Archivo de la etiqueta: buena voluntad

En la luz de Belén

luzdebelen_clip_image002


Escribe Salvador Canals en su libro Ascética meditada (Rialp, 1962):

Por el amor a lo incomprensible

Todos los misterios de la vida de Cristo son misterios de amor: el mismo nacimiento del Hijo de Dios es un misterio de amor. Sólo la omnipotencia divina puesta al servicio de un amor infinito por nosotros los hombres podía haber encontrado un modo tan admirable de realizar la antigua promesa. Tota ratio facti est potentia facientis, toda explicación del hecho es el poder de quien lo hizo, hace decir la Iglesia a sus sacerdotes ante el misterio que se realiza en la gruta de Belén.

En verdad que es un misterio de amor el de este Dios que se hace niño: la omnipotencia que se reduce a la extrema impotencia. El Señor de los cielos y de la tierra no tiene una cuna en donde ser acostado; un establo es el palacio del Hijo de David, un pesebre sirve de trono para el Hijo de Dios.

Sólo si somos niños

Hoy que nuestra mirada humana se pierde en el misterio del Dios niño, tratemos de empeñar hasta el fondo nuestra mente y nuestro corazón para comprender el valor y la necesidad de una verdadera vida de infancia espiritual. En su vida pública, cuando quiera indicar el único camino que lleva con seguridad al Reino infinito, Jesús dirá estas sencillísimas palabras: Nisi efficiamini sicut parvuli non intrabitis in regnum coelorum, si no os volvéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Este es el único precio que ha de permitirnos llegar con certeza hasta el espectáculo eterno de la gloria, de la belleza y de la armonía de Dios. Y es un precio que es tan inaccesible a los soberbios cuanto al alcance de los humildes y de todos los que se convierten, no sin esfuerzo, en hombres de buena voluntad.

¿Quién de nosotros no advierte, en esta noche de Navidad, la necesidad de un esfuerzo de simplificación interior que nos haga, como el Dios niño nos quiere, sicut parvuli, como niños? Sobre todo si nos contemplamos inmersos en un mundo como el de hoy, donde es tan fácil envejecer espiritualmente, y también morir, aun siendo jóvenes de años, de piel y de venas. ¡Cuántos jóvenes y adultos conocemos que son espiritualmente viejos! ¡Cuántas personas de alma complicada y cerrada como un laberinto, y de corazón en perenne agitación y bullicio!

Resulta todo muy normal

La Navidad es la hora de la sencillez, es el momento del renacimiento y de la infancla espiritual. Es necesario coger este momento y aprovechar esta hora en la cual ad parvulos venit Christus et cum parvulis conversatur, Cristo se acercó a los niños y conversó con los niños.

Sólo una mirada sencilla y limpia podrá hacernos penetrar con gozo y con fruto en el desarrollo del misterio en el relato evangélico.

El acontecimiento más grande de la historia de la humanidad acaece de un modo extremadamente sencillo: un hecho totalmente sobrenatural se verifica de una forma del todo natural. El edicto de un emperador pagano, César Augusto, que impone el censo del orbe universo, lleva a Belén a María y a José. Y a esos dos protagonistas de la narración evangélica no les es ahorrada la aspereza de un largo y fatigoso viaje, en el cual el frío y las privaciones son sus únicos fieles compañeros.

No es necesario el espectáculo para Dios

La acción de Dios en el mundo y la obra de la Providencia divina en el gobierno de la vida humana escapan a la consideración de los hombres y a la crónica de los acontecimientos cuando los hombres que deberían ver, comprender y contar, no tienen un corazón sencillo que les consienta entrar en los secretos de la vida de fe. Habituados como estamos, nosotros los hombres, a buscar la novedad extravagante y a desear, sobre todo, las cosas que impresionan o sirven de espectáculo, no logramos comprender que la predilección del Señor vaya a las cosas sencillas y ordinarias.

¿De cuántos otros modos hubieran podido ser conducidos María y José hasta Belén? La Providencia de Dios se sirvió del más sencillo y ordinario, eligió aquel que no era ciertamente el más cómodo para José y para María, desponsata sibi uxore praegnante, su esposa embarazada. La lección es para nosotros, hombres del siglo veinte, en perenne espera de lo extraordinario y de lo maravilloso y siempre anhelantes de nuevas y asombrosas formas de comodidad.

