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Pedir la admisión “pitar”


Sólo deben pedir la admisión (la incorporación jurídica sólo puede darse cuando se es mayor de edad) los aspirantes que dan signos de vocación, tanto en lo humano:

reciedumbre, madurez, libertad interior, personalidad definida, sentido de la responsabilidad, comprensión de la trascendencia de ese acto, ausencia de mimetismos, fortaleza interior, hábito de sinceridad, capacidad de trabajo y de relaciones humanas, ilusión profesional, normalidad psíquica, afán de servicio a los demás…

como en lo espiritual:

    intimidad con Cristo; identificación con el espíritu del Opus Dei; sentido de filiación al Santo Padre, Padre común de los cristianos; filiación al Padre, el Prelado del Opus Dei; ejercicio habitual y constante de las virtudes cristianas –generosidad, laboriosidad, Santa Pureza, etc.— y del plan de vida propio de una persona del Opus Dei; comprensión profunda e interiorizada de las consecuencias de su entrega en el Opus Dei; esfuerzo por santificar el trabajo; afán apostólico…

Amor, castidad, santa Pureza.

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Una virtud urgente y audaz para unos tiempos nuevos

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La felicidad es la plenitud del amor en el alma. Para ser feliz y gozar plenamente del amor en esta tierra -del amor humano y del Amor con mayúsculas- y para gozar plenamente del Amor de Dios en el Cielo hay que vivir con plenitud la virtud de la Santa Pureza.

La primera virtud cristiana no es la castidad sino la caridad: amor a Dios y al prójimo. La puerta de las demás virtudes es la fe: sin ella no se puede amar a Dios.

Sin embargo, la castidad es muy importante, porque se refiere a sexualidad, que “concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar” (Catecismo, 2332). La castidad se ordena al amor; y sin ella no se puede vivir la caridad. Es una exigencia de la ley moral natural

Bienaventurados los puros de corazón -dijo el Señor- porque ellos verán a Dios. La castidad es una exigencia de la dignidad del cuerpo humano, con el que debemos amar a Dios en esta tierra: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?” (I Cor 6,18-19).


La Santa Pureza es tan importante porque está vitalmente unida al Amor: es una virtud que mantiene la juventud del amor en el alma, en las diversas etapas de la vida.

Es una virtud atractiva, renovadora, audaz y urgente para unos tiempos nuevos.

El mundo actual necesita con especial urgencia un Anuncio, una Evangelización y un Apostolado valiente, positivo y esperanzado de esta virtud.

Por la naturaleza propia del tema de esta clase, resulta especialmente importante la preparación y documentación personal por parte de los padres, catequistas, profesores, etc., que permita dar razones sólidas, humanas y espirituales a los jóvenes.

Por esa razón, se sugiere reflexionar, antes de preparar esta clase, sobre algunos de los puntos que se formulan en los apartados siguientes:

Egoísmo y corazón

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La soberbia y el egoísmo humano –como fruto del pecado- se oponen a esa entrega del corazón, y empequeñecen el corazón y la capacidad de amar.

  • El hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, es la única criatura que Dios ha amado por si misma. Dios crea cada alma dándole un alma inmortal, capaz de recibir las gracias y dones de Dios.
  • Además, Dios le ha concedido al hombre un don que lo diviniza: el don de la filiación divina, por el que recibe la mayor dignidad imaginable: la dignidad de ser hijo de Dios.

  • Pero nuestros primeros padres rechazaron ese don, con el pecado original. Ese pecado, libremente cometido, generó nuestro sufrimiento y nuestra miseria.
  • Dios se compadeció de nuestra miseria y su Hijo se hizo hombre para redimirnos y salvarnos. La redención por Cristo nos da una gracia que cura las consecuencias del pecado y nos devuelve la dignidad de los hijos de Dios.

  • Es decir: Dios, que se hizo verdadero hombre sin dejar de ser Dios, nos quiere divinizar, sin que dejemos de ser hombres.

    Dice Santo Tomás: “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” (Opusc. 57 in festo Corporis Christi).

  • Debemos alegrarnos por la dignidad que Dios nos ha dado y disponernos a morir a nosotros mismos para vivir en Dios. Cristo debe entrar dentro de nuestro yo para liberarnos de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo y de nuestra soberbia.