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La sinceridad de vida lleva a defender siempre la verdad, con fidelidad

Hay que defender especialmente las verdades de fe, y la verdad de la Iglesia.

Pablo VI:

Uno de nuestros dolores más agudos es la infidelidad de algunas personas buenas, que olvidan la belleza y la gravedad del compromiso que les une a la Iglesia.

Es éste un fenómeno que la evolución de la vida moderna acentúa de una manera dolorosa, tanto en el terreno de la doctrina como en el de las costumbres y orientaciones prácticas.

¡Cuántas debilidades, cuánto oportunismo, cuánto conformismo, cuánta vileza!

(Alocución. 17-II-1965)

4.4.7. Naturalismo, arte y pornografía


La pornografía y la pornovisión suponen una transgresión del «límite de la vergüenza, o sea, de la sensibilidad personal respecto a lo que se refiere al cuerpo humano sexuado, a su desnudez; cuando en la obra artística o mediante las técnicas de la reproducción audiovisual se viola el derecho a la intimidad del cuerpo en su masculinidad o femini­dad y en último término— cuando se viola esa profunda ordenación del don y del recíproco donarse, que está inscrita en la feminidad y mas­culinidad a través de la entera estructura del ser hombre» (cat. 61, n.4). La sensibilidad personal desaprueba la reducción del cuerpo hu­mano al rango de mero objeto de placer (cf. cat. 63, u. 5).

En cambio, el llamado «naturalismo», que reclama el «derecho a mostrarlo todo», olvida que la entera verdad sobre el hombre «exige tomar en consideración tanto el sentido de la intimidad del cuerpo como la coherencia del don vinculado a la masculinidad y feminidad del cuerpo mismo, en el cual se refleja el misterio del hombre, propio de la estructura interior de la persona» (cat. 62, u. 2. Cf. Gratissimnn sane, 20).

El cuerpo humano se convierte en modelo para la obra de arte (artes plásticas, escultura o pintura) que es elaborado por el artista. El cuerpo humano como objeto de reproducción en otras artes: cine, fotografía, televisión, aunque convertido en anónimo al contar una historia, y en ese sentido objetivado. Estamos hablando de una experiencia estética para el observador, que sin embargo porque el hombre está tan vinculado a su objeto –es su propio cuerpo humano, y este tiene unos valores y significados propios (carácter esponsalicio)- no puede dejar de afectarle subjetivamente y por tanto su mirada estética no estará totalmente aislada de su mirada ética: es no solo un mirar para ver, sino que puede ser también un mirar para desear.

Evidentemente estamos aquí ante una situación en la que confluyen significados que busca el artista, medios que utiliza, y sensibilidad del espectador.

¿Cuándo la cultura se convierte en pornovisión o pornografía? Cuando es sobrepasado el límite de la vergüenza, o sea, de la sensibilidad personal, respecto a lo que se refiere al cuerpo humano, a su desnudez; cuando en la obra artística o mediante las técnicas de la reproducción audiovisual se viola el derecho a la intimidad del cuerpo en su masculinidad o feminidad y –en último término- cuando se viola esa profunda ordenación del don y del recíproco donarse, que está inscrita en la feminidad y masculinidad a través de la entera estructura del ser del hombre.

Dicho de otra forma cuando el sentido de la vergüenza y de la sensibilidad resultan ofendidos es porque se ha trasladado a la dimensión de comunicación social, de propiedad pública, lo que en el justo sentir del hombre pertenece a la relación interpersonal.

Cuando desde el punto de vista del naturalismo se reclama poder representar todo lo que es humano, y eso en nombre de la verdad realista sobre el hombre, se esta haciendo un flaco servicio a la verdad sobre el hombre. Es precisamente la verdad entera sobre el hombre la que exige tomar en consideración tanto el sentido de la intimidad del cuerpo, como la verdad sobre el don vinculado a la masculinidad y feminidad del cuerpo mismo, en el que se refleja el misterio del hombre, propio de la estructura interior del hombre.

El animal no tiene pudor, no tiene vergüenza, no tiene intimidad, no puede darse, no ama. Se puede manifestar desnudo delante de todos los demás animales.

El cuerpo humano en su desnudez, entendido como una manifestación de la persona y como su don, o sea, como signo de confianza y de donación a la otra persona que también esta convencida de ese don y que está dispuesta a responder de ese mismo modo personal, se hace fuente de una particular ‘comunicación’ personal.

El problema no es de puritanismo, ni de moralismo estrecho, como tampoco de un pensamiento maniqueo, sino de defensa de la verdad integral sobre el hombre y su dignidad. Se trata de un conjunto de valores frente a los cuales el hombre no puede permanecer indiferente.

En todas las épocas nos encontramos con artistas y con obras cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez, y cuya contemplación nos permite concentrarnos, en cierto sentido, sobre la verdad entera del hombre, sobre la dignidad y sobre la belleza –también suprasensual- de su masculinidad y feminidad. Estas obras llevan en sí, como escondido, un elemento de sublimación que conduce al espectador, a través del cuerpo, al entero misterio personal del hombre.

Resumiendo podemos decir que en primer lugar (el ethos de la imagen) el artista debe ser consciente de que su obra al tratar del cuerpo humano no solo tiene un carácter estético sino también ético. En su obra se trasluce el mundo de los valores interiores que el lleva y por tanto la vivencia sobre la verdad del objeto que está tratando.

El conjunto de estos valores ya tiene un contenido ético que debe ajustarse a la verdad sobre el objeto: el cuerpo personal. Pero además la calidad y el modo de representación y simbolización artística deben adecuarse también a la verdad sobre el cuerpo humano. Si nuestra sensibilidad personal reacciona con objeciones es porque descubrimos que en la intencionalidad de la obra de arte, o en su representación junto a la objetivación del hombre y de su cuerpo está presente de modo insoslayable una reducción del cuerpo al rango de objeto, de objeto de placer destinado a la satisfacción de la concupiscencia misma.

Por otra parte debemos tener en cuenta al espectador (el ethos del ver). El mirar de este debe procurar esforzarse por descubrir esa verdad completa sobre el hombre, que representa la imagen. También puede quedarse en un consumidor superficial de impresiones, que aprovecha el encuentra con el tema-cuerpo para su sensibilidad.

PUDOR Y ELEGANCIA

Precisamente la elegancia — como ha puesto de relieve J.A. Iñiguez (en su libro Belleza y elegancia, Madrid, 1975) — es la manifestación del espíritu en la materialidad de la acción, o de la postura o del gesto, según un modo propio, personal, y una adecuación a las circunstancias. El vestido se muestra como una exigencia de la elegancia como virtud moral. Sin él, la personalidad se esfuma. Su misión es justamente velar determinadas zonas del cuerpo para embellecerlo de tal modo que al mismo tiempo que dé gusto mirarlo, la atención no quede por él absorbida y no descienda hasta un nivel infrapersonal, inhumano.

¿Quién no advierte que cuando el pudor se ausenta de la moda, ya no puede hablarse de elegancia, sino de su opuesta, la grosería? Cuando se quebrantan las leyes del pudor, el vestido no hace más que centrar la atención en lo menos original que tiene el cuerpo, lo menos personal; y, entonces, es sencillamente una estupidez hablar de elegancia o de personalidad, o de relaciones típicamente personales. En el fondo todo el mundo sabe, aunque a menudo no quiera reconocerse, que es una hipocresía hablar de la belleza o de la elegancia de una persona que se salta a la torera las leyes del pudor, mostrando en público lo que es esencialmente íntimo.