también Dídimo, dijo a sus compañeros: Vayamos también nosotros y muramos con él.

Jesús, al llegar, encontró que estaba sepultado ya desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén como quince estadios. Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para consolarlas por su hermano.

En cuanto Marta oyó que Jesús venía, salió a recibirle; María, en cambio, se quedó sentada en casa. Dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano, pero incluso ahora sé que cuanto pidieres a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le respondió: Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día. Le dijo Jesús: Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto? Le contestó: Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo.

Y dicho esto fue y llamó a su hermana María diciéndole en voz baja: El Maestro está aquí y te llama. Cuando ésta lo oyó, se levantó en seguida y fue hacia élTodavía no había llegado Jesús a la aldea, sino que estaba aún en el lugar en que Marta le había salido al encuentro. Los judíos que estaban con ella en la casa y la consolaban, al ver que María se levantó de repente y se marchó, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar allí.

Entonces María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle se postró a sus pies y le dijo: Señor, si hubieses estado aquí, no hubiera muerto mi hermano. Jesús, cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció en su interior, se conmovió y dijo: ¿Dónde le habéis puesto? Le contestaron: Señor, ven y lo verás. Jesús comenzó a llorar. Decían entonces los judíos: Mirad cómo le amaba. Pero algunos de ellos dijeron: Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber impedido que muriese?

Jesús, conmoviéndose de nuevo, fue al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra. Jesús dijo: Quitad la piedra. Marta, la hermana del difunto, le dijo: Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días. Le dijo Jesús: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Quitaron entonces la piedra. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la multitud que está alrededor, para que crean que Tú me enviaste. Y después de decir esto, gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, sal afuera! Y el que estaba muerto salió atado de pies y manos con vendas, y el rostro envuelto con un sudario. Jesús les dijo: Desatadle y dejadle andar. Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él.