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¿La mortificación no perjudica la salud?

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La mortificación cristiana nos hace más solidarios con el sufrimiento de millones de personas que padecen todo tipo de enfermedades físicas y morales.

  • La auténtica mortificación corporal cristiana no debe hacerse nunca de forma desmedida o incontrolada; y por tanto, no debe perjudicar la salud.
  • La mortificación cristiana sólo perjudica a la pereza, a la blandenguería y a la lujuria (y la lujuria, por ejemplo, sí que tiene algunas consecuencias que perjudican a la salud).
  • De hecho, las prácticas tradicionales de mortificación en la Iglesia Católica (como el ayuno, o el uso del cilicio o de las disciplinas, presentes en la vida de tantos cristianos) son muy poca cosa en comparación con los sufrimientos físicos y morales que han de sufrir diariamente innumerables personas del mundo, por enfermedad, por soledad, marginación, pobreza, etc., con las que la mortificación nos hace más solidarios, de algún modo.
  • Basta pensar, por ejemplo, en las personas que sufren graves limitaciones físicas, accidentes, etc.

La mortificación interior según los santos

  • La mortificación y penitencia más genuina del cristiano es la interior.
  • Es el “martirio a alfilerazos” del que hablaba santa Teresa de Liseux: vencimiento en pequeñas cosas de cada día, sufridas por amor a Dios.
  • Los santos sitúan la mortificación interior, aceptada o buscada por amor a Cristo, muy por encima de la mortificación corporal exterior (ayunos, uso de cilicios, disciplinas, etc.).
    • San Francisco de Sales

    “El grado mas perfecto de humildad es complacerse en los menosprecios y humillaciones. Vale mas delante de Dios un menosprecio sufrido pacientemente por su amor, que mil ayunos y mil disciplinas.”

  • San Josemaría

“No te vences, no eres mortificado, porque eres soberbio. -¿Que tienes una vida penitente? No olvides que la soberbia es compatible con la penitencia… —Más razones: la pena tuya, después de la caída, después de tus faltas de generosidad, ¿es dolor o es rabieta de verte tan pequeño y sin fuerzas? —¡Qué lejos estás de Jesús, si no eres humilde…, aunque tus disciplinas florezcan cada día rosas nuevas! ” Camino n. 200

“Pídele al Señor que te ayude a fastidiarte por amor suyo; a poner en todo, con naturalidad, el aroma purificador de la mortificación; a gastarte en su servicio sin espectáculo, silenciosamente, como se consume la lamparilla que parpadea junto al Tabernáculo. Y por si no se te ocurre ahora cómo responder concretamente a los requerimientos divinos que golpean en tu corazón, óyeme bien.

Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos.

Penitencia es levantarse a la hora.

Y también, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa.

La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar al tiempo que cada cosa necesita.

Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío.

Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos.

Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen.

Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos.

Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias –los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo– así lo requieran.

La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada;

en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste;

en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos.

Penitencia, para los padres y, en general, para los que tienen una misión de gobierno o educativa, es corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la naturaleza del error y con las condiciones del que necesita esa ayuda, por encima de subjetivismos necios y sentimentales.

El espíritu de penitencia lleva a no apegarse desordenadamente a ese boceto monumental de los proyectos futuros, en el que ya hemos previsto cuáles serán nuestros trazos y pinceladas maestras. ¡Qué alegría damos a Dios cuando sabemos renunciar a nuestros garabatos y brochazos de maestrillo, y permitimos que sea El quien añada los rasgos y colores que más le plazcan! (Amigos de Dios).

Las prácticas de la mortificación exterior, de la penitencia corporal.

  • Estas practicas buscan la unión con Cristo.
  • No son, en modo alguno, un esfuerzo estoico o masoquista, o un soberbio dominio de sí mismo.
  • Los fines de la penitencia corporal exterior son los mismos que los del Calvario y de la Misa: Cristo padeció por nosotros, dándonos ejemplo para que sigamos sus pisadas(I Petr. II, 21).
  • Algunas practicas de mortificación y penitencia corporal, “exteriores”.

    • El pueblo cristiano vive en la actualidad muchas prácticas de mortificación exterior y de diversas maneras:
    • Salir en procesión penitente durante la Semana Santa.
      • Millares de fieles cristianos viven esta mortificación, que consiste en acompañar durante horas, con el rostro cubierto, descalzos, etc., al Señor en los días de su Pasión. Esta práctica de penitencia -muy enraizada en el sentir popular- se vive con características propias en países como Italia, España, muchas naciones de América y en Filipinas.
      • Ir en peregrinación

        Millones de personas han encontrado a Dios por esta vía: caminando, soportando el frío, el polvo, el viento y las incomodidades del viaje, como han hecho, por ejemplo, desde hace muchos siglos —y en la actualidad, con renovado ímpetu— tantos verdaderos peregrinos del Camino de Santiago, en Galicia.

      • Ayunar

        La Iglesia enseña que se debe ayunar en determinadas circunstancias (Viernes de Cuaresma, Miércoles de Ceniza, Viernes Santo); pero hay muchos cristianos que ayunan en otras ocasiones -por ejemplo, todos los viernes- por amor a Cristo; o se privan de pequeños gustos (tabaco, distracciones, etc.)

        Hay miles de personas que siguen en la actualidad unas dietas estrictas, que ayunan para adelgazar o conseguir una buena forma física: pero ese no es el fin del ayuno cristiano.

      • Dormir en el suelo, uso de el cilicio y de las disciplinas, etc.

        Estas prácticas forman parte de una tradición de siglos dentro de la la Iglesia, y muchos sacerdotes, religiosos y laicos las viven en la actualidad.

      • Los santos han recordado siempre a los cristianos que las usan que deben vivirse con profunda humildad y moderadas en la dirección espiritual.
      • San Ignacio de Loyola las denominaba “penitencias externas” en sus famosos Ejercicios, nº 87.
      • Se viven con diversas formulaciones según los diversos carismas de la Iglesia. Estos objetos de mortificación suelen estar a la venta en los monasterios.
      • No es lo mismo hacerlo, obviamente, por corredimir por Cristo, que por deporte. Para muchos montañeros constituye un verdadero gozo dormir en el suelo en el monte.

        Cilicio

        Su uso tiene origen bíblico: «cubrirse de cilicio y de ceniza».

        • Se llama así porque la materia provenía especialmente de Cilicia: un vestido de piel de cabra o de camello que, al contacto con la piel, era un instrumento de penitencia.
      • Parece que fue santa Catalina de Siena la que difundió y comenzó a usar el cilicio en la versión actual: una cadena metálica con puntas. Afirma el estudioso Louis Gougaud: “Una mirada a las vidas de los santos modernos lleva a afirmar que no estamos en manera alguna ante una mortificación perimée ”(desfasada, superada).

        Disciplinas

        • Los autores espirituales las llaman “disciplinas de devoción”.
        • Como toda mortificación corporal, busca unir el alma con Cristo y dominar la sensualidad, etc.
      • San Francisco de Sales las recomendó a los laicos como devoción privada en su libro Introducción a la vida devota: “La disciplina encierra eficacia maravillosa para despertar el deseo de la devoción cuando se toma moderadamente”.
      • El Cura de Ars, siguiendo la tradición de la Iglesia, le recomendaba a un sacerdote que se quejaba de que los feligreses de su pueblo no se acercaban a Dios:

        “¿Ha predicado usted? ¿Ha orado? ¿Ha ayunado? ¿Ha tomado disciplinas? ¿Ha dormido sobre duro? Mientras usted no se decida a esto, no tiene derecho a quejarse”.