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La vocación profesional es parte integrante de la vocación divina



Una consecuencia importante de lo anterior es que la vocación profesional es parte integrante de la vocación divina. Un breve compendio de consecuencias de la vocación a la Obra, podríamos resumirlo en los siguientes aspectos:

1) No se saca a nadie de su sitio;

2) Fuerza transformadora “desde dentro”, como el fermento evangélico;

3) No comporta una especial “consagración” a Dios que se añada a la consagración bautismal;

4) No hay cambio de estado de vida: cristianos y ciudadanos corrientes.

5) La naturaleza de la Prelatura: la potestad del Prelado no deriva de un voto de obediencia, sino que es una determinada expresión (peculiar por la materia a la que se extiende) de la «potestad ordinaria de la Iglesia».

6) El Opus Dei no es un grupo apostólico, sino una «partecica» de la Iglesia, que no separa a los fieles de la «pars Ecclesiae» que es la Iglesia particular de cada uno.

7) El Opus Dei, en cuanto tal, no tiene más actividad que la formación doctrinal, espiritual y apostólica de sus miembros y de todas las personas que deseen beneficiarse de ella.

8) Obras de «apostolado corporativo»: algunos de los miembros, unidos a otros miembros y a otras muchas personas, llevan a cabo con su trabajo profesional algunas obras apostólicas de tipo educativo, asistencial, etc. de cuya orientación cristiana y dirección espiritual se hace responsable la Prelatura.

«La idéntica vocación que todos en la Obra hemos recibido nos lleva a valorar mucho las circunstancias corrientes de cada jornada, que son como la materia prima de nuestra santificación. Ahí nos espera el Señor, para que le ofrezcamos el holocausto de una existencia, gastada en el trabajo profesional intenso y en la convivencia con las demás personas, sin otra mira que la de ser instrumentos suyos para acercarle almas. Ése es el principal lugar de nuestro encuentro con Dios, la actividad imprescindible en la que hemos de ejercitarnos para buscar la santidad y hacer apostolado según las exigencias de nuestro espíritu, con esa igualdad de dedicación por parte de todas y de todos. Lo demás –los encargos de dirección espiritual o de formación espiritual que se puedan encomendar a algunos de vosotros, la participación en actividades apostólicas corporativas, etc.– están en función de lo verdaderamente importante, que –repito– se resume en que cada uno de mis hijos y de mis hijas encuentre al Señor, y se esfuerce para que los demás lo encuentren, precisamente con ocasión de su trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios» (J. Echevarría, Carta 28-XI-1995, n. 16).

En resumen, la vocación a la Obra compromete a toda la persona y a todos sus actos: no es una vocación para realizar una ilimitada actividad, sino para santificar todas las actividades, todos los aspectos de nuestra vida, y transformarlos en medio de santidad y apostolado, según el espíritu de la Obra. En consecuencia, todo, en nuestra actuación, puede ser valorado, medido y juzgado en términos de fidelidad a la vocación.