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¿Y no es demasiado joven? ¿Sabe bien lo que hace?


Es natural que los padres tiendan a pensar que sus hijos –tengan la edad que tengan– son demasiado pequeños para tomar decisiones. Y que les parezca siempre que es demasiado pronto. Lo confirman los comentarios habituales de los padres cuando sus hijos se casan a edades normales: ¡son tan jóvenes!

Dios llama a las almas en diversas etapas de la vida: en la niñez, en la adolescencia, en la juventud…

A veces llama en la niñez:

“Dios llama a cada hombre y su voz se deja sentir ya en el alma del niño” (Juan Pablo II, Carta a los niños, XII.1994).

El Cardenal Arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco, contaba cómo Dios le llamó a los siete años:

—Se dice, Don Antonio, que para que una persona se plantee una vocación tiene que ser ya madura, que sepa lo que hace…, y se mira con un cierto recelo que un chico joven o que un niño se pueda plantear la vocación. En ese sentido a un niño, a un adolescente que se está pensando la vocación, ¿qué le podría usted decir?

—Pues que yo… ¡me planteé la vocación con siete años! Y no estoy exagerando nada. Yo a los siete años tenía unas ganas de ser cura… ¡locas! (…). A partir de ese dato de mi experiencia veo que, primero, uno nace ya con vocación. Es decir, uno nace por vocación. Esa vocación te acompaña toda la vida y se manifiesta en las condiciones y en las circunstancias propias de la evolución del chico, a través de las distintas edades.

Un niño es capaz de responder a una vocación: como niño. Y esa respuesta la tendrá que traducir a una respuesta adolescente y a una respuesta madura cuando llegue el momento. Pero eso no quiere decir que no haya tenido vocación o que no haya podido responder a su manera. Yo creo que hay que respetar mucho esas vocaciones y esas respuestas: por amor al Evangelio y por exigencias del Evangelio. La Iglesia lo ha entendido siempre así y las ha cuidado mucho. Lo demás es una concepción demasiado…, digamos, prepotente: ¡la madurez personal!

¿Cuándo está uno maduro? Pues no lo sé. Naturalmente, se requiere un desarrollo biológico previo. Pero, ¿la madurez espiritual? ¿La madurez delante de Dios? ¿La capacidad de entrega? La puede tener un niño de una forma mucho más limpia, noble y total que una persona mayor ¿eh?” (Entrevista a D. Antonio Mª Rouco, Cardenal Arzobispo de Madrid, entrevista en Ecclesia, II.1996).