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6. Autonomía, sentido de la solidaridad y capacidad de independencia.

  • Una persona madura es la que se esfuerza por conjugar sabiamente, con equilibrio, un espíritu de solidaridad con los demás con un sentido de la legítima autonomía e independencia.
  • Ser autónomo no es lo mismo que ser egoistamente independiente, insolidario o individualista: “la persona que vive su vida al margen de los demás”.
  • Ser autónomo significa no depender para todo de los demás, ni recurrir por principio a los demás para que resuelvan los problemas que debemos resolver por nosotros mismos. La persona autónoma aprende a correr riesgos, a asumir sus errores, a “sacarse las propias castañas del fuego”.
  • Tener capacidad de independencia lleva a pedir ayuda cuando se necesita, pero no por principio. Obrar o buscar una excesiva independencia de los demás suele ser muestra de inmadurez, lo mismo que no saber pedir ayuda puede ser muestra de vanidad.
  • El sentido de la independencia lleva a no sobrevalorar excesivamente las opiniones contradictorias de los demás, y a quitarle importancia al qué dirán.
  • Forma parte de esta y de otras virtudes el no compararse con los demás, que suele llevar al rencor, a la envidia y en casos extremos a culpabilizar a los compañeros, al Colegio, al Instituto, al Ayuntamiento, al Planeta entero porque a uno le han suspendido… la asignatura de inglés.
  • Sobre la solidaridad: contar con los demás

Los buenos padres cristianos

El comportamiento de los buenos padres cristianos de todas las épocas supone un buen punto de referencia:

  • No se mueven por un falso respeto a la libertad. No argumentan así: si mi hijo ha decidido irse de casa para seguir un mal camino, yo no debo hacer nada, salvo esperar a que venga, porque decirle algo sería coaccionarle). Los buenos padres intentan resolver todos los problemas con los medios a su alcance y confían más el cariño, en el afecto personal, que en los principios educativos generales.

  • Para ayudar a los jóvenes que dan los primeros pasos en su camino cristiano, no basta con tener con ellos conversación esporádica. Sería como un profesor de natación que se contentara con dar una clase teórica en una pizarra a las personas que desea aprender a nadar.
  • La atención de esos hijos, de esos alumnos, de esos jóvenes, deberá ser diaria o casi diaria, con un seguimiento constante, como hacen los buenos monitores de natación.
  • No se trata de pedir cuentas, ni de resaltar fallos, sino de enseñar a los jóvenes a moverse con autonomía y agilidad en su vida cristiana; mostrándoles modos concretos para vivir en cristiano en un mundo pagano.

  • No se trata sólo de enseñarles a apartarse del mal (no ahogarse, mantenerse a flote), sino de enseñarles a nadar a contracorriente: los padres y educadores deben mostrarles como pueden llevar a Cristo la sociedad en la que viven -con frecuencia, una sociedad alejada de Dios-, sin mimetizarse con ella.

  • Convendrá tener con ellos conversaciones distendidas que les ayuden a superar sus dificultades en el camino cristiano, buscando el momento oportuno para esas conversaciones.

  • Un buen acompañamiento espiritual por parte de los padres, de los educadores, del sacerdote, etc., debe llevar a:

    — estimularles en su apostolado personal y en su afán de almas.

    — preguntarles con oportunidad por las dificultades con las que se encuentran, dándoles sugerencias y consejos prácticos para su vida concreta, no sólo indicaciones generales de mejora.

    — ayudarles a organizar su vida cotidiana.

    — pedirles su opinión: tomarles en serio, sea cual sea su edad.