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Con los niños tutelados

En cuarto de carrera, Vicente me propuso que colaborara con una nueva experiencia que estaba comenzando en SUI: la atención a chicos tutelados: es decir niños a cuyos padres se les ha quitado por diversas razones (incapacidad, imposibilidad, criminalidad, etc.) la patria potestad sobre ellos. Hicimos una primera experiencia piloto con chicos de una Residencia.

Un grupo atendía a los más pequeños, y otros nos ocupábamos de los mayores. Participaban muchos jóvenes del Opus Dei, con sus amigos. Era algo realmente complicado ayudar a aquellos chicos tutelados: tenían una personalidad muy difícil, patológica en ocasiones, llena de problemas. Uno tenía a su padre drogadicto en la cárcel y toda su ilusión era volver a verle. Le ayudamos, en lo que pudimos, a superar aquella situación tan dura desde el punto de vista afectivo, sobre todo, cuando después de salir de la carcel, volvieron a encarcelar a su padre porque volvió a delinquir.

Hay que haber vivido esa situación de cerca para saber lo que supone en el alma de un niño. Se quedó destrozado.

¿Qué hacer con ellos? Vicente me iba dando sugerencias e ideas. Y como siempre, él iba por delante. A los primeros que comenzaron, como Dani, les costó muchisimo ganarse su amistad y su confianza. Yo llegué cuando llevaban un año de trato y todo resultó un poco más fácil. Pero sólo un poco. Había que hablar con ellos, animarles, estimularles, ayudarles a a integrarse en el ritmo complicado de una gran ciudad como Madrid.

Algunos de esos niños estaban acostumbrados a robar y con frecuencia devolvíamos un bolso a una señora, o retornábamos a su lugar un producto que habían “encontrado casualmente”; otros iban por la calle insultando a las gentes, liberando su rabia interior y tantas angustias como padecían… Intentamos curar aquellas heridas, escucharles, corregirles con cariño. No sé si lo hicimos bien o mal. En todo caso, lo intentamos.

Mientras tanto, gracias al trabajo y al empuje de Vicente, SUI iba creciendo: se trabajaba en la mayoría de los poblados de chabolas de Madrid, en los más duros y difíciles: La Celsa, los Focos, El Pozo del Huevo, San Fernando, Torregrosa, San Blas, Las Cárcavas, etc.; y muchos universitarios de Madrid -entre ellos muchos del Opus Dei- comenzaron a atender a esos niños en lugares que se han hecho desgraciadamente famosos en los medios de comunicación porque ser lugares de delicuencia, de venta de drogas, de criminalidad juvenil. Por eso, precisamente teníamos que ir allí.

En quinto de carrera, siempre estimulado por Vicente, comencé una nueva experiencia en un pequeño chabolario de San Cristóbal de los Angeles en el que malvivían unas siete familias cerca de un polígono industrial: dos familias payas, cuatro familias gitanas y una familia de angoleños que habían llegado a España sin nada, a causa de la guerra de Angola.

Prestamos especial atención a estos niños, perdidos en un país extraño, desconocedores de la cultura, del ambiente… Empezamos a enseñarles a leer y escribir, aunque afortunadamente en este aspecto estaban ya atendidos, porque pasaban algunos días de la semana en un internado.

Al cabo del año, Diego, Rubén y Diana, tres niños gitanos, aprendieron a leer y escribir: pienso que no hubieran aprendido posiblemente de ningún otro modo; era tal el desinterés de sus padres, por ignorancia, para que aprendieran algo; y estaba tan lejos cualquier colegio de su chabola, que su asistencia era poco menos que imposible.

A Lukeba, Magda, Augusto, Filo y Bienve -los angoleños- les fuimos ayudando a avanzar en las asignaturas del colegio, y a integrarse en su nuevo mundo. Recuerdo su ilusión cuando los llevamos por primera vez al Zoo o la alegría con la que asistieron al festival que organizaba Vicente con los voluntarios de SUI, cada año, en octubre y en Navidades, para chicos de todos los poblados de Madrid.

El Festival de Octubre tenía un sentido específico: animar a la escolarización. El de Navidad, pretendía, entre otros objetivos, integrar a estas familias con otras, por medio de un festival en el que participan niños de diversos ambientes sociales.

Estos niños angoleños tenían un gran deseo por conocer la fe católica y se bautizaron el 26 de junio de 1994. Nos dio gran alegría que fuese en la fiesta de san Josemaría, entonces beato. Poco después Lukeba y Magdalena, los mayores, fueron a un campamento a los Pirineos con los chicos de la parroquia San Alberto Magno, encomendada al Opus Dei.

Aquello fue muy importante para ellos: conocieron niños con los que se integraron de forma normal y divertida; era una cosa nueva para ellos, ya que en el colegio al que iban se sentían algo marginados al ser africanos y retrasados en los estudios”.