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La vocación, realidad dinámica

La vocación sobrenatural, como ya dijimos, fenómeno central y sustrato de toda existencia personal, es una realidad dinámica. Aquello que confiere unidad y sentido a todos los acontecimientos de una vida, como la vida misma, es una realidad continuada y progresiva. En la vocación hay uno o varios momentos centrales donde se perciben las líneas maestras del proyecto divino, y que constituyen el punto de partida, pero todo lo que comporta el conjunto de la vocación –hasta en sus detalles más menudos– no se manifiesta de una vez, de repente, sino poco a poco, con el transcurrir de los años y durante toda la vida.

Esto se ve con mucha claridad en la vocación de san Pedro: al principio, el Señor le pide la barca (cfr Lc 5,3), luego le pide que vaya en pos de Él para ser pescador de hombres (cfr Mt 4,19) y más adelante le indica la manera en que ofrecerá su vida (cfr Jn 21,18-19).

En la vida de una persona, por tanto, todo tiene un carácter vocacional, en el sentido de que todo acontecimiento es una llamada de Dios a comportarse de modo coherente con el proyecto global que Él había manifestado a una persona en los comienzos de su vocación. «Todos nos encontramos en permanente estado de llamada» (J.H. Newman, Parochial and Plain Sermons, VIII, London 1901, p. 23). Quien vive fielmente su vocación va madurando en ella, es decir, va desarrollando todas las capacidades, todos los talentos que le fueron otorgados para poder realizar acabadamente el designio divino, y así se va realizando humana y sobrenaturalmente. De este modo, la plenitud de la vocación, es decir, todo lo que comporta la vocación, se manifiesta al individuo tan sólo cuando éste acaba su existencia terrena y entra en la eternidad.

«La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios. La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía. Dios nos saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto entre las incidencias de la historia, y nos llama con una voz fuerte, como un día lo hizo con Pedro y con Andrés: «Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum» (Mt 4,19), seguidme y yo os haré pescadores de hombres, cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 45).