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CUERPOS SUSCEPTIBLES DE SUSTITUCION

En la actualidad la hipocresía parece haberse hecho más hipócrita que nunca. Ya no se sabe dónde está, porque está en casi todas partes disfrazada de sinceridad. Así se ha ido creando ese clima en el que el pudor se tira por la ventana, en nombre de la naturalidad. No es de maravillar que el amor verdadero brille también por su ausencia.

Porque el amor es siempre algo personal y personalizante: se dirige a un tú, a una persona, no a un cuerpo anónimo. El amor se dirige a un tú original e insustituible, y lo que ahora se suele exhibir no son más que cuerpos opacos, susceptibles de sustitución.

Se comprende lo que dice Don David — personaje de Cuentos para leer después del baño –: «¡Aquellos eran amores, don Camilo José! ¿Cómo quiere usted hacerme creer que los jóvenes de ahora pueden quererse con el mismo santo cariño con que se quisieron sus padres? No, imposible de todo punto. ¡Aquellos eran otros tiempos! Una mirada, una sonrisa, ¡no digamos un beso!, colmaban la felicidad del más exigente de los amantes. Hoy, ¡ya ve usted! ¿qué ilusión pueden tener esos jóvenes de ambos sexos que se pasan la mañana retozando medio en cueros por la arena de la playa?». Acostumbrados a lo impersonal, absorbidos por ello, ¿cómo van a jurarse amor eterno?, ¿cómo no van a serse infieles en el momento en que la atracción física desaparezca, o surja en otro lugar otra más estimulante aunque de idéntica índole?

Cierto, los usos sociales relativizan hasta cierto punto las leyes del pudor, pero sólo hasta cierto punto. Lo que es del todo imposible es que sea eliminado el pudor sin que las consecuencias nocivas se dejen sentir muy pronto en toda la vida de la persona y de la sociedad. Porque, aun en el supuesto de que los atuendos playeros — o de otro tipo — al uso, no provocaran de hecho numerosos pecados, ese modo desenfadado de comportarse con el propio cuerpo como si no exigiera protección alguna del pudor, crea un clima de naturalismo intrascendente que va cerrando cada día más a los valores espirituales y a Dios

Ideas sobre el noviazgo

Extracto del artículo La Castidad y los Jóvenes de Mikel Santamaría. Palabra, 442-443, IV-01 (217)


NOVIAZGO, TIEMPO DE CONOCERSE Y DE SOPESAR LA CALIDAD DEL CARIÑO

El amor humano -sin mayores distinciones- tiene tres niveles: atracción física, enamoramiento afectivo y amor de entrega.

El amor es más que el enamoramiento, aunque lo suponga. El enamoramiento no es del todo libre: depende de uno mismo, pero a la vez es algo que «te sucede». Tampoco abarca la integridad de la otra persona, sino sólo sus aspectos que atraen.

El amor de entrega, en cambio, es algo que uno decide asumir con plena libertad. Incluye la total aceptación de la otra persona, también de sus defectos y limitaciones; si no, no se ama de verdad: se ama sólo el propio enamoramiento

El noviazgo es el tiempo en que un hombre y una mujer enamorados se tratan intensamente para conocerse uno a otro en profundidad, en orden a calibrar si pueden asumir un imponente proyecto de vida en común: fundar una familia. En otras palabras, el noviazgo es tiempo de sopesar si el mero enamoramiento de un varón y una mujer da o no lugar a un amor de entrega.

Nunca como en el noviazgo es más necesario mantener el corazón sometido a la cabeza. Esta lucidez -de importancia vital- lleva a renunciar al matrimonio si se descubre que no hay un amor de entrega -en uno mismo o en la otra persona-, lo que a la larga acarrearía el fracaso y la infelicidad. Entonces, lo obvio será cancelar las relaciones.

Castidad en el noviazgo: «Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno al otro de Dios.

Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad». Esto dice el Catecismo de la Iglesia Católica (Nº 2350).

Entre novios, las caricias y besos son manifestación natural del cariño. El núcleo del asunto está en cuidar que el cariño sea auténtico, evitando que una caricia sincera pueda disparar la excitación sexual, que estaría fuera de lugar.

La dinámica de la excitación reclama llegar hasta el final, porque está diseñada por Dios para ser vehículo de expresión y realización de la mutua y total entrega. De ahí que el único lugar lógico de la excitación sea el matrimonio, la unión conyugal de los esposos, la comunión de amor del único con la única. Buscarla, pues, sólo tiene sentido cabal cuando antes se ha dicho públicamente: «soy tuyo para siempre». Por eso, si se consiente o se busca fuera del contexto del amor matrimonial, se falsea su sentido y se estropea su sabor.