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14. Flexibilidad:

lleva a:
distinguir entre personas y las acciones de esas personas (los errores no tienen derechos, las personas equivocadas sí);

a saber acomodar los principios a las situaciones, sin rigidismos: por ejemplo una persona puntual sabe que en ocasiones -por exigencias de la caridad, por ejemplo- lo ordenado es llegar tarde. Si tiene que llegar urgentemente a un lugar y se encuentra con un accidente en la calle donde debe ayudar a los otros, el sentido de la flexibilidad -de la caridad, de la solidaridad- le llevará a modificar su horario.

cultivar la autocrítica, que nos lleva a ser conscientes del valor relativo de nuestras propias opiniones, sin convertirlas en dogmas inamovibles.

pasar por alto las menudencias de la vida

a servirse de las pautas y los criterios de la vida, sin dejarse ahogar por ellos, discerniendo el modo de aplicarlos en cada momento para llevar a cabo el propio proyecto de vida. Es bueno seguir una pauta, un criterio de vida,vivir el orden, por ejemplo. Pero la persona flexible sabe acomodar cada pauta, cada criterio a las situación en la que se encuentra, sin rigidismos y sin hacer continuas excepciones.

Tener un proyecto personal no supone tener un catálogo pormenorizado de normas a seguir. No es éste el camino para alcanzar una personalidad madura. El formalismo está muy lejos de la madurez.

Hay personas tan reglamentadas que cuando uno está con ellas tiene la impresión de que más que pensamientos propios tienen criterios a seguir: criterios fríos, desvinculados de la realidad, en donde la persona cuenta poco, porque lo único importante es que el orden lo presida todo. (…)

Los proyectos personales requieren necesariamente reflexiones interiorizadas, que después se convierten en convencimientos personales. Sólo el que es fiel a sí mismo puede llegar a ser él mismo. (M. A. Martí. La Madurez)

25. Realismo:

Esta virtud lleva a saber valorar y disfrutar con lo que se tiene; a una sana autocrítica, esperanzada, objetiva y positiva. La autocrítica es una especie de desconfianza inteligente sobre nuestra propia conducta en la que suele haber:

  • Contradicciones: por ejemplo, del que afirma: “quiero aprender inglés, pero no voy a clase”.
  • Precipitaciones: “Me he matriculado en la primera Academia de inglés que he visto por la calle y ahora he descubierto que es la peor de la ciudad”.
  • Juicios equivocados de intenciones: “Me da la impresión de que mis padres quieren que aprenda inglés sólo para librarse de mí por las tardes”.
  • Acciones que son fruto de la soberbia, de la frivolidad, del mal humor o del pesimismo: Como ha perdido mi equipo de fútbol, que era el Manchester, ahora ya no me interesa el inglés”.
  • Prejuicios:Es muy raro aprender bien un idioma a mi edad, con 16 años. Es mejor que lo deje”.
  • Descalificaciones generales. “Lo tengo comprobado: todos los profesores de inglés son unos incompetentes”.
    Es necesario tener un sentido ajustado de la realidad, de lo contrario surgen conflictos innecesarios. Ya la vida nos depara sufrimientos ineludibles, no añadamos con nuestra inmadurez más dificultades a la existencia.

    El hombre y la mujer madura no piden a la vida más que lo que esta puede dar, no se crean falsas expectativas. (M. A. Martí. La Madurez)

Hay también un realismo en las aspiraciones, que lleva a no caer en la espiral de una vida desmesuradamente activa, como señalá M. A. Martí.

Esta sociedad nuestra -a la que tantas veces aceptamos acriticamente- se manifiesta muy exigente a la hora de pedirnos cosas. Si es malo no tener aspiraciones, también lo es no encontrar nunca techo en lo que se desea. No siempre el adverbio más es el que nos conviene.

La ambición -incluso a nivel de curriculum– es un vicio. Saber  conformarse con lo que se posee, no es una actitud propia de los débiles, sino de los prudentes. Disfutar pacíficamente de lo alcanzado es -no lo olvidemos- saber explotar el éxito.

Y este disfrute pocos lo saborean, porque cuando vienen a darse cuenta ya es tarde. (M. A. Martí, La Madurez)