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Por lo que se refiere al modo de corregir las equivocaciones

— ¿Sé corregir sin reñir, de modo que los hijos, los alumnos, etc., no se inhiban, ni dejen de actuar por temor a equivocarse?

— ¿Evito al máximo las reprensiones cuando no son necesarias?

— Cuándo me veo obligado a hacer una corrección a una persona joven -un hijo, un alumno, etc.-, ¿esa reprensión es fruto de mi oración? ¿La hago con serenidad? ¿La persona que la recibe se queda animada? ¿Procuro curar las heridas sin dejar cicatrices?

— ¿Me dejo llevar por impulsos humanos (“este hijo mío se va a enterar”)?

— ¿Sé conjugar la exigencia con la cordialidad, con el buen humor, con la simpatía?

— ¿Evito las simpatías y las antipatías, los personalismos?

— ¿Hago manifestaciones externas de desaliento en mi tarea formativa (hijo mío, ya no sé qué hacer contigo, eres un desastre)?

El respeto a los demás


Conviene distinguir en primer lugar entre:

  • El respeto que debemos a todas las personas sin excepción , porque todas son hijos de Dios (y de todas las cosas creadas por Dios o que Dios ha puesto al servicio del hombre).
  • Y la manifestación del respeto que debemos a cada persona particular, según su circunstancia.

El respeto hacia las personas se manifiesta en:

  • El esfuerzo por tratar a cada persona diferente de modo diferente.
  • El empeño por no encasillar, criticar, ridiculizar o injuriar a nadie.
  • Cultivar el buen humor, evitando la burla, la zafiedad, la ironía y los comentarios que irritan a los demás.
  • Velar y preservar la intimidad de todos, sin airear detalles que no interesan a nadie.
  • Aprender a disentir, sin llegar nunca a los ataques personales.
  • Saber agradecer los favores que nos hacen.