Sencillo, humilde y sin espectáculo, es el viaje de María y de José a Belén. Pero no lo es menos el nacimiento mismo del Hijo de Dios, que acontece en la humildad y en la pobreza de una cueva, en el corazón del frío y del silencio de una noche: dum silentium teneret omnia, mientras el silencio envolvía todas las cosas.

No se puede ciertamente decir que, en nuestra vida, el silencio y la soledad nos sean compañeros gratos y habituales. La zonas de silencio son escasas y poco frecuentes en nuestras jornadas. La lucha contra los rumores interiores del alma nos es casi desconocida. Y la soledad, debemos eonfesárnoslo francamente, más que toda otra cosa nos infunde miedo, y es a menudo para nosotros sinónimo de abatimiento y de tedio.

Para el Rey del mundo no

La pobreza del nacimiento del Hijo de Dios es tan completa, que alcanza la grandeza, y al mismo tiempo es tan sencilla, que linda con la poesía. El que viste de belleza las flores, los campos y los pájaros, apenas tiene con qué cubrir su desnudez. Muchas puertas se cierran, muchas otras no se han abierto: los dos peregrinos han llamado inútilmente durante su camino en busca de un techo donde cobijarse por la noche. Non erat eis locus in diversorio, no había lugar para ellos en el mesón.

La pobreza es una virtud cristiana necesaria. Una cueva, un pesebre, un poco de paja, dos bestias: un asno y un buey. Este es el lugar y éste es el momento elegido por la Providencia para dar comienzo a la Era eristiana.

Y mientras estaban allí, impleti sunt dies, se cumplieron los días, dice el texto evangélico en su sublime sencillez, y con ellos la gran promesa: Et peperit filium suum primogenitum, et pannis eum involvit, et reclinavit eum in praesepio. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y le acostó en un pesebre. La escena se completa: María, Madre de Dios; José, padre putativo de Jesús; y el recién nacido Rey de los judíos acostado en un pesebre. Todo es sencillo y pobre. Una madre pobre, un hombre justo, pobres pañales, un niño pequeño, un establo, un pesebre. Estamos en el corazón del invierno y es noche profunda.

Cuando contemplamos en Belén tanta pobreza y recordamos que el Niño nacido es la Luz del mundo, resulta espontáneo que nos preguntemos si no habremos ignorado hasta aquí –o, por lo menos, no habremos comprendido suficientemente– que la virtud de la pobreza es necesaria a nuestra vida cristiana, y que sin ella no se entra en el Reino de los cielos.

¿Quién de nosotros se contenta hoy con lo necesario y sabe vivir de verdad con lo necesario? ¿Quién sabe hoy trazar con cristiana prudencia y delicadeza de conciencia el límite entre lo necesario y lo superfluo, para su vida personal, y sabe mantenerse con energía y con sacrificio más acá de esa línea?

Pobres por tener demasiado

¡Cuántos son, por desgracia, los que la traspasan y viven, con todo despilfarro, en plena superficialidad! El deseo de lo superfluo, el cada vez más en cuanto se refiere a los bienes de este mundo, es desventuradamente, la norma de vida y la medida del corazón de muchos hombres, a los cuales parece que jamás haya llegado la Luz de Belén. Y son muy pocos aún los que recuerdan y viven otro precepto del Señor: Quod superest date pauperibus. Lo que sobre, dadlo a los pobres.

El limite entre lo necesario y lo superfluo se desplaza continuamente en las mentalidades, en los deseos y en la vida de muchos cristianos. Y en la misma medida se alejan de sus corazones la serenidad y la alegría. Tienen cada vez nuevas necesidades y ansias constantemente nuevas de poseer y de gozar. Y cuando se posee y se goza, sobrevienen, infaliblemente, la desilusión y el malestar, y vuelve uno a encontrarse con el corazón árido y las manos vacías. Pero la carrera vuelve a empezar inmediatamente, de nuevo, en el mismo sentido y siempre tras de los mismos objetivos.

