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EL PUDOR ES SEÑORIO

El pudor es, pues, defensa natural ante la posible mirada sucia, furtiva, que quisiera convertir el cuerpo humano en instrumento de egoístas satisfacciones. Es también contrapeso de la concupiscencia que no requiere extraordinarios estímulos para desbordarse y anegar la pureza de alma y de cuerpo

El pudor pone sobre aviso ante los peligros para la pureza, los incentivos de los sentidos que pueden resolverse en afecto o emoción sexual extemporánea, y las amenazas contra el recto gobierno del instinto. De esta suerte, el pudor actúa como moderador del apetito sexual y sirve a la persona para desenvolverse en un clima propiamente humano, en el que el espíritu señorea sobre todo lo demás.

«Bien se puede llamar (al pudor) — decía Pío XII — la prudencia de la castidad… El pudor advierte el peligro inminente, impide el exponerse a él e impone la fuga en determinadas ocasiones. El pudor no gusta de palabras torpes y vulgares, y detesta toda conducta inmodesta, aun la más leve; evita con todo cuidado la familiaridad sospechosa con personas de otro sexo, porque llena plenamente el alma de un profundo respeto hacia el cuerpo que es miembro de Cristo (cf. 1 Cor. 6,15) y templo del Espíritu Santo (Ibídem 19)» (Enc. Sacra virginitas, n.º 28).

El pudor no constituye fuerza alguna represiva, a no ser para aquellos que toman la lujuria como fuerza y no como debilidad. Para el que conoce la dignidad del ser humano, del hombre entero — alma y cuerpo — creado a imagen y semejanza de Dios y llamado a ser templo del Espíritu Santo, el pudor es entendido como un poderoso aliado para defender esa parte integrante de nuestro ser que es el cuerpo, de la agresividad de los impulsos sexuales incontrolados que quisieran convertirlo en objeto de un placer que sería traición a la finalidad que le ha impreso el Creador.