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12. El apóstol San Pablo describe en términos patéticos el doloroso conflicto que existe

en el interior del hombre esclavo del pecado, entre la ley de su mente y la ley de la carne en sus miembros, que le tiene cautivo33. Pero el hombre puede lograr la liberación de su “cuerpo de muerte” por la gracia de Jesucristo34.

De esta gracia gozan los hombres que ella misma ha justificado, aquéllos que la ley del espíritu de vida en Cristo libró de la ley del pecado y de la muerte 35. Por ello les conjura el Apóstol: “Que ya no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, sometido a sus concupiscencias” 36.

Esta liberación, aunque da aptitud para servir a una vida nueva, no suprime la concupiscencia que proviene del pecado original ni las incitaciones al mal de un mundo “que todo está bajo el Maligno” 37. Por ello anima el Apóstol a los fieles a superar las tentaciones mediante la fuerza de Dios 38, y a “resistir a las incidencias del diablo” 39 por la fe, la oración vigilante 40 y una austeridad de vida que someta el cuerpo al servicio del Espíritu 41.

El vivir la vida cristiana siguiendo las huellas de Cristo exige que cada cual «se niegue a sí mismo, y tome cada día su cruz» 42, sostenido por la esperanza de la recompensa: “Que si padecemos con El, también con El viviremos: si sufrimos con El, con El reinaremos”43.

En la línea de estas invitaciones apremiantes hoy también, y más que nunca, deben emplear los fieles los medios que la Iglesia ha recomendado siempre para mantener una vida casta: disciplina de los sentidos y de la mente, prudencia atenta a evitar las ocasiones de caídas, guarda del pudor, moderación en las diversiones, ocupación sana, recurso frecuente a la oración y a los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía.

Los jóvenes, sobre todo, deben empeñarse en fomentar su devoción a la Inmaculada Madre de Dios y proponerse como modelo la vida de los santos y de aquellos otros fieles cristianos, particularmente jóvenes, que se señalaron en la práctica de la castidad.

En particular, es importante que todos tengan un elevado concepto de la virtud de la castidad, de su belleza y de su fuerza de irradiación. Es una virtud que hace honor al ser humano y que le capacita para un amor verdadero, desinteresado, generoso y respetuoso de los demás.