Las ventajas de ser pobre

Si nos detenemos ante la gruta de Belén comprenderemos la virtud del desasimiento –la pobreza afectiva, y, en la medida que para cada uno sea posible, también efectiva– y podremos saborear la bienaventuranza de la pobreza: Beati pauperes spiritu quoniam ipsorum est regnum coelorum, bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Un corazón desasido de los bienes de este mundo inunda el alma de paz y enseña a usar bien de las riquezas cuando se poseen, desarrollando las virtudes de la generosidad. El desasimiento da, además, con la serenidad del corazón, la perfecta libertad interior.

Nuestra mirada contemplativa se aparta ahora de la cueva a las cercanas colinas, y los pastores del vecindario de Belén nos conquistan con su sencillez. Son sencillos, humildes y pobres. Viven en el cumplimiento puntual y fiel del propio deber: vigilantes et custodientes vigilias noctis super gregem suum, haciendo la guardia de noche a su rebaño. Por eso ha sido a ellos a los primeros se ha comunicado la Buena Nueva, y por el mismo motivo serán los pastores los primeros adoradores del Hìjo de Dios, las elecciones de Dios están siempre condicionadas a la presencia en las almas de estas virtudes, perfume genuinamente evangélico.

Podemos vivir bajo esa Luz

Las tinieblas se quiebran, el silencio se rompe y los pastores reciben del ángel el gozo de la Buena Nueva: Evangelizo vobis gaudium magnum… os anuncio una gran alegría… Nuestra sencillez dará la medida de nuestra participación en el gozo de la Navidad de Cristo.

Los ángeles, al dar gloria a Dios, prometen la paz –la paz del Cristo que ha nacido– a los hombres de buena voluntad. Hombre de buena voluntad: ¡he ahí verdaderamente la única “clase” a la que todos los cristianos deberían pertenecer! Si por parte de todos existiese esta buena voluntad evangélica, las clases, aunque continuaran existiendo, cesarían ciertamente de combatirse y se alcanzaría en la unidad la paz Christi in regno Christi, la paz de Cristo en el reino de Cristo.

Rectifiquemos nuestras voluntades, ante la gruta de Belén, y hagámoslas verdaderamente buenas, dispuestas a servir con fidelidad al Señor. Pues si llegamos a ser, con la luz que viene de Belén, almas sencillas y hombres de buena voluntad, participaremos profundamente de la grandeza de este día en el que apparuit humanitas et benignitas Salvatoris nostri, apareció la humanidad y la benignidad de nuestro Salvador.

Que la Virgen de Belén, Madre de Criso, nos enseñe a renovarnos interiormente, a comprender y a gustar la bondad y la humanidad de nuestro Salvador, del Cristo que ha nacido.

La humildad de corazón


    • El hombre humilde confía en Dios, y le deja actuar en su vida, de forma activa, cooperando con la gracia, con la acción del Espíritu Santo. No confía tanto en lo que él mismo hace sino que espera sobre todo en lo que Dios quiere hacer en él. El modelo de humildad es la Virgen María, que dijo: “Hágase en mí según tu palabra”.

    • El humilde piensa: “tengo estos defectos y estas virtudes. Soy hijo de Dios, y Dios me dará la gracia para darle gloria en mi vida, aceptando y luchando contra estos defectos y cultivando estas virtudes”.
    • Por eso enseñaba san Josemaría que la humildad es “la virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza” (Amigos de Dios, 34)

  • El camino de la humildad es aparentemente contradictorio: El cristiano debe aprender a compaginar y a vivir gozosamente algo que parece contradictorio: miseria y grandeza: su miseria personal y la grandeza de ser hijo de Dios.

La humildad lleva a la autoestima, que es el recto amor a uno mismo, que es totalmente opuesto al amor propio egoísta.
“para poder avanzar en este progresivo abandono de la propia estima en las manos de Dios, hace falta querer, saber y poder: buena voluntad, formación y capacitación.

La ayuda divina facilita tres cosas: fortalece nuestra voluntad, ilumina nuestro entendimiento y cura nuestra incapacidad. “Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar”, escribe san Pablo” (Filip, 2, 13).

Pero Dios que tanto respeta nuestra libertad qyiere contar’ con nuestra colaboración: con nuestro empeño por mejorar y por aprender a ser humildes” (La autoestima del cristiano, Belacqua, 17).